La Sombra Del Hada

capitulo 7

Me preocupaba profundamente cómo iba a reaccionar el chico tras la muerte de su madre. Esperaba gritos, llantos o una locura aún mayor a la de aquella noche de tormenta; sin embargo, Dylan cayó en un estado de entumecimiento absoluto. Durante el funeral no derramó una sola lágrima. Parecía un cascarón vacío, un cuerpo que respiraba por pura inercia. Si sentía dolor, lo había sepultado en lo más profundo de su pecho.

Al día siguiente, continuó asistiendo a sus clases como si nada hubiera ocurrido.

No obstante, algo en él cambió para siempre: su relación con nuestra soberana. La desconfianza y la indiferencia que antes los distanciaban se transformaron primero en una tímida dependencia y, con el transcurrir de los meses, en un interés constante. Dylan ya no pasaba los días encerrado en la biblioteca. Ahora buscaba la presencia de la reina a cada instante, aferrándose a ella como el único naufrago en mitad del océano.

Fue en esa época cuando comencé a notar la metamorfosis de su aura. Para nosotras, los seres humanos siempre desprendían matices de color. Antes, a Dylan lo rodeaba una energía gris y apagada, como si la existencia le pesara; una tonalidad que solo se volvía suavemente rosada cuando contemplaba a su madre. Pero, a medida que dejó atrás la niñez para convertirse en un joven alto, fuerte y de una elegancia imponente, ese antiguo muchacho desapareció por completo.

Su belleza se volvió más oscura, más letal. El gris de su alma dio paso a un negro absoluto, y aquel tenue rosado fue absorbido por un rojo ardiente y espeso, tan intenso como las rosas rojas... o como la sangre fresca. Su interés por la reina se había transformado en una oscura obsesión.

A mis hermanas les desagradaba profundamente estar cerca de él. Decían que permanecer a su lado se sentía como caer en una noche profunda sin estrellas, una sensación asfixiante y desesperante. La reina, por el contrario, era pura luz. Su piel emitía un brillo sutil y su cabello rizado, del color de la plata más fina, nos fascinaba a todas. Pasábamos horas entrelazando en sus hilos plateados las flores más hermosas que recogíamos al amanecer.

Las cosas en este castillo eran infinitamente superiores a las del antiguo palacio donde la reina había crecido. Aquí, los sirvientes la trataban con un profundo respeto; sabían que ganarse el favor de la maestra del príncipe heredero era la única forma de prosperar.

En su viejo hogar, en cambio, la servidumbre la despreciaba. La culpaban abiertamente por la muerte de su madre durante el parto, ignorantes de las leyes del mundo mágico. No entendían que cuando una soberana de las hadas nace en un vientre humano, la madre siempre muere: ningún cuerpo mortal está capacitado para albergar y dar a luz al elegido de los dioses.

Por aquella ignorancia y los malos tratos hacia nuestra reina, mis hermanas y yo solíamos castigar a los sirvientes del viejo castillo. Les gastábamos bromas pesadas: les escondíamos las llaves, perdíamos sus pertenencias o engrasábamos el suelo justo después de que terminaban de limpiarlo. La reina siempre nos pedía que no les hiciéramos nada grave, y nosotras obedecíamos risueñas. Para nosotras, jugar con los humanos siempre había sido nuestro pasatiempo favorito... hasta que la oscuridad de Dylan empezó a crecer.




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