—Lo haré —murmuré con la voz todavía rota—. Solo… no ahora.
Vivien me observó en silencio.
Yo seguía abrazando la taza entre las manos como si pudiera mantenerme unida de alguna manera.
—No me siento lista —admití bajando la mirada—. Si vuelvo ahora voy a arruinarlo más.
Porque me conocía.
Conocía esa desesperación torpe que aparecía cuando sentía demasiado. Ese impulso horrible de hablar antes de pensar. De defenderme incluso cuando sabía que estaba equivocada. Y Dominic merecía algo mejor que una disculpa mal hecha.
—Solo dame unos días —susurré—. Quiero hacerlo bien esta vez.
Vivien suspiró apenas.
Después acarició mi mejilla con infinita suavidad.
—Está bien, mi niña. —Sentí alivio inmediato. Pequeño. Temporal. Porque la culpa seguía ahí.— Pero no puedes esconderte eternamente aquí.
Asentí apenas.
Porque sabía que tenía razón.
---
Las primeras horas fueron horribles.
Charlotte llamó seis veces.
Ignorada.
Mi madre llamó cuatro.
Ignorada también.
Incluso Dominic llamó una vez.
Solo una.
No atendí.
Cinco minutos después volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
Dominic: Solo quiero saber si estás bien.
No respondí.
Una tercera llamada apareció una hora más tarde.
También la dejé morir.
Después... Nada.
El silencio empezó exactamente ahí.
Y eso dolió muchísimo más de lo que debería. Porque Dominic insistía siempre.
Molestaba. Provocaba. Aparecía aunque le cerrara la puerta en la cara.
Y ahora… silencio.
Me quedé mirando el teléfono vibrar sobre la cama hasta que dejó de hacerlo.
Después lo puse boca abajo.
Cobarde.
Vivien no insistió demasiado.
Solo me dejó encerrarme en la habitación de huéspedes que siempre había sido “mía” en esa casa. La misma habitación donde me escondía de adolescente. Donde escribía de madrugada cuando sentía que el mundo era demasiado grande para mí.
Nada había cambiado demasiado.
Excepto yo.
O quizá precisamente ese era el problema.
Que seguía siendo la misma chica rota de diecisiete años escondiéndose cuando las cosas dolían.
La lluvia empezó afuera entrada la noche.
Suave. Constante. Y yo terminé sentada en el suelo junto a la cama con hojas desordenadas alrededor.
Intentando escribir. Porque era lo único que sabía hacer cuando todo dentro mío se convertía en caos.
Al principio no salió nada.
Después una frase.
Después otra.
Y finalmente… todo empezó a caer solo.
"No sé querer sin miedo."
Miré la oración varios segundos.
Después seguí.
"No sé qué hacer cuando alguien me mira como si valiera la pena quedarse."
La garganta volvió a cerrárseme.
Pero seguí escribiendo igual.
"Dominic hace ruido incluso cuando está callado."
Lo peor no era el silencio. Era haberme acostumbrado al suyo. A la guitarra atravesando la pared. A su risa llegando desde el balcón. A escuchar su puerta abrirse todas las tardes. Nunca imaginé que pudiera extrañar tanto cosas que antes juraba odiar.
"Llena espacios."
"Y yo llevo años aprendiendo a vaciarlos."
Las lágrimas volvieron silenciosas.
Caían sobre el papel mientras seguía escribiendo sin detenerme.
Alegrías. Miedos. Culpa.
Todo mezclado.
"Me gusta cómo sonríe cuando cree que ganó una discusión."
"Me gusta que lea mis borradores aunque diga que no entiende literatura complicada."
"Me gusta que se preocupe incluso cuando no sabe cómo ayudar."
Cerré los ojos fuerte.
Porque ahí estaba el verdadero problema.
Me gustaba demasiado.
Y eso me aterraba.
"Lo herí porque me importaba demasiado."
La frase quedó sola en el centro de la hoja.
Cruelmente simple.
Honesta.
El teléfono vibró otra vez.
Charlotte.
Otra vez ignoré la llamada.
No podía hablar todavía.
No podía escuchar a nadie decirme cosas que ya sabía.
La lluvia siguió golpeando las ventanas mientras yo llenaba página tras página con pensamientos que jamás diría en voz alta.
"A veces creo que Dominic podría entrar en cualquier desastre mío y aun así encontrar algo bueno."
"Y yo ni siquiera sé cómo dejar que alguien me quiera sin arruinarlo."
Me limpié las lágrimas con frustración.
Porque llorar tanto empezaba a darme dolor de cabeza.
Poe ni siquiera estaba conmigo.
Y eso también se sentía horrible.
Seguramente seguía en el departamento. Seguramente buscando a Dominic.
La idea me rompió un poquito más.
Finalmente dejé caer la lapicera entrada la madrugada.
Las hojas estaban desordenadas alrededor mío.
Llenas de confesiones que nunca pensé escribir.
Y en medio de todas ellas… un nombre aparecía una y otra vez.
Dominic.
Como si incluso lejos de él… todo siguiera llevándome exactamente al mismo lugar.
___
Los días siguientes pasaron lentos.
Dolorosamente lentos.
Vivien no me presionó demasiado. Solo aparecía de vez en cuando con té, libros o esa mirada sabia que parecía entenderme incluso cuando yo misma no podía hacerlo.
Y después… apareció Poe.
—Mira quién vino a verte —dijo mi abuela entrando a la habitación con el gato en brazos.
Me incorporé inmediatamente en la cama.
—¡Poe!
El gato maulló apenas y prácticamente se lanzó sobre mí.
Sentí ganas de llorar otra vez.
Editado: 03.10.2026