Tardó un poco más de lo esperado en volver al centro médico, ya que de camino, Ryan se detuvo en un mercadillo para comprar un par de refrescos medíanos, comerse una porción de tarta de pollo con verduras y además comprar una extra, para Molly. Mientras comía, dejó la camioneta estacionada junto a los accesos del único parque estilo plazoleta con el que contaba Grelendale, y se dedicó la siguiente hora y medía a contemplar algunos de los lugareños recorrer el sitio con sus perros, algunos haciendo un poco de ejercicio, además de ver niños jugando en los columpios. Deseaba con todas sus fuerzas poder encontrar a Hosea sano y salvo, para poder largarse de allí. Estaba hastiado de todo, de viejas historias indígenas, de sentirse acechado hasta por la mínima brisa de viento, y por sobre todo, por continuar recordando esa maldita frase.
“Mejor hablemos luego, ahora no es un buen momento”
Dio un resoplido mientras se levantaba de su banquillo, arrojó la botella de refresco vacía y la bandejita de telgopor en uno de los cestos de basura de la plazoleta y se dirigió a su camioneta, subiendo del lado del conductor y encendiendo el motor. En menos de diez minutos, ya estaba aparcado nuevamente a las afueras del centro médico. Bajó del vehículo con la botella de refresco y la porción de tarta, atravesó toda la sala de recepción dirigiéndose directamente a los ascensores del fondo, y en breve ya estaba accediendo al sector de pedíatría, en el piso tres. En cuanto la puerta metálica del ascensor se abrió, vio como Molly y Charles estaban sentados en las sillas de la sala de espera, y al escuchar el ruido del aparato, ella levantó la cabeza, esbozando una amplia sonrisa. Sonrisa que Charles, por supuesto, miró de reojo, sin objetar nada. Caminó hacia ellos y le extendió la bandejita con la comida y la botella de refresco, sentándose a su lado.
—Imaginé que tenías hambre —dijo.
—Gracias, de hecho estoy famélica —respondió ella, aceptando la comida de buena gana—. Muchas emociones, supongo.
—Sí, así es —convino Ryan, apoyando los codos en las rodillas y mirando hacia adelante, inclinado sobre sus piernas como si quisiera lucir despreocupado. Un silencio sobrevino entre todos, donde solo se podía oír el ruido del envoltorio transparente abriéndose.
—¿Has tenido suerte? —preguntó ella, al fin. Luego dio un mordisco amplio a la punta de la porción de tarta. —Está muy bueno, gracias —comentó, con la boca llena.
—Creo que sí.
Molly lo miró como si esperara más respuesta de su parte, pero no ocurrió. Notó que estaba muy poco comunicativo, quizá hasta parecía molesto de alguna manera, pero no iba a juzgarlo. Seguramente fuese el estrés acumulado, el cansancio de todo lo ocurrido en las últimas horas.
—¿Crees? —Hizo una pausa mientras tragaba, y luego formuló una segunda pregunta. —¿Qué fuiste a buscar, entonces?
—Quería hallar la forma de cruzar de nuevo, pero se negó. Dice que no puedo ir solo, así que intenté averiguar si había una manera de detenerlo, y creo que tengo una idea al respecto, aunque primero debo saber si Hosea sigue vivo.
Charles los miró a ambos sin entender, e intervino en la conversación.
—¿Detenerlo? —preguntó. —¿Sabe quien le hizo esto a mi hijo, agente?
Ryan lo miró de reojo. Intentaba no mostrarse hostil con él, pero no podía evitarlo. Molly respondió, en su lugar, volteándose a mirarlo.
—Es una larga historia, Ryan solo tiene una sospecha, nada más —mintió. Luego volvió a mirarlo. Ryan parecía ofuscado—. ¿Es riesgoso?
—No lo sé, Molly. De cualquier manera, ¿Qué más da?
Ella lo miró casi boquiabierta.
—¿Qué más da? ¿En serio? ¿Y que tal si algo te…? —dijo con desespero, y emitió un suspiro en cuanto él la interrumpió.
—Ya hablaremos de eso, Molly. Ahora no es un buen momento —dijo. Había actuado por impulso y también por revancha, lo sabía. La frase era casi la misma que ella había utilizado con Charles, y la propia Molly se percató de ello, mirándolo de forma dolida. Para su desgracia, la expresión de sus ojos al mirarlo fue mas dolorosa para el propio Ryan que la satisfacción de haberle devuelto el golpe. Entonces decidió suavizar la situación—. Jake está primero. ¿Cómo está él?
—Hace un buen rato vinieron los del equipo de psiquiatría pediátrica, lo están viendo ahora —respondió. Su voz sonaba normal, pero sus ojos estaban un poco llorosos. Ryan asintió con la cabeza, y volteó la vista hacia el suelo.
—De acuerdo, eso es bueno.
Sobrevino un nuevo silencio entre ambos, y luego de casi dos minutos sin hablar, fue Molly quien intervino, otra vez.
—Me parece una tontería que no quiera ayudarte. Él debe conocer otra manera, estoy segura. Alguien con su conocimiento… —opinó. Charles miraba a ambos sin comprender.
—Yo creo lo mismo, pero al fin y al cabo, ha tomado una decisión y sin él no puedo hacer nada. No conozco el procedimiento, así que no puedo ir y cruzar por mi cuenta. Tampoco puedo sentarme cruzado de brazos a esperar en ese maldito bosque a que el árbol se abra otra vez.
—¿Qué el árbol se abra? ¿Pero de qué están hablando? —preguntó Charles, confundido. Antes de que pudieran responder nada, una voz sonó en el pasillo.
—¿Anderson?
Molly y su ex esposo levantaron la vista, incluido Ryan. Afuera de la habitación de Jake estaba el médico a cargo, junto con dos especialistas más vestidos de particular, un hombre joven y una mujer de aproximadamente la edad de Molly. Sin duda eran los psiquiatras, pensó. Ambos padres del niño se pusieron de pie, avanzando hacia ellos, y Ryan decidió acompañarlos.
—Sí, díganos —respondió ella, con rapidez.
—Hemos evaluado al niño, y podemos confirmar que posee la gran mayoría de síntomas de un trastorno de estrés postraumático. Por suerte para él, no es demasiado grave, de modo que no va a necesitar medicación psicotrópica —dijo el médico mas joven. Molly no pudo evitar sonreír, aliviada.