La Sombra Del Hada

capitulo 15

Conduciéndome hacia un carruaje tirado por caballos de un blanco espectral, la sirvienta pecosa me hizo un ademán para que abordara. Jamás me había subido a un carruaje; la experiencia resultaba tan novedosa como emocionante. La mujer se acomodó frente a mí en silencio.

—¿Qué dijo la reina? ¿Te aceptó? ¿Te va a matar? ¿A dónde van? —mis hermanas comenzaron a hablar todas al mismo tiempo, revoloteando sobre mi cabeza.

Señalando con disimulo a la humana, les hice señas para indicarles que hablaríamos más tarde.

Viajamos durante varias horas hasta arribar a un enorme palacio, majestuoso y tan blanco como el marfil.

—El rey no posee otras concubinas, de modo que el palacio se encontraba bastante descuidadas. Por favor, sígame —indicó la sirvienta, dedicándome una mirada ácida.

La seguí a través de un largo pasillo ornamentado con ostentosos jarrones de oro y porcelana blanca, hasta salir a un jardín interior equipado con un par de sillones.

—Quédese aquí mientras preparamos sus habitaciones.

En ese instante, Jeremy comenzó a llorar bruscamente.

—Ya es la hora de su comida —comentó una de mis hermanas, posándose sobre mi hombro.

—Lo sé.

Resultaba complicado alimentar a un bebé humano, especialmente al aire libre; los mortales mantenían normas sumamente estrictas respecto al pudor y el decoro del cuerpo.

—Les daré privacidad —anunció la sirvienta con frialdad—. Sus aposentos estarán listos enseguida.

—Sí, gracias —respondí con una breve inclinación de cabeza.

Al quedarnos a solas, les relaté a mis hermanas todo lo conversado con la reina. Todas reaccionaron sorprendidas, alabando la supuesta buena voluntad de nuestra soberana y su nobleza al otorgarnos un hogar a mi hijo y a mí.

Cuando los sirvientes terminaron de acondicionar el lugar, se retiraron. La reina había ofrecido enviarme personal para mantener el palacio en funcionamiento, pero rechacé la propuesta; entre mis hermanas y yo podíamos encargarnos del cuidado del castillo. Ellas decidieron quedarse a mi lado, dispuestas a ayudarme en la crianza de Jeremy el tiempo que fuera necesario.

Semanas después de instalarnos en el Palacio de los Narcisos, un secretario real se presentó para informarnos que el rey emitiría un decreto oficial: me reconocería públicamente como su concubina y a Jeremy como su hijo.

—¿Cuál es el nombre del niño? —inquirió el secretario una noche, sosteniendo un pliego de pergamino.

—No tiene nombre —respondí.

—¿No le ha puesto nombre todavía? —preguntó el hombre con marcado desconcierto.

—No.

—Ah... comprendo. Esperaba que fuera el propio rey quien lo bautizara —dedujo, asintiendo para sí mismo—. Se lo comunicaré de inmediato. Con su permiso.

No lo corregí. La realidad era que las hadas nacíamos conociendo nuestro propio nombre, por lo que simplemente estaba esperando a que el bebé hablara para que me dijera el suyo; sin embargo, los humanos funcionaban de manera distinta.

El día en que el rey hizo el anuncio oficial ante el pueblo, finalmente conocí la filiación formal de mi hijo: Jeremy Lancerot, segundo príncipe del reino de Sarat. No esperaba que le otorgara el título de príncipe, pero sentí una profunda gratitud en mi corazón.

El rey jamás vino a conocer a Jeremy, pero en el palacio no nos faltaba absolutamente nada.

—Jeremy... —susurré contra la frente del pequeño mientras lo mecía con ternura.

Las semanas transcurrieron y el bebé crecía fuerte y saludable. Una noche, mientras lo velaba, una sombra alta se proyectó sobre la cuna.

Sobresaltada, invoqué mi magia y moldeé una rama afilada en mi mano.

—Soy yo —dijo una voz grave en la penumbra.

Era Dylan. Descompuse la rama de inmediato, pero mantuve la guardia en alto.

—Sé quién eres... eres el hada que Chantell me ordenó seguir, ¿verdad? —comentó él. No sonaba a pregunta.

Me quedé paralizada. ¿Cómo era posible que un humano hubiera notado que lo vigilaba? Eso era conceptualmente imposible para nuestro reino.

—Por tu olor —añadió, como si leyera mis pensamientos—. Hueles a tierra mojada, exactamente igual que esa noche. Sabía que eras tú.

—¿Qué quieres?

—Saber cómo eres realmente —respondió, girándose hacia mí. Su mirada parecía quemarme la piel.

Se aproximó a la cuna y contempló al pequeño.

—Así que este es el niño... Chantell dice que tiene mis ojos —murmuró.

En ese momento, Jeremy abrió los ojos, encontrándose con la mirada de su padre por primera vez en su corta vida.

—Sí, ya veo el parecido —admitió Dylan, esbozando una sonrisa amarga—. Esta no era la idea que tenía de convertirme en padre. Chantell está de parto en este momento, ¿lo sabías?

—Sí, mis hermanas me lo informaron.

—Me hizo prometer que amaría a su bebé sin importar si ella moría en el proceso... pero no puedo hacer eso, ¿sabes? —dijo, pasándose una mano temblorosa por el rostro—. Si ella muere, yo me iré con ella.

Dando un paso atrás, se tiró de las hebras de su cabello negro con evidente frustración.

—La reina no morirá, su alteza. Es una mujer fuerte —le dije con firmeza.

—Pero... ¿y si ocurre? —me miró a la cara; sus ojos lucían rojos, exhaustos, marcados por profundas ojeras oscuras.

—Alteza, ¿por qué no vuelve al lado de la reina? Ella lo necesita ahora más que nunca.

Desconocía la naturaleza exacta de los partos humanos, pero el mío había resultado atrozmente doloroso; hubiese dado cualquier cosa porque alguien me acompañara en ese trance.

—Pero... ¿y si la veo morir? Justo como la vi a ella...

No hizo falta que concluyera la frase. Sabía que se refería al fantasma de su madre.

—La reina no se rendirá —le aseguré.

—¿Estás segura? —su mirada suplicaba una dosis de certeza a la cual aferrarse.

—Completamente segura.

Procuré sonar tan confiada como él lo requería. Nunca antes había tenido la oportunidad de conversar de este modo con Dylan; en el pasado lo ayudé desde las sombras, ocultando mi presencia. Ahora, me reconfortaba poder ofrecerle palabras de consuelo en su hora más oscura.




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