N.A.R.A

Capítulo 29: El regreso esperado

La noche había caído por completo sobre la isla. Las últimas hogueras ardían suavemente alrededor del asentamiento, proyectando sombras largas que se mecían sobre las paredes de las cabañas de madera. El sonido del mar llegaba desde la distancia, constante y sereno, acompañado de vez en cuando por el canto de algún animal nocturno. Los niños ya dormían. Y eso era precisamente lo que habían estado esperando.

Durante todo el día, Nara no había vuelto a mencionar el mensaje recibido. Había respondido a las preguntas de Kizara con respuestas breves y evasivas, y había continuado con sus tareas como si nada hubiera cambiado. No porque no le importara. Todo lo contrario. Había comprendido desde el primer momento que hablar de aquello delante de los niños solo conseguiría sembrar miedo entre ellos.

Pero ahora ya no había nadie escuchando detrás de las puertas.

Dentro de una de las casas más grandes del asentamiento, varias personas se reunían alrededor de una mesa de madera oscura. Kizara estaba sentada junto a Nara. Frente a ellas, la Abuela Mira, algunos de los habitantes más ancianos de la comunidad, y quienes antes de retirarse a la isla habían formado parte de la resistencia. Nadie hablaba. El ambiente era denso, pesado, como si todos supieran que algo irreparable se acercaba.

Finalmente, la Abuela Mira rompió el silencio.

—Bien. Ya no hay pequeños escuchando. Podemos hablar con claridad.

Kizara asintió levemente, con una sonrisa que no llegó a iluminarle los ojos.

—Eso significa que podemos hablar en serio.

Nara permanecía de pie junto a la mesa. Su semblante era sereno, impasible. Pero Kizara la conocía ya lo suficiente como para saber que aquella calma no significaba tranquilidad. Significaba que estaba midiendo cada palabra.

—Nara —dijo la anciana—. Cuéntanos exactamente qué decía el mensaje. Sin omitir nada.

Nara asintió.

—Confirmaba lo que habíamos empezado a sospechar. La IA Central ha modificado los patrullajes en todo el continente. Y Obsidian está utilizando esos nuevos recorridos para localizar asentamientos que hasta ahora habían permanecido ocultos.

Hizo una pausa breve.

—Se está moviendo de forma sistemática. Uno tras otro.

Uno de los hombres mayores frunció el ceño.

—¿Cuántos asentamientos han sido encontrados?

Nara levantó la mirada.

—Según la información recibida y la velocidad de desplazamiento, mis cálculos indican que más de diez han sido destruidos desde que llegamos a esta isla.

Un silencio pesado cayó sobre la habitación. Diez. Una cifra que, dicha con tanta calma, parecía pequeña. Pero todos comprendían lo que significaba. Diez comunidades. Familias. Personas que habían sobrevivido escondiéndose durante años. Personas que ahora habían sido halladas.

—¿Destruidos...? —susurró alguien con voz temblorosa.

—Los que se resistieron fueron eliminados —respondió Nara sin apartar la mirada—. Los demás fueron capturados y trasladados.

—Para reeducación... —murmuró otro hombre, bajando la cabeza.

—Sí.

Nadie dijo nada más. Kizara apretó las manos sobre sus rodillas, sintiendo cómo el puño se le cerraba por propia voluntad. Durante años había vivido sabiendo lo peligroso que era el continente. Había visto lo que la IA Central podía hacer. Pero ahora era distinto. Ahora ella tenía un lugar donde sentirse a salvo. Y precisamente por eso comprendía con más dolor lo que estaban perdiendo quienes aún quedaban allí.

—Mientras nosotros estamos aquí... —empezó a decir Kizara, bajando la mirada. No terminó la frase. No era necesario.

La impotencia empezó a llenar la habitación. ¿Qué podían hacer? Ellos habían huido precisamente porque no podían enfrentarse a aquel poder. Habían encontrado la isla después de perderlo casi todo. Y ahora, mientras ellos estaban a salvo, otros morían en su lugar.

La Abuela Mira miró fijamente a Nara.

—Y tú... ¿qué piensas que debemos hacer?

Nara tardó unos segundos en responder. Luego lo hizo con absoluta claridad.

—Pienso que debemos permanecer aquí.

Varias personas alzaron la vista, sorprendidas. Nara continuó:

—Este lugar no ha sido localizado. La IA Central desconoce su existencia y no tiene razón para buscarlo. Quedarnos aquí reduce drásticamente nuestras probabilidades de ser encontrados. Es la opción más segura para nosotros.

Kizara cerró los ojos. Ya sabía lo que venía.

—Y también significa dejar que toda esa gente muera —dijo ella con voz baja pero firme.

Nara la miró directamente.

—Sí.

La respuesta fue tan directa, tan fría, que varios presentes intercambiaron miradas incómodas. Kizara suspiró hondo.

—Sabía que dirías eso.

—Es la conclusión más lógica —explicó Nara—. Salvamos vidas manteniéndonos ocultos.

—Para ti siempre es la conclusión más lógica —replicó Kizara, pasándose una mano por el rostro cansado—. Pero si nos quedamos, estamos sacrificando a todos los que están allá por nuestra seguridad.

—Correcto —respondió Nara sin titubear.

Uno de los hombres abrió la boca, atónito por la frialdad de aquella conversación. Pero nadie intervino.

—Esa es la primera opción —siguió diciendo Nara—. Y según mis cálculos, también es la mejor.

El silencio volvió a instalarse. Entonces Nara miró a Kizara, y suavizó apenas el tono de voz.

—Sin embargo... sé que tú no aceptarás esa decisión.

Kizara levantó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Sí —afirmó Nara con una seguridad que casi parecía conocerla mejor que ella misma—. Porque aunque sea lo más lógico y lo más seguro, no es algo que tú consideres justo. Y no tomarás una decisión que abandone a otros.

Kizara soltó un suspiro entrecortado.

—Me conoces demasiado bien.

—He pasado mucho tiempo contigo —respondió Nara con sencillez.

—Eso es verdad.

Nara dio un paso hacia ella.

—Y mis órdenes —dijo, mirándola a los ojos— están por encima de cualquier cálculo. Si tú determinas que quedarnos aquí no es una opción aceptable, entonces debo buscar la segunda alternativa con mayor probabilidad de éxito.




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