Después de la yerra, Los Álamos dejó de sentirse prestado.
No era exactamente mi casa. Todavía no. Pero ya sabía dónde crujía el piso del pasillo, cuál de las ventanas del living había que empujar con el hombro para cerrarla y qué perro aparecía primero cuando alguien prendía el fuego temprano.
También había aprendido otra cosa.
Tomás sonreía más de lo que él creía.
Esa mañana salí con un mate en la mano y lo encontré en el patio acomodando dos caballos.
Levantó la vista.
—Buen día.
—Buen día.
Miré los animales.
— ¿Nos vamos a algún lado?
—Sí.
Esperé alguna explicación.
No llegó.
— ¿Adónde?
—A dar una vuelta.
Fruncí el ceño.
— ¿En la camioneta?
Tomás señaló los caballos con la cabeza.
—A caballo.
Lo miré.
Después miré a los animales.
Volví a mirarlo.
— ¿A caballo?
—Sí.
— ¿Hoy?
—Hoy.
No pude evitar una pequeña risa nerviosa.
—No sabía que esto estaba en el programa.
—No estaba.
— ¿Entonces?
Se encogió de hombros.
—Pensé que ya era hora.
Me quedé observando a los dos animales. Había uno moro oscuro y otro más claro.
El moro levantó apenas la cabeza cuando me acerqué.
— ¿Cuál es cuál?
Tomás le dio una palmada en el cuello.
—Este es Moro.
El caballo resopló.
—Y el otro es Tostado.
— ¿Y cuál me toca?
—Moro.
Lo miré como si hubiera perdido la razón.
— ¿Ese gigante?
—No es gigante.
— ¿Lo viste desde abajo?
Él soltó una risa.
—Vení.
Me acerqué despacio.
—No sé si quiero.
Tomás dejó de sonreír.
—Entonces no.
Lo miré.
— ¿Me estás dejando elegir?
—Sí.
— ¿En serio?
—En serio.
Algo en la forma tranquila en que lo dijo me hizo sonreír.
—Bueno.
Respiré hondo.
—Quiero probar.
Tomás acomodó el estribo.
—Primero subo yo.
Levanté una ceja.
— ¿No se supone que me enseñás a mí?
—Precisamente.
Subió con una facilidad insultante.
Después me extendió la mano.
—Ahora vos.
Apoyé el pie donde me indicó. Me impulsé y terminé sentada delante de él.
Sentí el movimiento del caballo debajo de nosotros y sobre todo, sentí a Tomás detrás.
No demasiado cerca. Pero lo suficiente.
—Las riendas.
Pasó un brazo a cada lado mío con sus manos cubriendo las mías.
—No las agarres tan fuerte.
Aflojé apenas los dedos.
—Así.
Su voz me llegó cerca del oído.
Demasiado cerca.
—No necesitás pelearte con ellas.
—No me estoy peleando.
—Todavía.
Sonreí.
—Ya empezamos.
—Vos empezaste.
El caballo dio un paso, después otro. Yo me tensé.
—Respirá.
—Estoy respirando.
—No parece.
Solté el aire exageradamente.
— ¿Ahí sí?
—Mucho mejor.
Seguimos avanzando despacio.
El campo tenía otro ritmo desde arriba. Los alambrados parecían más bajos, el horizonte más largo y el silencio mucho más grande.
— ¿Siempre tuviste caballos? —pregunté.
Tomás acarició apenas el cuello de Moro.
—Desde que tengo memoria.
Sonrió.
—El primero se llamaba Lucero.
— ¿Era bueno?
—No.
Me reí.
— ¿No?
—Era un demonio.
Me contó cómo se escapaba y cómo una vez terminó embarrado hasta las orejas intentando traerlo de vuelta. Después habló de otro que había sido de su papá.
Y mientras hablaba, algo cambiaba en su voz. Se volvía más liviana.
— ¿Y vos? —Preguntó de golpe—. ¿Nunca tuviste mascotas?
Me quedé pensando.
—Una vez tuve un perro durante todo un día.
Sentí que se reía detrás mío.
—Eso no cuenta.
—Para mí sí.
—Bueno. Contame.
Miré el camino delante de nosotros.
—Mi mamá estaba de viaje.
— ¿Y?
—Meli, mi niñera, encontró un cachorro.
Sonreí apenas.
—Me dejó quedármelo hasta encontrarle un hogar.
— ¿Y lo encontraron?
Negué despacio.
—Mamá volvió antes.
Hice una pausa.
—Se fue el perro.
Otra pausa.
—Y se fue Meli.
Tomás no habló. No preguntó por qué, tampoco preguntó qué había pasado.
Esperó.
—La quería mucho.
Tragué saliva.
—Me hacía un postre de maicena riquísimo.
Él siguió mirando el camino.
Y por algún motivo le agradecí que dejara el silencio donde estaba. El caballo seguía caminando tranquilo. El cuerpo de Tomás acompañaba apenas el movimiento del animal. Su pecho rozaba mi espalda de vez en cuando y entonces fui consciente de algo, me gustaba que estuviera ahí. La tranquilidad que me daba. La seguridad, la forma en que podía estar tan cerca sin hacerme sentir invadida y eso me asustó.
Porque yo no había venido al campo para empezar a necesitar la presencia de nadie.
Tomé aire.
—Creo que quiero probar sola.
Sentí que se quedaba quieto.
— ¿Estás segura?
—Sí.
—No tenés por qué apurarte.
Esperó un segundo.
—Podemos hacerlo mañana.
Miró el camino.
—Tenemos todo el tiempo del mundo.
La frase me golpeó más de lo que debería.
Todo el tiempo del mundo.
No.
No podía permitirme pensar así.
—Solo un poquito.
Tomás dudó.
Después bajó del caballo.
—Bueno.
No se alejó.
Tomó las riendas desde abajo y empezó a caminar a mi lado.
—No te dejo sola todavía.
— ¿No confiás en mí?
—Confío.
Le dio una palmadita a Moro.
—No tanto en vos arriba de un caballo.
Lo miré.
—Qué poca fe.
—Experiencia.
Sonreí.
Avanzamos despacio.
— ¿Así?
—Así.
— ¿Más rápido?
—No.
— ¿Por qué?
—Porque todavía no quiero que te creas experta.
—Ya me creía experta.
—Ese es el problema.
Me reí.
El caballo caminaba tranquilo. Yo empezaba a sentir que podía hacerlo.
Tomé mejor las riendas e intenté girar.
Todo pasó demasiado rápido. Perdí el equilibrio. Sentí que el cuerpo se me iba hacia un costado y caí.