La Sombra Del Hada

capitulo 11

La magia ya se estaba agotando. Mi cuerpo ya no lucía exactamente como el de la reina, pero aun así decidí quedarme un momento más entre sus brazos, observándolo de cerca. Nunca me había percatado de las pequeñas pecas que salpicaban sus mejillas, de lo largo de sus pestañas o de la línea recta y firme de su nariz.

—La reina ya viene —susurró una de mis hermanas desde la sombra—. Date prisa.

Con sumo cuidado, levanté el brazo pesado con el que Dylan sujetaba mi cadera y me separé de su cuerpo poco a poco.

Caminé hacia el salón adyacente justo en el instante en que la reina cruzaba el umbral. Al notar mi presencia, se giró hacia mí.

—¿Sigue durmiendo? —preguntó.

—Sí, mi reina.

—¿Se dio cuenta? —inquirió, desatando el nudo de su capa de viaje.

—Creo que sí, señora... pero lo mantuve entretenido toda la noche —respondí, contemplando su rostro inexpresivo.

—Perfecto, buen trabajo. Ya puedes descansar —dijo, dirigiéndose hacia la habitación por la que había salido horas antes.

Sintiéndome extrañamente vacía, regresé a mi tamaño original. Estiré mis alas y mi pequeño cuerpo mientras seguía a la reina con la mirada. Antes de entrar al dormitorio, usó su magia para cambiar su ropa de viaje por la misma túnica blanca de dormir que llevaba puesta la tarde anterior.

Movida por una punzada de curiosidad, me acerqué al marco de la puerta. Vi cómo la reina se deslizaba con sigilo en la cama. De inmediato, Dylan la buscó entre sombras y la rodeó con sus brazos, pegando su cuerpo al de ella.

—Regresaste, mi amada —murmuró él contra su cabeza, dejando escapar una profunda exhalación de alivio.

—Sí... ¿me extrañaste? —contestó la reina, besándole el brazo.

—Toda la noche, mi amor.

Tras depositar un último beso en la coronilla de la reina, Dylan volvió a quedarse profundamente dormido.

Me quedé inmóvil observando la dulce imagen de los amantes: la diferencia de tamaño entre sus cuerpos, la hermosa cabellera plateada desparramada sobre el pecho desnudo de Dylan... Algo extraño y pesado oprimió mi pecho. No sabía qué era esa sensación, pero dolía. Decidí marcharme; había agotado casi toda mi energía manteniendo la forma humana durante la luna llena.

En el salón, mis hermanas me recibieron con halagos y miradas llenas de pesar. Decían que me había sacrificado por el bien de nuestra soberana y poco les faltó para proclamarme una heroína. Sin embargo, yo no me sentía así en absoluto.

Necesitaba alejarme de todo. Estaba exhausta y debía recuperar mi magia, así que volé hasta el árbol más antiguo del bosque cercano. Pasé varias semanas allí, acurrucada entre su corteza ancestral, absorbiendo la energía pura de la naturaleza. Sabía que la reina no notaría mi ausencia; nos turnábamos constantemente para servirla, y cuando una se agotaba, dos más ocupaban su lugar.

Aquella noche de luna llena no solo había transformado mi cuerpo; había roto algo en mi mente.

Cuando finalmente regresé, ya no podía mirar a la reina con los mismos ojos. La adoración y la admiración ciega que antes me inundaban cada vez que la contemplaba se habían evaporado por completo. No sabía con certeza qué era lo que sentía ahora por ella... pero estaba segura de que no era nada grato.




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