El agua dorada la envolvió como un manto cálido y silencioso, arrastrándola con suavidad hacia un plano desconocido. No hubo sensación de ahogo ni peso; solo una ingravidez serena que la hizo sentirse suspendida en un vacío lleno de luz, como si flotara en el interior de un sueño antiguo y sagrado.
Cuando sus ojos se acostumbraron al resplandor, comprendió que ya no estaba en la fuente. Frente a ella se extendía un paisaje vasto e imposible, que parecía cambiar con cada respiración. El Corazón de Lumirion se alzaba como una montaña colosal en el horizonte, majestuosa y viva, envuelta en un ciclo eterno de estaciones.
A sus pies, una densa niebla cubría el suelo, impregnada del aroma de tierra fértil y agua recién caída. Más arriba, el paisaje se transformaba en capas: bosques otoñales de hojas doradas que caían como susurros, tundras invernales cubiertas por el suspiro del hielo, llanuras donde la primavera brotaba en flores de mil colores y finalmente, en la cima, un sol perpetuo bañaba la cúspide en un fulgor ardiente.
—Esto… —murmuró Aelina, sintiendo cómo la admiración y el temor se entrelazaban en su pecho.
Entonces, la voz de Elandor resonó en su mente, suave como un recuerdo antiguo.
—Debes escalarla. Cada nivel guarda una verdad dormida, una herida del pasado. Solo enfrentándolas podrás restaurar la fuente.
El eco de sus palabras vibró dentro de ella, encendiendo un fuego que no sabía que tenía. Aelina bajó la mirada hacia el sendero que se abría frente a sus pies, marcado por piedras que brillaban con un tenue fulgor azulado.
No había instrucciones. No había guía.
Solo la montaña, sus verdades… y ella.
Respiró profundamente, sintiendo cómo el aire del Corazón de Lumirion se fundía con su alma. Con el corazón latiendo con fuerza y la determinación brillando en sus ojos, dio el primer paso hacia lo desconocido.
La Niebla de los Secretos
El primer tramo de la montaña estaba cubierto por una niebla densa y silenciosa, tan espesa que parecía haber sido tejida por las propias manos del olvido. El aire era húmedo y pesado, impregnado de un aroma a tierra antigua, como si respirara los recuerdos de una era perdida. A cada paso, Aelina sentía cómo la bruma se enredaba en su piel como hilos invisibles, intentando frenarla, como si la montaña misma le exigiera enfrentar aquello que no deseaba ver.
Las sombras comenzaron a moverse entre la niebla, deslizándose con la suavidad de un susurro y la crudeza de una herida abierta. Voces distorsionadas se filtraron por sus oídos, llenas de rabia y desconsuelo.
—¡Nos mintieron! —exclamó una voz ronca, cargada de un dolor antiguo.
—Robaron la vida del árbol… y condenaron a Lumirion —añadió otra, como un lamento enterrado bajo siglos de silencio.
Aelina se estremeció. El escalofrío no solo le recorrió la espalda; pareció tocar su alma.
Figuras espectrales emergieron de la niebla, rostros desfigurados por la tristeza y el engaño. Eran los primeros habitantes del Palacio Oscuro, almas atrapadas en el eco de una traición. Habían creído que robar la energía del Árbol era su única salvación, sin saber que sellaban la condena de todo Lumirion.
Uno de ellos se adelantó. Su cuerpo parecía tallado en humo, pero su rostro… su rostro era dolor puro.
—¿Crees que puedes redimir sus pecados? —preguntó con una voz que no era solo sonido, sino vibración en el aire. —¿Crees que puedes salvar lo que ellos destruyeron?
Aelina sintió el peso del pasado caerle sobre los hombros como un manto de piedra. Tragó saliva, su voz tembló, pero no desvió la mirada.
—No lo sé —admitió. —Pero tengo que intentarlo.
La figura alzó una mano y la niebla se tornó más oscura, más viva. La envolvió en un remolino de visiones que la golpearon como dagas de luz: un joven Vaelkar, su rostro aún limpio de sombras, observando con angustia cómo otro joven —el amigo que Aelina nunca conoció—absorbía la energía del árbol. Vio la desesperación de un pueblo que moría sin comprender por qué, la magia apagándose, la tierra resquebrajándose bajo su dolor.
Dolor.
Codicia.
Miedo.
La historia jamás contada.
Aelina apretó los ojos, el pecho encogido por la intensidad de lo que veía. Entonces, recordó las palabras de su maestra en la Tierra, Seraphine:
"El conocimiento es poder, pero la verdad es el cimiento de toda sanación."
Inspiró profundo y con la voz baja pero firme, susurró:
—Acepto la verdad. Acepto los errores del pasado… pero no permitiré que definan el futuro.
Desde lo profundo de su ser, una luz dorada brotó como un sol naciente, expandiéndose en oleadas cálidas y vibrantes. La niebla retrocedió como si temiera aquella claridad. El suelo se reveló bajo sus pies, sólido, real, iluminado por la fuerza de su convicción.
Ya no había duda.
Lumirion no había sido traicionado por un extraño… sino por alguien a quien Aelina comenzaba a amar.
Vaelkar.
No su hermano.
La verdad ardía dentro de ella como un fuego sereno. No era solo dolor: era claridad.