Missing 411

11

A la mañana siguiente, los tres se despertaron temprano. Molly había tenido una noche de sueño bastante intranquila, ya que Jake había querido dormir con ella, y a Ryan le llamaron bastante temprano, para indicarle que fuera a prestar declaración al lugar donde tenían detenido al cacique indígena, en la dependencia federal de Brandbury, a las afueras de la localidad. Como a las nueve de la mañana, Ryan volvió a la casa, estacionando su camioneta en la entrada y descendiendo de la misma, con una amplia sonrisa. Le imputarían varios cargos, entre ellos los más importantes, que consistían en privación de libertad a un menor y tentativa de homicidio, por lo que estaría un buen tiempo tras la sombra. Luego de ello, Ryan se detuvo un momento en la casa del señor Matthews, para contarle las últimas novedades. Había encontrado al niño de Molly, pero continuaba investigando la desaparición de Hosea, y ni bien tuviera algunas novedades, se las haría saber. El padre del niño agradeció, y para su sorpresa, se puso a llorar en su hombro. Estaba verdaderamente conmocionado, y para Ryan, ver a un padre de aquella manera, era algo que le partía el alma en dos. Lo contuvo un rato, le dio unas cuantas palabras de aliento, y en cuanto vio que estaba mejor, se retiró.

En cuanto llegó a la casa, Molly le preparó una taza de café y unas cinco tostadas, ya que había tenido que salir sin desayunar. Lo acompañó mientras tomaba el desayuno y luego del mismo, se sentaron en el patio al amparo del porche, cada uno junto al otro en los escaloncitos de madera. Ella tenía unas gruesas ojeras, producto de la pésima noche vivida, y Ryan se sentía aletargado, no solo por el cansancio, sino porque el piar de los pájaros y el sol de aquella mañana de marzo le provocaban un efecto anestésico en sus emociones.

—Quiero irme de aquí cuanto antes —dijo ella, de repente. Miraba hacia la calle, donde algún que otro vecino pasaba, con sus bolsas de compras.

—No te juzgo.

—¿Cómo entró a la casa? No lo entiendo… —preguntó, negando con la cabeza. —Creí que era alguien honesto, y por poco no entrega a mi hijo a esa cosa.

—No lo sé. Dudo mucho que haya entrado por la puerta principal, si la hubiera forzado me habría despertado a mí. En cualquier caso, no nos olvidemos del pajarillo muerto en la habitación de Jake. Estoy seguro que esa entidad manipuló al niño de alguna manera, y lo hizo salir por su cuenta o algo así —explicó él—. Recuerda que cuando le disparé, algo salió del anciano y se metió al bosque.

—Es cierto. En cualquier caso, la reserva ya no tiene a su líder, por ende, irán como pollos sin cabeza. Según el cacique, esa cosa los ha matado a todos —Ryan hizo una pausa—. O a casi todos.

En aquel momento, sintió que le tocaban la parte trasera del hombro, a su derecha. Ryan volteó en esa dirección y vio a Jake con un dibujo en la mano, ofreciéndoselo. Molly lo miró con una sonrisa, y él tomó el dibujo con ambas manos, analizándolo. En él se veían tres personas, un niño, quien sería él mismo, su madre, y un personaje de capa y con colores vívidos. Ambos sostenían al niño de cada mano, ubicado en medio de ellos, con un sol en la esquina de la hoja, nubes azules dibujadas a crayón y un largo césped verde a los pies.

—¡Vaya, es muy lindo, bien hecho! —Lo felicitó. —¿Y este superhéroe de aquí, quien es? ¿Tu favorito?

—No, eres tú —dijo, y antes de que pudiera reaccionar, Jake le abrazó por el cuello. Ryan parpadeó un par de veces, asombrado, y entonces le devolvió el gesto, acariciando con su mano libre el cabello castaño de la nuca del niño. Molly miraba la escena en silencio, invadida por la ternura más absoluta.

—Es un buen dibujo, Jake. Gracias —dijo Ryan, en cuanto se hubo separado de el—. Lo guardaré con mucho cariño.

El niño sonrió, satisfecho, y entonces volvió adentro casi trotando. Ryan volvió a mirar la hoja al mismo tiempo que sonreía, y doblándola cuidadosamente, la guardó en el bolsillo trasero de su pantalón, para meterlo en la carpeta después. Molly lo observó, complacida.

—Él te quiere —dijo, casi en un susurro.

—Lo sé, es un niño muy dulce.

—Y no es el único que lo hace —añadió.

Ryan la miró directamente. Ella lo observaba directo a los ojos, y por un instante, podía jurar que a su alrededor no existía nada más. El resplandor del sol emitía ciertos brillos rojos en el cabello cobrizo de Molly, y aunque estaba con un suéter turquesa y pantalón de paño, era imposible negarse a sí mismo que le parecía la mujer más sencilla y al mismo tiempo más hermosa de todo el mundo. Sin atreverse a mover un solo músculo, vio como le apoyaba una mano encima del antebrazo, y se acercaba poco a poco. El cosquilleo de la tensión y la expectativa recorrió el cuerpo de ambos, y en el momento en que ya estaban tan cerca que podían sentir la respiración de cada uno, Ryan se apartó ligeramente y hundió el rostro en su cuello, en un vano intento de refrenar sus impulsos. Ella hizo lo mismo en el suyo.

—No quiero ilusionarte, Molly… —murmuró, contra su oído. Sentir tan cerca el aliento de Ryan le electrizó el cuerpo entero, sin poder contener un suspiro cálido.

—Ya lo hiciste —respondió, cerrando los ojos—. No quiero que te vayas.

Ryan acarició con la punta de la nariz el cuello de Molly, respirando con fuerza el olor de su piel. Un aroma suave, femenino, que recordaría toda su vida casi con toda seguridad.

—Yo tampoco quiero hacerlo, pero tengo qué…

—Y entonces llévanos contigo —murmuró, levantando la mano que acariciaba el antebrazo de Ryan para llevarla a su mejilla. Sus dedos recorrieron la barba, su pulgar rozó sus labios.

—No es tan sencillo, mi carrera es un riesgo. No quiero ponerlos en más peligros, tú y Jake han pasado demasiado —respondió, con los ojos cerrados. Una de sus manos se apoyó en la cintura de Molly, y al hacerlo, ella se apartó ligeramente, para verlo cara a cara.

—Estoy enamorándome de ti —sentenció—. Tengo miedo de admitirlo, pero es lo que siento, y si no lo digo acabaré ahogándome con ello.




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