Missing 411

9

A la mañana siguiente, la primera en despertar fue Molly, junto con Jake. Ryan se despertó después, gracias al ruido de los utensilios de cocina mientras ella preparaba el desayuno. Se incorporó en el sillón, se calzó, se ajustó el pantalón y por último se puso la camiseta.

—Buenos días —saludó—. ¿Qué hora es?

—Poco más de las ocho. ¿Te gustan los creps de avena con miel? Estoy preparando los favoritos de Jake —dijo ella, mirando a su hijo con una sonrisa. El niño también le devolvió el gesto, mientras Ryan se dirigía al baño.

—Claro, me encantan —aseguró. Salió pocos instantes después, con el cabello húmedo y peinado, y aún con el rostro mojado en algunas zonas. Molly terminó de servir el desayuno, incluidas las tazas de café y el jugo de naranja para el niño, y lo sentó en sus piernas para dejarle la silla libre a Ryan. Este tomó asiento, y revolvió el café, por inercia.

—Que bien huelen —comentó, afable.

—Gracias —respondió ella—. ¿Anoche te quedaste despierto hasta muy tarde?

—No mucho, solo hasta sacar un par de datos en limpio —Ryan temió que la pregunta fuera capciosa. ¿Se habría dado cuenta de que había entrado a su habitación? Se preguntó, un tanto nervioso—. ¿Por qué?

—Simple curiosidad, nomás —dijo, encogiéndose de hombros. Lo sabía, pensó él. Podía leer ese comportamiento en las mujeres como la palma de la mano, y le asombraba que de momento, no pareciese molesta—. ¿Qué datos encontraste?

—Hay un símbolo que se repite en algunos dibujos —Ryan se levantó de la silla, caminó hasta la caja con la computadora portátil, la abrió y la encendió. Buscó la imagen descargada con la definición completa y entonces volvió a la mesa, mostrándole la pantalla—. Se llama nesus, y simboliza al fuego. Si estoy en lo cierto, significa que mi idea es correcta. Si quemamos el árbol, esa cosa no tendrá forma de traspasar a Grelendale nunca más.

Cerró la computadora y la dejó a un lado, para beber otro sorbo de café y seguir comiendo. Molly lo miró con preocupación, y entonces negó con la cabeza.

—No lo sé, Ryan. Hay una parte de mí que sigue teniendo una mala impresión con todo esto, sinceramente. Creo que han sido tantas cosas que a fin de cuentas no sé hacia donde correr, ni qué hacer. Solo sé que te acompaño en lo que decidas, y punto.

—En cualquier caso, si es mucho para ti, puedo hacerlo solo. Nada que un bidón de gasolina no solucione.

—Ya, ¿y correr el riesgo de que algo no salga como lo planeado? No gracias, prefiero acompañarte.

—Como quieras, entonces —consintió él.

Se dedicaron a terminar su desayuno cambiando de tema, hablando trivialidades propias de una familia estándar, más que nada para no agobiar a Jake, a quien algo así podría traerle recuerdos malos que afectasen su recuperación. Aquella mañana los psiquiatras infantiles del centro médico harían una visita reglamentaria, al menos para comprobar que todo estuviera bien y analizar algunos posibles dibujos nuevos que el niño hubiese podido crear, y para Molly aquello no podía ser más gratificante. ¿Cuánto tiempo había esperado poder disfrutar una mañana como aquella, viviendo en paz y compartiendo un desayuno ameno en familia? Lo cierto era que mucho, mucho tiempo. Y aunque todo aquello no fuera más que una vivencia efímera, la disfrutaría como si no hubiera un mañana, un después, y un adiós.

Mientras tanto, en la reserva indígena de los Arapahoe, la situación no podía ser peor. Cuando Hinono'eitiit despertó aquella mañana, preparó su té de hierbas, puso tabaco nuevo en la pipa y salió de su cabaña para calentarse al tibio sol de aquella mañana, sus ojos escudriñaron el panorama que tenía por delante como si no diera crédito de sí mismo. Había visto muchas cosas a lo largo de su vida, pero nada como aquello. La mayoría de los caballos estaban muertos, destrozados en charcos de sangre dentro de sus establos. De las aves de corral no había una sola con vida, y con los pobladores había corrído la misma suerte. Miembros destrozados, sangre y cuerpos, se hallaban desperdigados por doquier, en la puerta de las cabañas y los tipís, encima de las fogatas ya apagadas y junto a los animales. Aquello era inconcebible, una desgracia inenarrable, se dijo.

Se quitó la pipa de la boca con una mano temblorosa, mirando todo a su alrededor, y se aferró del barandal del porche como si temiera caer desmayado. Al verlo, un joven indígena salió corriendo desde detrás de una cabaña, asustado y casi al borde del colapso.

—¡Gran espíritu! —Gritó —¡Gran espíritu!

—¡Nihaasta! ¿Qué ha pasado aquí? ¿Qué significa esto? —balbuceó el anciano, desesperado.

—¡Nos ha asaltado por la noche, como una tormenta de verano! ¡Haber ayudado al agente del FBI ha sido una mala idea! ¡Nawathenna está furioso, y por eso nos ha hecho esto! ¡Nadie se escapa de su reino, usted lo sabe! —dijo el joven, alarmado.

—No, eso no puede ser… —¡Nawathenna siempre ha sido un protector de la naturaleza! ¿Por qué habría de masacrar a nuestros animales? ¡Somos su pueblo, al igual que los demás!

—Y le hemos traicionado. Había elegido a esos niños por algo, y el agente se llevó a uno de regreso. Ya conoce como son las historias, nadie interfiere en el accionar de las deidades ancestrales, y ese hombre lo hizo, ayudado por usted. Ahora Nawathenna va a tomar lo que le plazca hasta que le devolvamos la sangre que se le quitó.

El cacique se aferró la frente con una mano rugosa, y entonces negó con la cabeza.

—El agente del FBI nos ayudó con los pescadores que depredaban nuestros ríos, no podía negarme a mi palabra de ayudarlo. ¡Son niños inocentes! Ellos no tienen porqué pagar la culpa de adultos ambiciosos que masacran nuestra tierra —exclamó—. Respeto a nuestros dioses, lo sabes bien, pero eso no significa que no sepa reconocer cuando algo no está bien.

El joven indígena entonces se acercó a la cabaña, lo miró con los ojos llenos de miedo, y señaló hacia la entrada de la reserva.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.