Durante los tres días siguientes, Ryan y Molly se iban alternando en la vigilancia hacia Jake. Cuando uno estaba en la casa durmiendo, el otro estaba en el centro médico haciendo su respectiva guardía, y así sucesivamente. El doctor Reynolds les había dicho que no tardarían en darle el alta, ya que físicamente estaba en condiciones más que favorables, y que los propios psiquiatras infantiles podrían hacer el seguimiento del niño desde la comodidad de su domicilio, en un entorno familiar y seguro, a lo cual Molly estaba muy agradecida.
Durante ese tiempo, Charles no se presentó en el centro médico ni siquiera solo una vez, aunque tuvo algunos intentos de acercamiento llamando por teléfono a Molly. Según ella, a juzgar por su tono de voz era muy probable que todavía no estuviese en conocimiento de la orden de restricción que había puesto en su contra, pero no tardaría en enterarse, y aquello la ponía muy nerviosa. Aunque de momento, prefería llevar la fiesta en paz. Cada vez que él la llamaba para preguntarle como estaba Jake, se limitaba a contestar lo mínimo y necesario, y en cuanto la charla comenzaba a derivar en torno a ellos dos, prefería decirle que hablarían de eso en otro momento, y así lo iba manejando.
Finalmente, a la tarde del cuarto día, el niño fue dado de alta. Los tres volvieron a la casa de Molly bajo el amparo de un día nublado y ventoso, pero con temperatura agradable, y para Jake, sentir de nuevo que estaba en su dormitorio era algo que levantó mucho su ánimo, a tal punto de que se mostraba mucho más alegre que antes, a pesar de que continuaba sin emitir una sola palabra. Ryan trasladó sus cosas personales desde el cuarto del niño hasta la sala de estar, donde Molly le acondicionó el único sofá que tenía con algunas mantas y una almohada, para que pudiera dormir. A la noche cenaron una sopa de hongos y verduras, y luego de cerciorarse de que Jake ya estaba durmiendo plácidamente, Ryan se sentó en la escalerita de acceso al porche, a contemplar con detalle los dibujos que había hecho el niño durante su estadía en el hospital. Estaba tan concentrado que ni siquiera notó que Molly se acercó a él, por detrás. Venía con una lata de cerveza en cada mano, escarchada por fuera, y no la había oído porque estaba descalza, tan solo vestida con un pantalón estilo pijama y una camiseta larga de los Hooligans.
—No creí que aún quedaran —bromeó él, aceptando la lata. Dejó los dibujos a un lado, y la abrió con un chasquido, mientras Molly se sentaba junto a él.
—Estos últimos días apenas hemos estado en casa. Queda más de medio pack.
—Eso es excelente —acercó su lata a la de ella y la miró con una sonrisa—. Por Jake y su regreso.
—Por Jake y su regreso —consintió, chocando levemente con la suya. Ambos dieron un largo trago y entonces ella le señaló los dibujos, en cuanto él volvió a tomarlos—. ¿Qué estás buscando?
—Un indicio, cual sea, que me indique si Hosea Matthews sigue vivo.
—¿Y crees que puedas encontrarlo?
—No lo sé —respondió Ryan, con un resoplido—. Son dibujos muy dispares, lleno de rayas negras y trazos bruscos, eso implica una emoción de angustia muy fuerte en el niño. Pero no veo nada que haga referencia a algún cadáver conocido.
—Ya… —murmuró ella, y no dijo nada más. Ryan la miró de reojo, el cabello cobrizo anudado en una medía coleta tras la nuca, y su expresión de incertidumbre constante, pintada en el rostro.
—¿Estás bien, Molly? —decidió preguntar. Ella asintió con la cabeza, sonriendo.
—Sí, lo estoy. Siempre es bueno volver a casa.
—Imagino que sí.
Ella lo observó, a su vez. Sus ojos azules recorrieron el perfil de la barba y también la atención con la que miraba los dibujos.
—¿Extrañas tu hogar? —preguntó, de repente. Él apartó las láminas a un lado, y miró hacia adelante.
—No lo sé. En parte sí, por las cosas típicas. Mi ducha, mi cama, mi computadora… —Al escuchar aquello, Molly abrió grandes los ojos y entonces se puso de pie con rapidez.
—¡Mierda, como pude olvidarlo! —Se dirigió hacia la casa y volvió a salir al poco instante con una caja de cartón en sus manos, de aspecto rectangular y no demasiado gruesa, a nombre de Ryan. —Hablando de computadora…
Ryan la tomó en sus manos, abrió el empaque, y dentro vio una notebook Lenovo junto con su cargador y un modem portátil de internet. El sello del FBI estaba debajo del aparato, encima del compartimento de la batería.
—¿Cuándo llegó?
—Cuando estaba haciendo mi vigilia en el bosque, esperándote. Lizzy, la vecina de aquí junto, recibió el paquete por mí y luego me lo dio cuando una noche vine a ducharme. Lo había olvidado por completo, con todo esto de lo de Jake…
—No te preocupes, mejor tarde que nunca —bromeó él. Volvió a cerrar la caja y dejándola a un lado, tomó su lata de cerveza a medio beber, junto con los dibujos del niño—. Como te decía, extraño cosas comunes, pero al mismo tiempo me gusta estar aquí. Manhattan es una ciudad muy ruidosa y bullente. Grelendale es un buen sitio, si no fuera por el contexto en el que estamos.
—Sí, aquí siempre ha sido un lugar acogedor. Pero eso es tiempo pasado… —consintió, con una sonrisa.
—¿Sabes? Hay algo que siempre te he querido preguntar.
—Dime —respondió, mirándolo con fijeza.
—¿Por qué estás vendiendo tu casa? ¿Adonde tienes pensado ir, si la venta se concretase?
Molly dio un nuevo trago de su bebida, y suspiró.
—Estoy sola, Ryan, por eso la vendo. No puedo trabajar en nada que no sea de medio tiempo porque Jake me necesita, y siento que estoy estancándome. Él va a crecer, y asumo que va a querer buscar una carrera, ir a la universidad, que sé yo… ¿Qué futuro puede ofrecerle un lugar como Grelendale? Una localidad llena de viejos pescadores donde nació su abuela y su madre. Quiero algo mejor para él, y para mí, porque me cansé de vivir como una pueblerina.
—Lo comprendo.
—¿Sabías que tengo un diploma en peluquería y estilismo?