El chico pasaba horas leyendo un montón de libros en la biblioteca. Su castillo era grande y brillante, atestado de sirvientes y caballeros que iban y venían de todas partes, llevando ropas, platillos o custodiando los pasillos. El silencio simplemente no existía en ese lugar.
Aquel ambiente era radicalmente opuesto al castillo sombrío y silencioso donde solía vivir nuestra reina; una edificación invadida por el moho, donde ella permanecía encerrada en su habitación a menos que tuviera que salir a recibir a algún tutor o a practicar su esgrima.
Pero, aun rodeado de tanto bullicio, el chico siempre estaba solo. No hablaba con nadie más que con la reina, y únicamente cuando ella le formulaba alguna pregunta.
Era el humano más bello que jamás hubiera visto. Tenía ojos tan azules como el océano y la piel tan pálida como la espuma del mar; su rostro se asemejaba a las estatuas perfectas que a los humanos tanto les encanta esculpir. Pasaba horas observándolo sin que él cambiase de expresión; parecía un retrato de esos que colgaban en los pasillos de la mansión.
La única excepción ocurría cuando visitaba otro castillo un poco más pequeño, apartado y casi escondido entre la vegetación.
Allí visitaba a una mujer gravemente enferma, donde el olor a muerte inundaba cada rincón. No me gustaba seguirlo hasta ese lugar; la pesadez de la tristeza se podía respirar en el aire. El hermoso chico se sentaba durante horas junto a la cama de la señora quien, por su gran parecido con él, debía de ser su madre. En su rostro aún quedaban los vestigios de una antigua belleza.
Casi siempre la encontraba dormida, pero eso no le impedía sentarse en silencio a su lado. La habitación permanecía a oscuras, apenas iluminada por una lámpara cuando él leía algún libro, pero la mayor parte del tiempo solo se quedaba contemplando el sube y baja de su pecho.
Sin embargo, cuando la señora estaba despierta, el chico no paraba de hablar. Le contaba todo lo que aprendía en sus clases y todo lo que leía. Su madre le pedía que le describiera las flores del jardín, y él lo hacía de una manera tan conmovedora que me hacía dar un vuelco al corazón. No sabía qué era esa sensación, pero me ocurría cada vez que él le sonreía a su madre.
Todo su rostro se iluminaba como el amanecer en un día de invierno; era como ver el sol bañando un bosque helado, haciendo que la escarcha brillara como estrellas sobre los árboles. Rara vez lo hacía y solo guardaba esa sonrisa para ella. Por primera vez en mi vida, sentí un ligero chispazo de envidia: quería que alguien me sonriera así.
Le conté todo a la reina sobre el chico y su madre.
—La señora va a morir tan pronto como el niño cumpla los catorce años —sentenció la reina sin inmutarse.
Aquello me entristeció. Si la señora moría, el chico jamás volvería a sonreír de esa forma.
—¿No hay forma de salvarla? —pregunté.
El rostro de la reina estaba iluminado por el fuego de la chimenea, haciéndola lucir más etérea, más letal.
—No. Su destino es morir —respondió con frialdad—. Y eso es lo que nos conviene.
Me quedé pensando en sus palabras. El destino de los humanos me parecía tan frágil...
—Pero el chico se quedará solo —solté sin meditarlo.
La reina, que estaba ordenando unas piezas de ajedrez sobre la mesa, alzó la vista al oírme. Tomó un peón entre los dedos y continuó:
—Ese es el punto. Ese chico no es más que un peón en mi plan y, para usarlo a mi antojo, debe quedarse solo. Aislado de todo, dependiendo únicamente de mí.
—Sí, mi reina.
Ella volvió a colocar el peón en el tablero y siguió organizando las piezas.
—¿Te interesa el chico? —inquirió de pronto, mirándome de reojo.
—No, mi reina.
El mundo de los humanos no nos interesaba; sus juegos de poder y sus muertes nos resultaban tan comunes como la caída de las hojas al cambiar las estaciones.
—La única que nos interesa es usted, majestad —intervino otra de mis hermanas, volando hacia ella para frotarse cariñosamente contra su mejilla.
La reina le dedicó una tierna sonrisa y le dio suaves golpecitos en la cabeza con el dedo. De inmediato, todas las demás volamos hacia ella para darle mimos y halagos, buscando ansiosas su atención.