Lumirion

Capítulo 20: El castigo de Aelina

La mañana amaneció gris, envuelta en un silencio espeso que dolía más que el frío. El aire no era solo gélido: pesaba, como si arrastrara consigo la tensión de lo inevitable. Afuera, el mundo parecía contener la respiración.

La puerta de la celda se abrió con brusquedad, rompiendo la calma como una hoja que se rasga.

Selene irrumpió con el ceño fruncido, el rostro pálido por la contención. Sus ojos brillaban con una mezcla de preocupación y frustración que no podía disimular.

—Esto es una locura —dijo, intentando que su voz sonara firme, pero se le quebró en la última palabra.

Aelina no respondió de inmediato.

Solo bajó la mirada hacia la túnica blanca que Selene le tendía. Era de lino liviano, casi transparente en su fragilidad y sin embargo, su mensaje era más claro que cualquier condena: la espalda quedaba completamente expuesta.

Un diseño pensado para la humillación.
Un ritual de dolor envuelto en solemnidad.
Una herida que se vestiría de pureza… para sangrar frente al mundo.

—Debes ponértela —murmuró Selene, tragando saliva. Su intento de indiferencia se quebraba en cada gesto.

Aelina tomó la prenda sin una palabra. Con movimientos lentos, se despojó de su ropa y se colocó la túnica. El frío le acarició la piel desnuda de la espalda como un presagio. Selene se colocó detrás de ella, recogiendo su cabello en un moño alto.

—Todos los emisarios y magos estamos intentando detener esto —dijo mientras trabajaba con rapidez. Sus dedos temblaban.

Aelina levantó la mano, tocando los suyos con suavidad.
La detuvo.

—No lo hagan —susurró.

Selene alzó la mirada, atónita.

—¿Qué?

—Si intentan detener esto… perderemos tiempo valioso.

—¡¿Escuchas lo que dices?! —Selene la sujetó por los hombros. —¡Mírate! Apenas puedes mantenerte en pie. ¡Y te enviaron a uno de los verdugos más brutales! ¡Esto fue idea de la princesa de Luz para destruirte!

Aelina esbozó una sonrisa tenue.
Una que dolía.
Una que solo nace en quienes han aceptado lo inaceptable.

—Lo sé.

Selene parpadeó, confundida.
—¿Entonces… por qué?

Aelina sostuvo su mirada.

—Porque no estoy sola.

Las palabras flotaron en el aire como un conjuro.
Simple. Verdadero.

—Los tengo a ustedes —dijo, tomando las manos de su amiga. —Sé que no me dejarán morir. No aún.

El silencio se hizo espeso. Selene la observó como si quisiera retenerla con los ojos. Algo en ella tembló: ira, impotencia, amor. Todo a la vez.

—Estás loca —murmuró, con una sonrisa temblorosa.

—Tal vez un poco —respondió Aelina, con suavidad.

Selene suspiró y, tras un largo momento, asintió con firmeza.

—Bien. Si esta es tu decisión… no estarás sola. Estaremos contigo.

Aelina apretó su mano con gratitud. En ese gesto sencillo, encontró la fuerza que necesitaba.

Poco después, los guardias llegaron.

Sin palabras, colocaron gruesos brazaletes de hierro en sus muñecas. Sellaban su magia. Sellaban todo… menos su voluntad.

No importaba.
Aelina ya había aceptado su destino.

Y si ese era el precio por avanzar, lo pagaría.

De pie.
Con dignidad.
Y con la verdad ardiendo en su pecho.

El Patio de la Ejecución

El aire estaba tenso.
No por el frío, sino por la espera.
Aunque el sol brillaba alto, todo se sentía distante, irreal. Como si el tiempo se hubiera detenido al borde de un abismo.

Aelina caminaba con la cabeza erguida, flanqueada por los guardias del Palacio de Luz. Sus pies se movían con firmeza, pero por dentro, cada paso la acercaba a un destino que no merecía.

Frente a ella, la tarima de madera oscura se alzaba como un altar de castigo. Cada tablón parecía absorber la luz del día, como si supiera lo que estaba a punto de ocurrir.

El mundo contenía la respiración.

La multitud aguardaba. Voces susurraban, rostros extraños la miraban con expresiones cruzadas: incredulidad, rabia, compasión… morbo. Algunos la veían como una criminal. Otros, como una víctima.

Aelina no veía nada. Solo sentía el vacío que se abría ante ella.
"Esto no debería estar pasando."

Las cuerdas se cerraron sobre sus muñecas. Sus brazos fueron elevados, dejando su espalda completamente expuesta.
El frío del metal le mordía la piel, pero no era nada comparado con el nudo que se aferraba a su estómago.

Intentó no mirar. Pero no pudo evitar verlos:
Selene, con los ojos encendidos como antorchas a punto de estallar.
Marieth, con la mirada baja, labios apretados en un intento de no romperse.
Galdrek, con los puños cerrados, los nudillos blancos de contención.

"Resiste."
Se lo repitió, como un ancla.




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