Ya era tarde cuando Galdrek y Aelina finalizaban su entrenamiento en los terrenos del Palacio de la Naturaleza. El calor comenzaba a hacerse presente en la estación y Aelina notaba la incomodidad de su ropa empapada en sudor. Había cambiado su vestimenta tradicional por un pantalón deportivo de la Tierra y una camiseta ajustada, lo que le permitía mayor libertad de movimiento. Galdrek, por su parte, vestía ropas ligeras que dejaban a la vista los rastros de las largas sesiones de combate.
—Eres mi mejor aprendiz —comentó Galdrek con una sonrisa de aprobación. —En tan poco tiempo, has logrado más de lo que esperaba. Con la diferencia de fuerza que hay entre tú y los soldados de Palacio Oscuro, fue necesario adaptar tus estrategias, pero ahora puedes enfrentarte a uno sin desventaja.
Aelina asintió, satisfecha con su progreso. Desde su llegada, sentía que su cuerpo se había vuelto más ágil y fuerte. Sin embargo, la cercanía que había desarrollado con Vaelkar la desconcertaba. Desde aquella noche en el árbol, él había sido más atento y sutilmente protector. Aelina no podía evitar pensar en lo ocurrido. Había sido un secreto tácito entre ambos, algo que ni siquiera Galdrek conocía, pero que flotaba en el aire cada vez que estaban juntos.
La memoria del beso apasionado y la manera en que Vaelkar la había sujetado con deseo seguía viva en su mente y su piel aún ardía al recordarlo. Se mordió el labio al percibir cómo su pulso se aceleraba y apartó esos pensamientos rápidamente, concentrándose en la voz de Galdrek. No podía permitirse flaquear ahora, ni mucho menos perder la concentración.
Desde aquella noche, Vaelkar parecía luchar consigo mismo por mantener el contacto físico en el mínimo posible, aunque no podía evitar ciertos roces cuando pasaba cerca de ella. Sin embargo, sus miradas hablaban más de lo que cualquiera podía notar y Aelina se sentía envuelta en un torbellino de emociones que no lograba desenredar. ¿Era el deseo lo que había sentido aquella noche? ¿O eran los sentimientos de Vaelkar infiltrándose en su corazón a través del vínculo? Aún no lo sabía, pero lo que sí sabía era que él había sido sincero al decir que, si su magia estuviera madura, la habría hecho suya esa misma noche. Ese pensamiento seguía erizándole la piel.
—¡Oye! —Galdrek la sacó de sus pensamientos con un chasquido de dedos frente a su cara. —¿Estás en otro mundo o qué?
Aelina sacudió la cabeza, obligándose a enfocarse.
—Perdón, solo estaba… pensando —dijo, fingiendo desinterés.
Antes de que pudiera explicar algo más, el sonido de pasos los sacó de su conversación. La Señora de la Naturaleza apareció con su porte majestuoso, sus largos cabellos decorados con hojas y su vestido verde musgo que la hacía parecer parte del bosque mismo. Su mirada se fijó en Aelina, con un brillo que insinuaba una conversación pendiente.
—Necesito hablar contigo, Aelina —dijo la mujer con voz calma, pero firme.
Galdrek, de inmediato, se puso en guardia. Aelina era su responsabilidad durante el entrenamiento y no le gustaba la idea de que la llevaran sin más explicaciones.
—¿Para qué? —preguntó con recelo.
—No hay peligro —aseguró la Señora. —Solo deseo hablar con ella en privado.
Galdrek intercambió una mirada con Aelina, esperando su decisión. Ella, aunque intrigada, sintió que no había hostilidad en la petición, por lo que asintió.
—Está bien —aceptó. —Taerin me acompañará.
La Señora de la Naturaleza sonrió levemente y asintió. Sin embargo, mientras avanzaban hacia el bosque, su voz interrumpió el silencio.
—Sabes, la naturaleza es sabia y tiene sus formas de comunicarse con nosotros. Me ha hablado sobre ti, sobre tu conexión con ella. Y ahora ha decidido apadrinarte en esta lucha.
Aelina la observó con sorpresa. No era la primera vez que sentía esa conexión con la magia del entorno, pero que la propia naturaleza la reconociera como su protegida era algo que no esperaba.
—Tiene fe en ti —continuó la Señora—, pero también sabe el precio que esto conlleva.
La mención de un costo hizo que Aelina sintiera un escalofrío. ¿Cuánto sabía la Señora de la Profecía? ¿Podría intuir lo que Aelina había descubierto?
Finalmente, llegaron a una zona del bosque cubierta por una cúpula de protección mágica. La Señora de la Naturaleza se giró hacia Taerin.
—Solo Aelina y yo podemos entrar. Debes quedarte aquí.
Taerin frunció el ceño y miró a Aelina en busca de instrucciones. Si su ama le pedía que regresara al palacio a informar, lo haría sin dudar. Aelina sopesó la situación y decidió confiar.
—Espera aquí —dijo a su dama. —No me tardaré mucho.
Taerin asintió, aunque no ocultaba su desconfianza.
Una vez dentro, Aelina sintió el cambio inmediato. El aire estaba impregnado de energía pura, las plantas brillaban con un fulgor esmeralda y la tierra pulsaba con vida propia.
—Este es el lugar más sagrado de Lumirion —explicó la Señora. —Se dice que de aquí nació la energía que alimentó a los cuatro palacios, hasta que la avaricia rompió el equilibrio. Fue así como la maldición comenzó a extenderse.
Aelina sintió un peso en su pecho.