Para cuando las primeras horas de la mañana despuntaron y el doctor Reynolds salió de nuevo a la sala de espera pediátrica, Ryan y Molly dormían profundamente recostados en sus sillas, cada uno apoyado en el otro en un semi abrazo ladeado. El médico les habló un par de veces, pero al no obtener respuesta de su parte, tocó suavemente en el hombro a Ryan, dándole una ligera sacudida. Este se despertó con brusquedad, y al moverse, también despertó a Molly.
—Siento despertarlos, pero quería darle las novedades acerca del pequeño —dijo el doctor. Molly fue la primera en ponerse de pie, y Ryan lo hizo por último, frotándose los ojos con lentitud. Aún tenía pegado el trozo de papel en la mejilla manchada de sangre reseca.
—¿Cómo está él? —preguntó ella, impaciente. El médico asintió con la cabeza.
—El niño se encuentra bien. No tiene lesiones internas, las radiografías y el electroencefalograma dieron buenos resultados, se le rehidrató y también comió un poco de papilla vitamínica. Se ha atendido la herida en la pierna y también ya tiene una habitación designada para su internación, la cinco ce, a mitad del pasillo —señaló en esa dirección—. Al mediodía vendrá el equipo de salud mental pediátrica para evaluar su estado de shock y tomar acciones al respecto, pero en líneas generales, se encuentra muy bien.
—Cielo santo… —murmuró, resoplando con alivio. Entonces le extendió la mano al doctor, el cual se la aceptó de buena gana. —¡Gracias, muchas gracias! ¿Puedo verlo?
—Preferiría que esperemos al díagnostico del equipo de psiquiatría. Más que nada para tener una primera impresión, y luego seguir los pasos que nos recomienden. Pero en breve podrá verlo y charlar con él, eso se lo aseguro.
—Gracias, doctor Reynolds —consintió Ryan. El médico entonces le miró la mejilla.
—Venga conmigo, agente. Voy a derivarlo a un colega, para que le atienda esa herida.
Ryan miró a Molly, quizá no queriendo dejarla sola, pero ella le asintió con la cabeza.
—Ve, aprovecha a curarte, yo llamaré al padre de Jake. Estaré bien.
Molly vio como Ryan era conducido de nuevo al ascensor por donde habían venido, y una vez a solas volvió a sentarse en una de las sillas de metal, sosteniéndose la frente con las manos. Por fin tenía a su niño consigo, sano y salvo, pero toda la alegría que eso implicaba era opacada por el simple hecho de tener que hablar de nuevo con Charles. Sin embargo, Ryan tenía razón. Él era su padre —más para mal que para bien—, y tenía que cumplir con la obligación legal de avisarle cualquier inconveniente que implicara a su hijo, de modo que sin más dilación, buscó en la agenda de contactos de su teléfono el número de Charles, y lo llamó para comunicarle la noticia.
Ryan, por su parte, no volvió hasta pasada casi la hora y medía. Para cuando salió de la sala de urgencia general, tenía tres hilos de sutura cerrando la herida de su mejilla, la cual se había profundizado debido a la hinchazón, y también le habían llenado la espalda de banditas autosuturantes en la mayoría de rasguños y picotones. Cuando estaba esperando el ascensor para subir de nuevo a pedíatría, vio a Charles preguntando en la recepción donde estaba su hijo. No fue difícil reconocerlo: el tono elevado de su voz, la camisa remangada hasta los codos, y el aspecto nervioso que siempre parecía acarrear adonde quiera que fuese. La chica de la recepción le dio las indicaciones y vio como caminaba a paso rápido hacia el ascensor, el cual ya se había abierto. Ryan ingresó primero, puso un brazo en la puerta magnética y esperó a que Charles subiera.
—Buenos días —saludó Ryan, con cortesía.
—¡No puedo creer que mi hijo haya aparecido, gracias a Dios! —exclamó el hombre. Luego le ofreció la mano. —¡Muchas gracias, en verdad!
—No se preocupe —Le respondió, aceptándole la mano.
—¿Estaba herido? ¿Cómo se encuentra?
—Está en estado de shock, como es lógico, pero por lo demás se encuentra bien. Creo que va a pasar unos cuantos días aquí, y luego le harán un seguimiento —Ryan dio un suspiro, recordando a su hermana—. Ha tenido suerte de volver con vida, no todos lo hacen.
En aquel momento, el ascensor se abrió en el tercer piso. Molly se paró de su silla esperando ver llegar a Ryan o quizá algún otro médico, pero se paralizó en cuanto vio que junto con Ryan, también llegaba su ex esposo. Aún así, se esforzó en mantener la serenidad. Charles salió desbocado a su encuentro, mientras que Ryan caminó con lentitud, por detrás de él y a una distancia prudente. Los vio hablar, escuchó parte de la charla mientras comentaban cosas acerca de Jake y Molly le ponía al tanto de todo, y luego, en un determinado momento, él la abrazó de forma repentina, permaneciendo aferrada a ella durante unos segundos. Molly solo atinó a abrir los brazos y mirar a Ryan en cuanto Charles la soltó, y él le sonrió, asintiendo con la cabeza y bajando la mirada al suelo. Está bien, era lo más lógico, pensó. Habían sido marido y mujer, las cenizas estaban ahí, era el padre de su hijo y también era el orden normal de las cosas, que en momentos de caos los sentimientos de alguno de los dos siempre aflorasen. No tenía porque afectarle, y así se repitió mentalmente hasta convencerse de ello.
El padre del niño vio como hablaba con él, al mismo tiempo que miraba a Ryan, y en un momento Charles se giró, para mirarlo. Entonces caminó hasta su posición.
—Molly me dijo que arriesgó su vida para encontrarlo, y que si no fuera por eso, Jake no estaría aquí —dijo—. Sé que ya se lo he dicho, pero nuevamente, estoy en deuda con usted.
—No se preocupe, es mi deber. Me alegra que el niño esté a salvo.
—Es un buen hombre, agente. Siento mucho cualquier altercado que haya podido haber entre nosotros.
—Sí, es un buen hombre —convino ella, mirándolo tras la espalda de Charles. Ryan dio un leve asentimiento de gratitud.
—No se preocupe, lo que haya pasado entre nosotros está completamente zanjado. Ahora deben preocuparse por Jake. Los necesita a ambos —dijo.