Missing 411

4

En cuanto llegaron a la casa, Jake estalló en un llanto horrible, liberando las tensiones del trauma vivido como un torrente de emociones. Al principio Molly no pudo evitar asustarse, pero Ryan la calmó diciéndole que era algo completamente normal y previsible, muchas cosas habían sucedido y en un niño de su edad, era normal que canalizara la experiencia de aquella manera. Entre ambos lograron tranquilizarlo, y al entrar a la casa, lo primero que hicieron fue desvestir al niño, bañarlo y revisarle las heridas. Jake tenía un corte en la pierna no demasiado profundo, pero que por suerte no estaba infectado, al menos aún. Sabrá Dios con qué se lo habría hecho, pero cualquier cosa era posible en aquella dimensión distopica y horrenda. Ryan aún continuaba sintiendo el olor a muerte impregnado en sus poros y en sus fosas nasales, y probablemente aquel recuerdo sería algo difícil de erradicar de su mente, se dijo.

Le pidió a Molly que permaneciera con Jake mientras él se limpiaba tanto la sangre del cuerpo como la tierra y las marcas de pintura indígena, y además, también le indicó que le diera agua y algo de comer. No demasiado, algunas galletitas saladas y medio vaso de agua, que tomara en pequeños sorbos para evitar que vomitara, al menos para hidratarlo un poco antes de ir al centro médico. Ella así lo hizo, además de vendarle la pierna luego de lavarle la herida, y mientras atendía a su hijo al mismo tiempo que escuchaba el sonido de la ducha desde el baño, no pudo evitar llorar de agradecimiento por tener de nuevo a su niño sano y salvo, tras tantas penurias. Muchos no contaban con la misma suerte, pero ella sí la había tenido.

Ryan salió del baño poco tiempo después, con el cabello mojado cayéndole en mechones sobre la frente y a los lados, y con sus heridas aún abiertas, pero que al menos habían dejado de sangrar. Molly le miró la mejilla, no creía que le dieran puntos, pero al menos un par de banditas de autosutura le pondrían, casi con toda seguridad. Jake, mientras tanto, comía sus tres galletas al agua con una lentitud increíble, los ojos muy abiertos y perdido en sus propios pensamientos. Lo mismo había visto de James Weyner, el pescador que habían encontrado semanas atrás, y el cual se había pegado un maldito disparo en la sien.

—¿Cómo está? —Le preguntó, sin dejar de mirarlo. Molly volteó a verlo, y le sonrió. Tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar, las mejillas sucias de polvo y tierra, y algunos arañazos y picotones en el dorso de las manos. Aún así, no dejaba de acariciarle el cabello a su niño.

—Todavía no habla, apenas siquiera se mueve.

—Aún permanece en shock, es normal.

—Pero está aquí, eso es lo importante —consintió ella, volviendo a mirar a su hijo.

—Vamos a llevarlo al centro médico, deben hacerle estudios, tomografías, hay que comprobar que no tenga una lesión en el cerebro o algo.

—Sí, vamos. Tú también debes revisarte eso —dijo Molly, señalándole su propia mejilla.

Ryan se encogió de hombros, tomó sus documentos, la chaqueta y las llaves de la camioneta. Vio como Molly tomó su teléfono celular, los documentos personales del niño y luego le hablaba con paciencia, diciéndole que irían a ver al doctor para que se recuperase, pero él no le respondió. Aún así, se dejó llevar dócilmente por la madre, como si fuera un muñequito que respiraba y caminaba por su cuenta. Era horrible, pensó.

Salieron de la casa cerrando tras de sí. Ryan sentó con cuidado al niño en los asientos traseros de la Cherokee y luego rodeó el vehículo por detrás, subiendo del lado del conductor, mientras que Molly ya había subido al otro lado. Metió la llave en el contacto, encendió los faros y emprendió el camino con rapidez. Eran casi las dos de la madrugada, de modo que no habría casi trafico y podía permitirse un acelerón prudente. En efecto, unos momentos después ya estaban estacionando en la zona reservada del centro médico, y luego de apagar el motor y bajar de la camioneta, fue el propio Ryan quien sacó al niño del vehículo y lo aupó hasta la sala de recepción. Dentro, las luces blancas no dejaban sombra en el suelo, y no había casi enfermeros ni doctores en los alrededores, solo una solitaria recepciónista que tomaba una taza de té y jugaba al mahjong en línea. La chica levantó la vista en cuanto sintió la puerta corrediza abrirse, y los miró con atención.

—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarlos? —preguntó.

—Soy Ryan Foster, detective del FBI. Este niño estaba desaparecido en el bosque y acabo de encontrarlo, necesita atención médica urgente, está en estado de shock y no sabemos si tiene una contusión, además de una herida en la pierna derecha —respondió él, con rapidez. La chica miró a Molly.

—¿Usted es la madre del menor?

—Sí —Al decir aquello, comenzó a llorar otra vez, conmocionada por todo.

—Bien, llene esta forma por favor. Enseguida vendrá el médico de sala —dijo la recepciónista, extendiéndole una planilla encima del mostrador. Molly comenzó a garabatear con rapidez en los campos requeridos de nombre, tipo de sangre, edad, enfermedades varias y demás, mientras que la chica tomó un comunicador ubicado en su escritorio—. Doctor Reynolds a recepción por favor, código veintisiete. Doctor Reynolds, código veintisiete —repitió. Esperó a ver el check verde en el segundo monitor de su computadora y asintió con la cabeza hacia Ryan—. Vendrá enseguida.

—¿Estás bien, Jake? —preguntó él, mirando al niño en sus brazos. Lo vio asentir con la cabeza, y como si de repente lo conociera de toda la vida, o quizá por instinto propiamente infantil, se abrazó de su cuello y hundió el rostro en su hombro. Molly terminó de llenar el formulario, y entonces volteó para verlos a ambos. —Todo va a salir bien —comentó Ryan, antes de que ella pudiese decir nada.

En menos de cinco minutos, un ascensor al fondo se abrió, y por el pasillo asomó caminando con rapidez un hombre de unos cincuenta y pocos, envuelto en su bata blanca y arrastrando una silla de ruedas por delante. Ryan no esperó a que se acercara a la recepción, sino que caminó a su encuentro, acortando camino y seguido por Molly.




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