El bosque a su alrededor parecía una pintura en movimiento, con colores tan vivos que parecían respirar con cada brisa que atravesaba las hojas doradas y plateadas de los árboles. La luz no provenía de un sol, sino que el aire mismo parecía brillar con una energía cálida y envolvente. Aelina parpadeó varias veces, tratando de aclarar su visión, pero todo seguía siendo igual de irreal.
Se incorporó lentamente, sintiendo que su cuerpo estaba extrañamente liviano, sin rastro del dolor que había sufrido en el patio de la ejecución. Miró sus manos y brazos en busca de heridas, pero su piel estaba intacta, sin rastros de los latigazos. La sensación era desconcertante.
—Pensé que… había muerto —murmuró para sí misma, pero su voz se escuchó fuerte y clara en el ambiente silencioso.
—No, Aelina —la voz de Elandor se escuchó detrás de ella. Se giró de inmediato y lo vio de pie a unos metros de distancia, con su inconfundible túnica blanca y su sonrisa serena. Sus ojos irradiaban una paz indescriptible, como si él siempre estuviera en equilibrio con todo a su alrededor. —No has muerto. Tu cuerpo sigue en Lumirion, inducido en un coma. Pero yo separé tu alma para evitar que sufrieras el dolor.
Aelina sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿Un coma? Eso significaba que su cuerpo seguía con vida, pero ¿por cuánto tiempo había estado así?
—¿Qué tanto tiempo ha pasado? —preguntó con un atisbo de ansiedad.
—Lo suficiente —respondió Elandor con calma, pero sin darle una respuesta concreta. Luego hizo un gesto con la mano para que caminara con él. —Ven, hay algo que quiero mostrarte.
Aelina lo siguió, notando cómo el suelo bajo sus pies era suave como el musgo, pero despedía una ligera luz dorada con cada paso que daba. Este lugar... De pronto, un recuerdo vago vino a su mente.
—He estado aquí antes —susurró, deteniéndose de golpe.
Elandor sonrió con satisfacción.
—Sí, cuando dormías en la Tierra yo te traía aquí. No de manera consciente, pero tu alma siempre encontró refugio en este plano. Es mi hogar… o, mejor dicho, uno de los planos más elevados del universo.
Aelina tragó saliva. Su pecho se llenó de una extraña emoción que no podía describir.
—¿Entonces… es como un cielo?
Elandor la observó con ternura.
—Podrías llamarlo así. Es un lugar de descanso y conocimiento, solo accesible para aquellos que han trascendido ciertos límites del alma. Algún día vendrás aquí… pero no todavía. —Su voz se tornó más suave. —Todavía hay mucho por hacer, Aelina.
Ella asintió, intentando asimilar la información. Todo esto es demasiado. Sin embargo, su mente seguía llena de preguntas.
—Si este es tu hogar… ¿quién eres realmente? —inquirió, mirándolo fijamente.
Elandor se cruzó de brazos, con una sonrisa divertida.
—¿No habíamos ya hablado de esto en la fuente de vida de Lumirion?
Aelina asintió sin dudar.
—Si, pero siento que hay algo que no me has dicho.
—He sido tu guía desde que naciste en la Tierra. No soy un ángel, aunque si quieres llamarlo así, no me ofende. Soy un maestro ascendido de Lumirion, alguien que ya no pertenece del todo a este mundo, pero que vela por su equilibrio.
Aelina quedó en silencio unos instantes, procesando todo.
—¿Y por qué yo?
Elandor suspiró y se detuvo a su lado.
—Porque tu destino fue decidido antes de que nacieras. Desde que fuiste seleccionada como pareja de alma del Señor de la Oscuridad, tu camino quedó trazado… aunque no de la mejor manera. —Hizo una pausa, mirando al horizonte. —Fuiste criada para cumplir un propósito, pero te aislaron, te entrenaron y te educaron como si fueras un arma, en lugar de dejarte vivir como una persona normal. Por eso eres como eres, Aelina. Te enseñaron a no confiar en nadie, a resolverlo todo sola… y lo peor, a no esperar nada de nadie.
Aelina sintió un nudo en la garganta. Era cierto. Siempre había estado sola. Desde que sus padres murieron, nadie la había tratado como una niña normal. La Academia en la Tierra la había moldeado como la emisaria perfecta porque era la última oportunidad para la tierra y por ello fueron más exigentes con ella, que con las otras emisarias, pero nunca le permitieron ser simplemente Aelina.
Elandor la observó con comprensión.
—Pero, a pesar de eso, has crecido. Has cambiado desde que llegaste a Lumirion.
Aelina apartó la mirada y abrazó sus propios brazos.
—¿En qué sentido?
—Has aprendido a confiar en los demás. —Elandor le sonrió con calidez. —No te has dado cuenta, pero ya no eres la misma que llegó a Palacio Oscuro. Has hecho amigos, has permitido que las personas entren en tu vida.
Aelina se quedó callada. Pensó en Galdrek, en Marieth, en Taerin… incluso en Lucian y las otras emisarias. Luego, inevitablemente, pensó en Vaelkar.
—Vaelkar… —susurró.
Elandor ladeó la cabeza con interés.
—Hablando de él… dime, Aelina, ¿qué piensas de lo que hizo?