Un hogar prestado

Capítulo 19: Luces

El rocío todavía brillaba sobre el pasto cuando salimos al corral.

Vector levantó la cabeza apenas nos vio. Esta vez no esperó tanto, caminó unos pasos hacia nosotros antes de volver a quedarse quieto.

—Eso es bueno —dijo Tomás.

—¿Qué hizo?

—Vino porque quiso.

No pude evitar sonreír.

—Cada vez me parece más raro que hables de él como si estuviera tomando decisiones todo el tiempo.

—Las toma.

Tomás empezó a acomodar la cincha.

Me apoyé sobre la tranquera para mirarlo trabajar. Había descubierto algo peligroso, mirarlo concentrado era peor que mirarlo sonreír. Porque cuando trabajaba dejaba de existir todo lo demás, los movimientos le salían sin apuro. Seguros, como si el cuerpo recordara cosas antes que la cabeza.

Arremangó apenas la camisa para ajustar una hebilla.

Mis ojos bajaron solos hasta sus antebrazos, otra vez las manos, otra vez ese problema.

Aparté la vista antes de que él pudiera descubrirme.

—¿Y esta es importante? —pregunté demasiado rápido.

Él acarició el cuello de Vector.

—Hoy vamos a ver si acepta que lo monte.

Sentí un cosquilleo inesperado.

—¿Es la primera vez?

Asintió.

—Conmigo, sí.

No había nervios en su voz, había respeto, como si estuviera por pedir permiso en vez de imponer algo.

Lo observé poner un pie en el estribo.

Esperó, después subió con una tranquilidad que me dio la absurda impresión de que siempre había pertenecido arriba de un caballo.

Vector dio un paso, después otro.

El viento le movió apenas el flequillo debajo de la gorra.

Me sorprendí pensando que nunca había reparado en eso.

Mentira, ahora reparaba en todo.

Cuando volvió hasta donde estaba yo, bajó enseguida.

—¿Ya está?

Soltó una risa.

—Por ahora.

—Pareció fácil.

—Porque él hizo que pareciera fácil.

Le aflojó la cincha despacio.

—Mañana vamos a probar otra vez.

—¿Otra vez poquito?

—Todos los días.

Fruncí el ceño.

—Pero si ya lo logró.

Negó.

—La confianza no se gana una vez y ya.

Hizo una pausa mientras acariciaba el cuello del caballo.

—Hay que volver a ganársela todos los días.

La frase me quedó dando vueltas.

Él empezó a guardar las cosas.

—Hoy teníamos reunión de la cooperadora, ¿no?

—Sí.

—¿Ya sabés qué van a hacer para juntar plata?

Sentí una sonrisa escapárseme sola.

—Creo que sí.

Levantó la vista.

—¿Qué se te ocurrió?

Negué.

—Te vas a enterar cuando lleguemos.

—No me gusta esa respuesta.

—Lo sé.

—Siempre que me decís “después te cuento”, termino cargando algo.

—Qué exagerado.

—Julieta.

—¿Qué?

—Tengo miedo.

Me reí.

—Hacés bien.

Me señaló con un dedo.

—Eso confirma que debería preocuparme.

—Todavía no sabés de qué se trata.

—No hace falta.

—¿Cómo que no?

—Ya aprendí a leerte.

Me quedé callada, él también. Después abrió la tranquera para que saliéramos y mientras caminábamos hacia la casa pensé que tenía razón.

Ya no hacía falta explicarlo todo.

A veces alcanzaba con una sonrisa para saber que el otro estaba tramando algo.

La reunión de la cooperadora empezó siendo una reunión.

Cinco minutos después ya no lo era.

—Tengo una propuesta.

Marta levantó la vista enseguida.

—A ver.

La maestra dejó el cuaderno sobre la mesa.

Tomás seguía acomodando unas sillas contra la pared.

—Prepárense.

Lo ignoré.

—Un autocine.

Silencio.

Marta fue la primera en reaccionar.

—¡Me encanta!

La maestra la miró sorprendida.

—¿En serio?

—¡Pero claro! ¿Sabés hace cuánto no hay una noche de cine en el pueblo?

Ya estaba de pie.

—Necesitamos tortas, chocolate caliente, pochoclos, luces.

Me miró con una emoción contagiosa.

—Y una película hermosa.

Tomás levantó una ceja.

—Yo sigo teniendo miedo.

Marta lo señaló.

—Vos callate y andá consiguiendo una pantalla.

—Ni siquiera votamos.

—Ya voté yo.

No pude evitar reírme.

La maestra terminó de decidir.

—Hagámoslo.

Y fue así como Marta y yo nos convertimos en un problema. Según palabras de Tomás, claro.

Los días siguientes fueron un caos.

Descubrimos que organizar un autocine implicaba muchas más cosas de las que habíamos imaginado.

Conseguir un proyector, una tela enorme para la pantalla, permisos, electricidad, organizar dónde estacionar los autos, imprimir entradas, preparar la comida, hacer carteles hasta conseguir voluntarios.

Tomás iba tachando cosas de la lista mientras yo agregaba otras nuevas.

—Cada vez que tacho una, escribís dos.

—Porque me voy acordando.

—Eso no me tranquiliza.

—A mí tampoco.

Marta apareció con un rollo de papel madera.

—Los pochoclos no pueden ir en bolsitas comunes.

—¿Y en qué?

—En conos.

Cinco minutos después yo ya estaba calculando cuántos conos entraban en una hoja.

Tomás nos miró a las dos.

—Son un problema.

—¿Quiénes?

—Ustedes.

Marta sonrió orgullosa.

—Gracias.

La tarde anterior al evento nos tocó colgar las guirnaldas.

Tomás subió a la escalera y yo sostenía la base.

—No mires para abajo.

—No me dan miedo las alturas.

—Por las dudas.

Levantó una ceja.

—¿Siempre das tantas indicaciones?

—Sí.

—Me voy dando cuenta.

Seguimos avanzando.

Una de las guirnaldas quedó torcida.

—Pará.

—¿Qué?

—Está chueca.

La miró.

—Está perfecta.

—No.

—Sí.

—No.

Bajó de la escalera. Se paró a mi lado, volvió a mirar.

Suspiró.

—Está chueca.

Sonreí.

—Gracias.

La acomodó.

Quedó apenas distinta, pero yo asentí conforme.




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