Todo el ruido entre nosotros

Capítulo 24

Dominic levantó la vista apenas me vio salir.

Y Dios. Eso fue peor. Porque ya no había esa sonrisa arrogante. Ni el brillo divertido en los ojos. Ni siquiera molestia.

Solo cansancio.

Y aun así… mi primer instinto fue huir. Porque era una cobarde emocional.

Siempre lo había sido.

Cuando alguien se acercaba demasiado… cuando empezaba a importar demasiado… corría. O destruía todo primero.

Era más fácil así.

Más seguro.

Dominic hizo apenas el intento de levantarse.

Muy apenas.

Como si todavía esperara que yo dijera algo. Que hiciera algo. Y durante un segundo realmente pensé en hacerlo. Pensé en disculparme. En decirle que mi madre me había dejado hecha pedazos. Que no quise usarlo como blanco. Que lo había visto dolido y aun así no pude detenerme.

Pensé en todo eso. Pero después el miedo apareció. Ese miedo horrible y antiguo que me decía que si alguien llegaba demasiado cerca podía destruirme.

Como todos antes.

Así que hice lo peor posible.

Otra vez.

Seguí caminando.

No lo miré. No hablé. No me detuve.

Simplemente pasé de largo como si él no estuviera sentado ahí.

Como si no importara.

Y eso… eso fue infinitamente más cruel.

Podía sentir su mirada sobre mí mientras avanzaba hacia el ascensor.

El silencio detrás mío era devastador. Y aun así no me giré. Porque si lo hacía… iba a tener que enfrentar la culpa.

Las puertas del ascensor se cerraron y recién ahí pude respirar otra vez. Aunque se sentía horrible.

Bajé al lobby completamente aturdida.

Mi pecho dolía. Mi cabeza también. Porque una parte de mí seguía intentando justificarme.

Él no entiende.

Necesitaba espacio.

No fue para tanto.

Mentiras.

Todas mentiras.

Sabía perfectamente que había sido horrible.

Lo peor no era haberlo herido. Lo peor era que, durante unos minutos, había sentido alivio. Porque mientras Dominic estaba lejos, mientras yo volvía a poner una pared entre nosotros, una parte de mí dejó de sentir miedo.

Y eso era lo más horrible. Porque significaba que mi mecanismo de defensa funcionaba. Solo que esta vez la persona de la que estaba intentando protegerme… era la única que nunca había intentado hacerme daño.

Lo que me molestaba era que Dominic ni siquiera había peleado de vuelta.

Eso hacía todo más insoportable.

Salí del edificio rápidamente y levanté una mano al primer taxi que vi.

El conductor me preguntó una dirección.

Y respondí automáticamente:—A Belgravia, por favor.

Porque solo había un lugar al que podía ir cuando todo dentro de mí se convertía en caos.

La casa de Vivien.

El viaje fue silencioso.

Londres pasaba borroso detrás de la ventana mientras mi cerebro repetía la imagen de Dominic sentado en el pasillo. Esperando. Y yo pasando de largo como si nada.

¿Qué clase de persona hacía eso?

Yo, aparentemente.

Me odiaba un poco.

Muchísimo.

Cuando el taxi finalmente se detuvo frente a la casa de mi abuela, sentí un alivio tan fuerte que casi dolió.

La mansión seguía igual que siempre.

Elegante. Cálida. Con luces suaves escapando por las ventanas.

Hogar.

Pagué rápido y prácticamente corrí hacia la puerta.

La empleada apenas tuvo tiempo de anunciarme antes de que Vivien apareciera en el hall.

Y apenas me vio… su expresión cambió. Porque me conocía demasiado bien.

—Oh, mi niña.

Eso fue todo.

Solo esas palabras. Y de repente el peso de todo cayó encima mío otra vez.

Vivien me abrazó inmediatamente.

Fuerte. Cálido. Seguro.

Y por primera vez en todo el día… sentí ganas reales de llorar.

—¿Qué pasó? —preguntó suavemente acariciándome el cabello.

Negué con la cabeza contra su hombro.

—Arruiné algo. Soy una tonta.

Vivien suspiró apenas.

Como si ya hubiera entendido más de lo que dije.

—Ven y no eres una tonta, no te llames de esa manera.

Me llevó hasta la enorme sala donde siempre olía a té y libros viejos. El lugar donde había pasado gran parte de mi infancia escondiéndome del mundo.

Vivien me hizo sentar en el sofá mientras ella misma preparaba té.

No habló inmediatamente.

Nunca lo hacía.

Esperaba.

Y eso hacía más difícil mentirle.

—Discutí con mamá —murmuré finalmente.

Vivien cerró apenas los ojos.

Cansada.

—Otra vez. —confirmó lo que ya suponia.

Asentí.

—Y después lastimé a alguien que no lo merecía.

Ella dejó lentamente la taza frente a mí.

—¿Dominic?

Levanté la vista sorprendida.

Vivien sonrió apenas triste.

—Evangeline… la última vez que te vi mirar así a alguien tenías diecisiete años y terminaste con el corazón roto.

El nudo en mi garganta empeoró.

—No quiero hablar de eso.

—Precisamente por eso deberías hacerlo.

Bajé la mirada hacia el té.

Porque el problema no era Dominic. No realmente.

El problema era que empezaba a importarme demasiado. Y yo nunca había aprendido qué hacer con eso.

Vivien se sentó frente a mí en silencio.

Esperando.

Y yo seguía mirando la taza de té como si ahí estuvieran todas las respuestas que no tenía.

Pero no había nada.

Solo mi reflejo temblando apenas en el líquido.

—¿Qué le hiciste o qué fue lo que sucedió? —preguntó finalmente mi abuela con suavidad.

Tragué saliva. Porque decirlo en voz alta lo volvía real.

—Me estaba intentando ayudar… y lo traté horrible. Y lo peor es que ni siquiera estaba haciendo algo malo —susurré. La voz se me quebró apenas—. No estaba intentando cambiarme. No estaba diciéndome qué hacer. Solo estaba ahí.

Vivien bajó la mirada un segundo. Porque ambas sabíamos lo que eso significaba.




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