Missing 411

1

Llegó a la casa de Molly en cuanto el primer chaparrón de una espesa lluvia comenzó a caer, impulsado por el viento caliente de la tormenta que, como si estuviera anocheciendo, había envuelto el día en penumbras a tal punto de que las luces de las casas estaban encendidas de par en par. En cuanto ella escuchó la camioneta estacionarse frente a la puerta, abrió para esperarlo y que se mojara lo menos posible. Ryan apagó el motor, bajó del vehículo y corrió hacia la casa, mientras las hojas caídas de los árboles remolineaban en las calles.

—Vaya clima, por Dios… —murmuró ella, viendo a través de la ventana.

—Y ya sabemos a quien obedece el clima —respondió Ryan, de forma sombría—. ¡Mierda, quería ir a quemar el árbol esta misma tarde! ¿Cómo se supone que pueda plantarle cara a esto? No puedo detener la lluvia.

—Tendremos que esperar, no nos queda otra —Se acercó a él y le apoyó una mano en la cintura—. ¿Tan desagradable es mi compañía que te parece terrible la idea de quedarte aquí un día más?

Él la miró con una sonrisa cansada, al mismo tiempo que se inclinaba para darle un beso en la frente.

—Sabes que no, Molly. Solo quiero terminar con esto, nada más. Asegurarme de que esa puta cosa no vuelva a rondar por aquí.

—¿Has comprado la gasolina?

—Sí, dos bidones. Creo que con eso es más que suficiente —asintió Ryan. Molly se estremeció con un escalofrío repentino.

—Dios, que chucho —comentó. Al hacerlo, el vaho salió de su boca como una pequeña nubecita. Jake asomó desde el pasillo, como si estuviera intentando abrazarse a sí mismo, con los brazos por encima del pecho.

—Mamá, tengo frío… —dijo.

Ryan miró hacia todos lados, confundido. Se acercó a una de las ventanas, corrió un poco la cortina y vio que la lluvia seguía cayendo de forma copiosa, pero el cristal de la ventana y los bordes de madera del alfeizar estaban cubiertos con una fina capa de escarcha.

—Pero que puta… —murmuró. Luego miró a Molly, al mismo tiempo que volvía a colocarse la chaqueta. —Ve a abrigar a Jake, algo está pasando.

—Vamos, hijo.

Molly guio al niño de nuevo a la habitación, mientras que Ryan rebuscó en sus pertenencias hasta encontrar la grabadora de mano. Aún le quedaba más de medía cinta sin usar, de modo que la tomó en una mano y encendiéndola, presionó el botón de REC.

—Para el registro, quizá este sea el último. Es martes, son doce menos cuarto del mediodía. He viajado a los accesos interestatales de Grelendale para comprar combustible con el cual quemar la Sylva Americana. He visto a Nawathenna, parado en medio de la calle, y también me ha atacado una bandada de gorriones. Ahora me encuentro en la casa de Molly Anderson y no solo está lloviendo de manera torrencial, sino que la temperatura ha bajado considerablemente, al menos diez grados como mínimo —dio un suspiro, se detuvo en cuanto ella volvía al living, junto con el niño, y continuó hablando—. Mierda… todo esto es una puta locura, pero está ocurriendo, y tengo la sensación de que esto recién empieza.

En efecto, no iba a ser lo único. De repente, todas las luces de la casa se apagaron. El living se sumió en la más profunda penumbra, mientras las gotas de lluvia helada golpeaban los cristales de las ventanas. Jake dio una exclamación de susto en cuanto la luz se cortó, y Molly lo estrechó un poco más contra sí misma.

—Tranquilo, es solo un apagón —Le dijo, como queriendo infundirle paz. Sin embargo, y aunque le costase admitirlo, lo cierto era que ella también estaba bastante intranquila. Ryan se acercó a una de las ventanas y miró hacia afuera, todo el vecindario parecía estar a oscuras.

—Se ha cortado la luz en general.

—Creo que tengo un par de velitas, déjame buscar —dijo ella, caminando hacia un mueble del living estilo biblioteca, donde comenzó a revisar los cajones hasta sacar tres velones blancos que guardaba en caso de apagón, como ahora.

De pronto, el olor a la Sylva Americana comenzó a invadir el ambiente. Apenas perceptible primero, de forma clara después, empalagando las fosas nasales de todos con su característico aroma dulzón. Como si recordara lo que había pasado, Jake miró a ambos y comenzó a llorar, al mismo tiempo que un graznido seco se escuchó en el patio. Ryan miró a través de la ventana y no dio crédito de lo que veía, aquello era una locura total. En el cerco de madera que limitaba la propiedad con la acera, estaban posados decenas de cuervos, que miraban hacia el interior de la casa como esperando algo en particular. Y no conforme con eso, también estaban las plantas. Las plantas de patio que Molly tenía en su jardín, crecían a un ritmo alarmante. Las ramas de los rosales y los arbustitos se estiraban rumbo a las puertas y ventanas como serpientes vegetales, creciendo y reptando por el suelo.

—No puede ser, esto es una demencia… —murmuró.

—¿Qué? —preguntó ella, mirándolo de pie frente a la ventana. Caminó hacia él y parándose a su lado, observó hacia afuera, abriendo grandes los ojos. —Dios santo.

—Quiere taponarnos las salidas. ¿Tienes un machete?

—Creo que tengo un hacha de mano en el depósito de herramientas, espera.

Molly corrió hacia el pasillo, donde frente a la puerta de la habitación del niño había una puerta pequeña, disimulada en la tapicería de la pared. La abrió, y revisó dentro del pequeño cuartito de un metro cuadrado donde no había más que escobas y escobillas de jardín, una pala, un rastrillo de mano, un serrucho y un hacha. Tomó el hacha por el mango de goma y cerrando la puerta, volvió de nuevo hacia el living.

—Mamá, tengo miedo. Va a venir por mí, ¿verdad? —preguntó Jake, temeroso. Ella lo abrazó contra sí usando su mano libre.

—Nadie va a venir por ti, cariño. Solo quédate con nosotros donde podamos verte.

Ryan tomó el hacha que ella le ofrecía, y abriendo la puerta de entrada, salió a la lluvia para comenzar a cortar las ramas que se acercaban hacia la puerta de entrada y las ventanas. Molly no daba fe de lo que estaba viendo, casi hasta podía sentir que estaba perdiendo la razón, de alguna manera. Por cada rama que Ryan cortaba blandiendo el hacha, otras dos más comenzaban a reptar por el suelo de alguna manera indescriptible y horrenda, como si fueran animales con vida, intentando llegar a sus piernas y a sus manos. Al estar fuera, los cuervos que estaban posados en el cerco de madera y el portoncito de entrada, levantaron vuelo y entonces comenzaron a pasar rasantes por encima de Ryan, buscando picotearle los ojos.




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