Lumirion

Capítulo 19: La Traición de la luz y el precio de la verdad

El viento helado golpeaba su rostro con violencia, como si el mundo intentara despertarla de un sueño demasiado profundo. Aelina corría con el corazón desbordado, con las piernas al borde del colapso, guiada solo por una certeza: debía llegar antes de que fuera demasiado tarde.

El tiempo había transcurrido de forma cruel y caprichosa. Para ella, habían sido horas… quizá un día. Pero la realidad le susurraba una verdad más dura: habían pasado dos semanas desde su desaparición.

Su aliento era irregular. Cada inhalación ardía en sus pulmones, pero no podía detenerse. Se llevó la mano al pecho, asegurándose de que la manzana dorada aún estuviera a salvo, protegida entre los pliegues de su ropa. Aquel fruto era más que un símbolo: era la esperanza de restaurar el Palacio Oscuro. Su sacrificio… su amor.

"¿Qué ha pasado en todo este tiempo?"

La pregunta no cesaba en su mente. Dos semanas sin dar señales. Dos semanas en las que todo podía haberse torcido. Un nuevo temor se anidó en su pecho: ¿Y si pensaban que los había traicionado?

Apretó el paso, dejando que el dolor y el cansancio se diluyeran en la fuerza de su voluntad. Pero cuando finalmente cruzó el umbral del límite de la barrera, la escena que encontró la hizo tambalearse.

La Recepción en el Límite de la Barrera

La Señora de la Naturaleza y su pareja la esperaban, rodeados por Taerin, Galdrek y un grupo de guardias del Palacio Oscuro. El aire estaba tenso, como si el bosque contuviera la respiración.

Galdrek fue el primero en verla. Sus ojos se agrandaron al reconocerla y su expresión cambió del asombro al horror.

—¡Por todos los cielos, Aelina! —gritó, corriendo hacia ella. —¿Qué te han hecho?

Aelina intentó responder, pero su cuerpo no pudo más. Las fuerzas la abandonaron de golpe, su visión se volvió turbia y la respiración, entrecortada. Su cuerpo se inclinó hacia adelante, cayendo en un abismo de debilidad.

Galdrek la atrapó justo a tiempo. Al sentir sus brazos, Aelina se dio cuenta de cuánto había cambiado. Su cuerpo estaba frágil, consumido por el desgaste del viaje espiritual.

—Estás en los huesos… —murmuró él, con una mezcla de preocupación y rabia.

—Vaelkar… —alcanzó a decir, con voz débil. —¿Dónde está?

Galdrek no respondió enseguida. Bajó la mirada y su mandíbula se tensó.
—Te lo explicaré después —dijo finalmente, con un tono sombrío. —Primero necesitas descansar.

Pero Aelina supo que algo no estaba bien. Lo vio en sus ojos. Había algo que él no quería decirle. Algo que dolería.

Antes de que pudiera insistir, un nuevo grupo apareció entre los árboles. Guardias del Palacio de la Luz, vestidos con armaduras blancas como nieve, se interpusieron en su camino.

El líder del escuadrón desenrolló un papiro con gesto solemne y leyó en voz alta:

—Por orden del Palacio de la Luz, Aelina de la Tierra queda detenida por el delito de hechizar al Señor de la Oscuridad… y de incriminar a la Princesa de Luz.

El silencio cayó como una losa de piedra.

Galdrek dio un paso al frente con furia contenida, su mano ya sobre la empuñadura de su espada.

—¡Esto es un insulto! —rugió. —¡No permitiré que la traten como a una criminal!

La Señora de la Naturaleza alzó una mano, pidiendo mesura. Su voz, aunque suave, tenía la autoridad de quien entiende los tiempos del destino.

—Debemos permitir que esto siga su curso. Claramente, se trata de un malentendido. Confío en que la verdad saldrá a la luz.

Aelina apenas podía sostenerse en pie. Su mente giraba.
"¿Hechizar a Vaelkar? ¿Incriminar a la princesa de Luz?"
Todo sonaba absurdo. Irreal. Y, sin embargo, cada palabra pronunciada era una semilla de duda sembrada ante todos los presentes.

No se resistió cuando la escoltaron, lentamente, hacia el ala del Palacio de Luz. Su cuerpo estaba demasiado débil. Su alma, demasiado desgarrada.

Pero en su corazón se aferró a una única esperanza:

"Vaelkar es un hombre de razón. Cuando lo vea… cuando pueda explicarle… entenderá."

¿O ya no?

La Celda

La celda era fría y vacía, como si el propio espacio hubiese sido diseñado para borrar la esperanza. Las paredes de piedra devolvían el eco de su respiración entrecortada y no había ni un rincón donde sentarse dignamente. Así que se dejó caer sobre el suelo helado, sintiendo la fatiga golpear su cuerpo con la fuerza de todas las batallas vividas.

La oscuridad no la asustaba.
La soledad tampoco.
Pero el silencio… ese silencio que no traía consuelo ni respuestas… sí.

Aelina sabía que no podía correr riesgos. Llevó una mano temblorosa a su ropa y extrajo la manzana dorada. Su pulso vibraba con la magia que aún latía dentro del fruto. Cerró los ojos, conjuró un hechizo de transportación con la poca energía que le quedaba y la envió a su habitación en el Palacio Oscuro.

"Debes sobrevivir. Ellos te necesitan."




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