Missing 411

10

El día transcurrió con total normalidad, al menos para el trío conformado por Ryan, Molly y el pequeño Jake. Cenaron una pata de pollo cada uno, acompañado con un puré de calabaza, y luego cada uno se retiró a dormir. Ryan fue quien se durmió primero, recostado en su sillón y con el teléfono celular en la mano, agotado de revisar viejas imágenes y buscar algún dato, por mínimo que fuese. Molly, por su parte, se cercioró de que Jake estuviera dormido y en calma antes de ir a su dormitorio, apagando todas las luces de la casa por el camino.

Parecía ser una noche más, si no fuera porque durante toda la tarde de aquel día, el viejo cacique de la reserva Arapahoe había empleado toda su energía y sus conocimientos ancestrales en un ritual potente, a la vez que peligroso. Se había despojado de toda su humanidad, de lo más profundo de su ser, desplazando su propia alma a un lado para permitir que la oscura entidad de Nawathenna ingresara en él, adueñándose de su voluntad. Entendía que solo así podría salvar la vida de los pocos habitantes de su tribu que aún respiraban, y aunque no tenía certezas de que aquella criatura fuera a “soltarle” —por decirlo de alguna manera— sano y salvo, lo cierto era que ya había vivido demasiado. No tenía nada que perder, al contrario de los miembros más jóvenes de la comunidad.

Poco después de la caída del sol, y en completo control de Nawathenna, había salido de la reserva a pie, caminando incansable hacia la casa de Molly. Sabía donde estaba, podía sentir al niño como si lo estuviera viendo a lo lejos. Aquella sangre joven fluyendo por sus venas, cada latido de su corazón, todo repiqueteaba en la voluntad de Nawathenna como la brisa del viento en la piel del anciano que, con la mirada perdida hacia adelante, no cesaba de caminar. Por fin, en cuanto llegó a la casa, sonrió, al darse cuenta que todos estaban dormidos debido a que no había una sola luz encendida que pudiera verse.

Se detuvo frente a la puerta, y entonces cerró los ojos. Su mente se desplazó hacia los alrededores, buscando algún huésped momentáneo que poder usar. Fue así como encontró, a poco más de cien metros de su posición, un pinzón que dormía plácidamente en su refugio, escondido tras las gruesas ramas de una palmera. Entrar en su diminuto cuerpecito no fue difícil, a fin de cuentas, podía dominar cualquier animal que se le antojara, por lo que lo despertó y emprendió el vuelo rasante hacia la casa, buscando la ventana que estuviera directamente en el cuarto del niño. Cuando la encontró, se acercó hacia ella esperando tocar el cristal con su pico, pero en lugar de eso, ingresó a la habitación limpiamente, ya que estaba abierta.

Se posó entonces en la cabecera de la cama, y miró al niño dormido. Abrió el pico y trinó un par de veces, lo suficiente para despertarlo, y en cuanto los ojos de Jake se posaron en el pájaro, Nawathenna tomó poder de su conciencia como quien arranca una manzana de un árbol. El pinzón revoloteó atontado al sentirse liberado de su control, y cayó muerto encima de la alfombra del suelo, junto a la cama. Jake dio vuelta los ojos, poniéndolos en blanco, y luego de un espasmo, volvió a mirar hacia el frente. Sin decir una sola palabra apartó las mantas, se vistió, y salió por la ventana, rodeando la casa hasta encontrarse con el cacique, de pie frente a la puerta y con los ojos cerrados.

En aquel momento, la entidad volvió a tomar el control del anciano, dejando un pequeño rastro de su voluntad en el niño, lo suficiente como para que no despertase y empezara a gritar, alertando a todos. Lo tomó de la mano, y girando sobre sus pies, ambos comenzaron a caminar por la acera desierta a esas horas, rumbo al bosque.

*****

Molly no sabía que hora era, pero tenía sed. El pollo había quedado demasiado condimentado, y entre dormida, se debatía en la posibilidad de levantarse para ir hasta el refrigerador y servirse un vaso de jugo, o aguantarse hasta el día siguiente. Estaba muy cómoda, la posición del cuerpo era la perfecta e ideal la temperatura de las mantas, pero también sentía que no dormiría muy placida si continuaba ignorando la sed, así que dando un resoplido, apartó las mantas y acomodándose la tira del hombro derecho en su vestidito de dormir, salió de la habitación rumbo a la cocina. Abrió el refrigerador, tomó la caja de tetrapack de jugo de ananá y dio unos cuantos buches profundos, dando una exhalación al terminar. Volvió a cerrar el empaque, dejó la caja en la puerta del refrigerador y la cerró sin mirar atrás, volviendo a su habitación. Al pasar por la puerta cerrada de su hijo, decidió echar un rápido vistazo, por simple costumbre. Tomó el picaporte en su mano, lo giró con suavidad y empujó la puerta lo suficiente como para que se entornase, y ver hacia adentro.

Jake no estaba.

Molly dio un empujón a la puerta abriendo de golpe, temblando de pánico. La habitación apestaba al olor de la Sylva Americana, y al encender la luz, pudo ver un pajarillo muerto en el suelo. Sintiendo que las lágrimas le afloraban como manantiales, giró sobre sus pies y corrió hacia el living, abalanzándose encima del sillón, apoyando ambas manos en los hombros de Ryan y sacudiéndolo tan fuerte como podía, al mismo tiempo que gritaba y lloraba, todo a la vez. Él abrió grandes los ojos y dio tal sobresalto que por poco se cae a un lado.

—¡Que! ¡Que! —exclamó, confundido.

—¡Jake no está! ¡Se lo llevó! ¡Se lo llevó! —gritó.

—¡Mierda! ¿Cómo que…? —preguntó, atontado. Apartó las mantas de un tirón y se calzó las zapatillas deportivas con rapidez, corriendo luego hacia la habitación. Al entrar, vio lo obvio. El olor, el animal muerto. Había sido esa cosa, otra vez.

—¡Haz algo, por favor! —gritó de nuevo, al mismo tiempo que lloraba.

—¡Tenemos que ir al bosque, va a llevarlo allí! ¡Es la única entrada y salida que tiene! —aseguró.

Ryan volvió corriendo al living, seguido de cerca por la propia Molly, quien lo vio ponerse la camiseta de manga corta con rapidez, tomar las llaves de la camioneta, su arma y el teléfono celular. Salieron de la casa sin mirar atrás, ni siquiera preocupándose en cerrar la puerta con llave. Además, Molly estaba descalza y en vestido de dormir, pero tampoco le importó, a pesar de que la noche estaba un poco fría. Ambos subieron a la camioneta con prisa, Ryan encendió los faros largos y el motor del vehículo, y pisando acelerador a fondo, arrancó por la solitaria calle haciendo chirriar los neumáticos contra el asfalto.




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