El sol brillaba en lo alto cuando Aelina regresó al ala asignada al Palacio de la Oscuridad, con el cabello húmedo de sudor y la respiración agitada tras el intenso entrenamiento matutino. Se había enfrentado en combate cuerpo a cuerpo con uno de los soldados de la guardia oscura y, para su propio asombro, había logrado mantenerse firme ante el embate. Galdrek, su instructor, le dio una palmada en el hombro, una chispa de aprobación brillando en sus ojos.
—Eres la primera de las emisarias que logra esto —dijo con respeto. —Nosotros somos la mejor defensa física de los cuatro palacios, así que, si puedes con nosotros, estás en buena forma.
Aelina sonrió, complacida por haber progresado tanto. El entrenamiento había sido arduo, pero sentir cómo su cuerpo se fortalecía y respondía mejor a los movimientos le daba un impulso de confianza. Sin embargo, no podía detenerse a regodearse en su logro. El Festival del Renacimiento en el Palacio de la Naturaleza estaba a punto de comenzar y a las emisarias se les había asignado un papel protagónico en las celebraciones.
—¡Caramba, llego tarde! —exclamó, apresurando el paso hacia su habitación mientras el corazón aún le martilleaba en el pecho.
El enojo de Taerin
Al abrir la puerta, se encontró con Taerin, su dama de compañía, plantada frente a ella con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Su ropa, aunque menos formal de lo habitual, transmitía la misma autoridad de siempre. Aelina supo al instante que estaba en problemas.
—Llegas justo cuando me estaba volviendo loca —la increpó con voz tensa. —Te dije que debíamos tener tiempo suficiente. El protocolo exige que todas las emisarias estén listas antes de la primera campanada.
En un sillón cercano, Vaelkar observaba la escena con una sonrisa burlona, divertido ante el despliegue de impaciencia de Taerin. A través del vínculo mental, le llegó su comentario en tono de broma:
—Te dije que Taerin se vería desquiciada —dijo con un deje de diversión. —Aunque a mí no me molesta llegar tarde.
Aelina apretó los labios para no reírse, pero el gesto no pasó desapercibido para Taerin, que parecía aún más irritada.
—¡No te quedes ahí! —insistió la dama, señalando el biombo donde aguardaba un vestido de gala. —¡Vamos, tenemos que apurarnos!
Sin poder evitarlo, Aelina se dejó arrastrar por Taerin, que ya comenzaba a desatarle la trenza desordenada y a quitarle la ropa de entrenamiento. Detrás del biombo, Vaelkar se dio la vuelta para darles privacidad, aunque mantuvo la conexión telepática activa.
—¿Estás lista para tu demostración? —preguntó con tono neutro.
—Tan lista como se puede —respondió ella mentalmente, intentando no sonar nerviosa.
Taerin soltó un bufido, interpretando el murmullo de Aelina como una queja:
—¡Vamos! —refunfuñó. —Si no te apuras, llegaremos cuando todos ya estén sentados.
En cuestión de minutos, Aelina emergió del biombo transformada. El vestido que llevaba era impresionante: una pieza en tonos negro iridiscente que desprendía reflejos rojos con cada movimiento. La falda larga caía hasta el suelo, bordada con piedras carmesí en el dobladillo que simulaban brasas encendidas. El corsé, ajustado al torso, estaba cubierto de pedrería que evocaba llamas vivas, mientras la parte superior dejaba los hombros al descubierto, realzando la elegancia de su postura.
Su cabello estaba recogido en una coleta alta, dejando algunos mechones sueltos que enmarcaban el rostro. Sobre la frente descansaba una tiara elaborada, parecida a fuego contenido, cuyas piedras brillaban como brasas al rojo vivo. Para completar el conjunto, llevaba guantes de encaje negro hasta la muñeca y una gargantilla fina con un corazón en piedra roja, regalo de Vaelkar. El maquillaje, con sombras rojizas y toques oscuros, acentuaba el misterio en su mirada.
Aelina se contempló en el espejo, asombrada por la imagen que reflejaba. Parecía una princesa de la oscuridad nacida de la tierra, fuerte y majestuosa.
—¿De verdad soy yo? —pensó, con un nudo en el estómago.
Vaelkar, captando su duda a través de la conexión mental, le aclaró:
—No quería que la nobleza de otros palacios no te tomase enserio por tu edad —dijo, con una ternura apenas perceptible en su mente. —Preferí que parecieras un poco mayor.
A sus ojos, Aelina estaba deslumbrante y representaba, sin saberlo, a la futura Señora de la Oscuridad. De hecho, la tiara que lucía era la oficial otorgada a la prometida del Señor Oscuro, pero Vaelkar lo mantuvo en secreto, para no presionarla.
Él mismo vestía una túnica de gala en tonos rojos y negros, con detalles dorados que emulaban la forma de llamas danzantes. Su corona, un adorno sencillo pero majestuoso, parecía un fuego perpetuo bajo la luz. Cuando se puso en pie para acercarse a Aelina, sus tonos coincidían con los de ella: la declaración perfecta de que iban como pareja a la festividad.
Vaelkar extendió una mano hacia Aelina, quien la tomó con delicadeza.
—¿Nerviosa? —preguntó él, sin soltarle la mirada.
—Un poco —admitió ella, intentando mantener la compostura. —Nunca he hecho algo como esto.