Missing 411

6

Ryan salió del centro médico caminando con prisa. La mañana estaba soleada, aunque no hacía calor, y en otro momento quizá fuese un clima que le provocaría un muy buen humor, pero en aquella situación, la verdad era que le generaba todo lo contrario. Sabía que no debía molestarse, a fin de cuentas y como bien había pensado, era normal que en situaciones de extrema tensión dos personas que habían compartido una historia en común volvieran a unirse, más si había un niño de por medio. Sin embargo, no dejaba de sentirse mal. Cuando Jake desapareció, no hizo más que insultar a Molly, decirle un montón de improperios y tratarla mal. Y ahora que todo comenzaba a marchar bien, venía con el papel de buen padre pintado en el rostro. Era inadmisible, injusto y caradura. Y por el bien de Molly, esperaba que no se fuera a creer esa historia.

Subió a la camioneta estacionada a un lado, bajó la ventanilla a su lado y encendiendo el motor, arrancó rápidamente rumbo a los accesos de la avenida principal, para dirigirse a la reserva Arapahoe. No encendió la radio, en su mente tan solo repicaba aquella frase: “Hablaremos de esto más tarde, ahora no es un buen momento”. Hablarían más tarde, se dijo una y otra vez. Más tarde… Más tarde.

—¿Con qué puto derecho? ¿Qué maldito derecho tiene él? —preguntó, sin apartar los ojos de la carretera, y en un arrebato, golpeó bruscamente con la palma de la mano en el volante unas dos o tres veces, exasperado.

Respiró hondo intentando controlar sus emociones, dio un suspiro largo y resoplando por la nariz, se concentró en enfocar su mirada delante del morro de la camioneta y pensar en cosas más productivas que Molly y el infeliz de su ex marido. Sin embargo, le era imposible. Su imaginativa mente, propia de un detective experimentado, recreaba la mayor cantidad de escenarios posibles a largo plazo. Imaginaba la posible charla que tendrían, seguramente cuando él ya estuviera fuera de Grelendale a cientos de kilómetros. Imaginó también la reconciliación, como él le haría el amor y si cabría la posibilidad de que ella lo recordase en un momento como aquel. Probablemente no, seguramente lo ayudaría en su maldito tratamiento contra la ira, serían la familia que antaño no pudieron ser e incluso adoptarían un perrito. Y todos felices y contentos.

Sus pensamientos eran tantos y tan concretos, que casi sin darse cuenta se disoció en el tiempo, conduciendo como un autómata durante todo el camino. Perdió tanto el sentido del tiempo que lo único que lo apartó de sus especulaciones internas fue el hecho de ver el vallado de acceso a la reserva frente a él. Apagó el motor, se quitó el cinturón de seguridad y bajó de la camioneta. El mismo guardía de siempre levantó una mano desde su caseta de vigilancia, en silencioso saludo, y Ryan bordeó el vallado, ingresando a la reserva. Mientras caminaba, notó que a la distancia, el viejo cacique indio estaba sentado en el porche de su cabaña, fumando la misma pipa de siempre, como si todo el tiempo lo estuviera esperando. Aquello, lejos de confortarlo, en realidad lo incomodó mucho más de lo que ya estaba. Al aproximarse a la cabaña, notó que el anciano se ponía de pie, para salir a su encuentro.

—Veo que ha vuelto, pero veo que viene solo. ¿Qué pasó con los guerreros que lo acompañaron? —preguntó, con la calmada parsimonia que lo caracterizaba. Ryan negó con la cabeza.

—Lo siento mucho. Esa cosa los masacró frente a mí, no pude hacer nada.

Hinono'eitiit entonces bajó la mirada, murmuró una palabra en su idioma, y entonces volvió a mirarlo.

—Una lástima, una verdadera pena.

—Lo sé. De todas formas, pude rescatar a uno de los chicos perdidos, si le sirve de consuelo. Sus muertes no fueron en vano.

—Me alegra oír eso, agente. ¿Puedo preguntarle por qué ha venido de nuevo?

—¿Podemos charlar adentro?

—Claro, venga conmigo —respondió el anciano.

Juntos ingresaron a la cabaña, y una vez dentro del living, el cacique le ofreció un te de hierbas, a lo que Ryan rechazó con cortesía, argumentando que hace no mucho había bebido un café. El cacique se sirvió una taza para él, apagó su pipa y entonces tomó asiento en la mesa central del recinto, frente a Ryan.

—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó.

—Necesito volver a ese sitio.

El cacique hizo una pausa pensativa, y entonces negó con la cabeza.

—Me temo que esta vez no puedo hacer eso, agente. Los hombres que lo acompañaron eran los últimos cuatro guerreros espirituales con los que contábamos, capacitados para cruzar al otro lado e incluso hacerle frente a Nawathenna. Usted no puede cruzar solo —dijo.

—¿Hacerle frente? —preguntó Ryan, exasperado ante la negativa. —Vi como esa cosa los despedazaba sin que opusieran la mínima resistencia, a excepción de cantar y vocalizar cosas que no entiendo. Discúlpeme, pero no vi una gran batalla de su parte —Al hacer una pausa, vio la mirada de tristeza que pareció inundar la mirada del cacique, y entonces negó con la cabeza levantando las manos—. Escúcheme, lo siento, no debí decir eso. Pero usted no ha sido el único que ha perdido algo, yo pude encontrar a mi hermana, y también tuve que verla morir frente a mí sin poder hacer una mierda al respecto. Y ahora que recuperé a uno de los niños, su padre…

Se interrumpió antes de decir nada. Por poco y se le escapaba todo aquel asunto con respecto a Molly. Tenía que controlarse, se dijo. Aquello era impropio de alguien como él, y era un agente del FBI en pleno procedimiento, tenía que actuar como tal y olvidarse de cualquier estupidez sentimental que pudiera nublar su buen juicio.

—¿Qué sucede con su padre? —preguntó el cacique. Ryan negó con la cabeza.

—Nada, olvídelo —dio un suspiro, y entonces intentó por otra vía—. Escuche, aún queda otro niño desaparecido que necesita ser encontrado, y no sé cómo volver allí sin tener que pedirle a usted. Ayúdeme, aunque tenga que cruzar solo. ¿Qué más da? Si tengo éxito genial, y si me muero, entonces no tendrá que soportarme otra vez.




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