Habían pasado algunos años desde aquella mañana en la que nos fuimos del pueblo sin saber exactamente dónde íbamos a terminar.
Ahora sí lo sabíamos. Nuestra casa estaba detrás de nosotros, era pequeña, no tenía nada de extraordinario.
Dos habitaciones, una cocina que había quedado más grande de lo que necesitábamos y un living con una ventana desde la que se veía una parte del campo. Afuera había un galpón, un corral y una tranquera que Tomás había construido con sus propias manos porque, según él, las que vendían hechas nunca quedaban como correspondía.
Yo todavía no sabía qué significaba que una tranquera quedara como correspondía.
Después de tantos años, seguía sin saberlo. Pero había aprendido que discutir con Tomás sobre esas cosas era una pérdida de tiempo.
—Está torcida.
—No está torcida.
—Sí está torcida.
—No.
—La estoy mirando.
—Y yo la hice.
—¿Y?
Él me miró desde el otro lado del alambrado.
—¿Querés arreglarla vos?
—No.
—Entonces está perfecta.
Lo miré unos segundos.
—Sos insoportable.
—Y, sin embargo, te casaste conmigo.
Sonreí.
Tomás apoyó los brazos sobre el poste.
Lo miré.
—Me canse con vos.
Él sonrió.
Todavía me gustaba verlo hacerlo.
Había algo en esa sonrisa que me recordaba al hombre que conocí en Los Álamos y, al mismo tiempo, al que había dejado de ser.
Porque Tomás ya no miraba hacia atrás todo el tiempo, había aprendido a recordar sin querer regresar y yo también.
El campo no era enorme.
Eso había sido parte de la decisión. No queríamos una extensión de tierra que nos obligara a convertir nuestra vida en algo que ninguno de los dos quería.
Queríamos un lugar que pudiéramos cuidar.
Tomás se encargaba de gran parte del trabajo del campo, de los animales, de las decisiones relacionadas con la cosecha y de todo aquello que había aprendido mucho antes de conocerme.
Yo, por supuesto, metía las narices en todo.
Al principio él intentó explicarme que no necesitaba saber cómo funcionaba cada cosa.
No tuvo éxito.
Quería entender qué sembrábamos, por qué elegíamos un lote y no otro, qué necesitaba la tierra, cómo influía el clima y qué decisiones podían mejorar el rendimiento sin comprometer el suelo.
Tomás aprendió a no sorprenderse cuando me encontraba con una libreta en medio del campo y yo aprendí que había preguntas para las que no existía una respuesta en un paper.
Algunas se respondían mirando, otras, esperando.
Y muchas, equivocándose.
Yo seguía trabajando con investigación.
Al principio había sido difícil explicar que podía hacer ambas cosas.
A algunas personas les parecía extraño, a mí también.
Hasta que dejó de parecérmelo.
Había instalado un pequeño espacio de trabajo en una de las habitaciones.
No era un laboratorio completo, por supuesto.
Para determinadas etapas necesitaba seguir trabajando en Buenos Aires y viajando cuando el proyecto lo requería, pero gran parte de la investigación podía hacerla desde ahí, datos, análisis, lecturas, videollamadas, horas frente a una computadora y después, cuando necesitaba despejarme, solo tenía que levantarme y salir.
A veces encontraba a Tomás revisando los animales, otras, lo veía regresar cubierto de tierra. Y muchas veces terminaba caminando a su lado sin saber siquiera de qué estábamos hablando.
Eso también era parte de nuestra vida, no necesitábamos que cada momento tuviera un significado.
Mi investigación había seguido creciendo.
No por un milagro, no porque el campo tuviera respuestas escondidas esperando que yo las descubriera. Sino porque había aprendido a mirar de otra manera.
Una tarde, mientras trabajaba con uno de los proyectos relacionados con regeneración de tejidos, apareció una observación que no encajaba con lo que esperábamos.
La revisé una vez, después otra. Pensé que había cometido un error, volví a revisar los datos, tuve que llamar a un colega y durante semanas hicimos pruebas. No encontramos una cura milagrosa, encontramos algo mucho más pequeño. Una respuesta celular que podía ayudarnos a entender mejor un proceso de regeneración que hasta ese momento había sido difícil de reproducir.
Era apenas una pieza, pero algunas investigaciones empiezan así. Con una pieza pequeña que, si todo sale bien, permite que alguien más encuentre la siguiente.
El trabajo continuó durante meses, después años.
Llegaron publicaciones, presentaciones, reuniones. Una patente, una empresa interesada en desarrollar la aplicación. Dinero, mucho más dinero del que había imaginado cuando empecé.
También llegaron felicitaciones, entrevistas, personas que antes no sabían quién era y ahora querían hablar conmigo.
La primera vez que alguien me llamó para felicitarme por el reconocimiento que había recibido, me quedé en silencio después de cortar.
Tomás estaba afuera.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Entonces por qué tenés esa cara?
—No sé.
Él dejó lo que estaba haciendo y se acercó.
—¿Qué pasó?
—Salió.
—¿Qué cosa?
Lo miré.
—La investigación.
Esperó.
—La de los tejidos.
Tomás me alzo y me hizo girar. Yo no podía para de reír.
Me seguía pareciendo increíble que celebre mis triunfos y me repitiera lo orgulloso que estaba de mi a diario.
—Estoy orgulloso de vos.
Apoyé la cara contra su pecho.
—¿Aunque siga hablando de células todo el tiempo?
—Eso ya lo hacía antes.
—Es verdad.
—Y sigo sin entender la mitad.
—No necesitás entenderlo.
—Perfecto.
Se quedó abrazándome unos segundos.
—¿Estás contenta?
Pensé antes de responder.
—Sí.
Y era verdad.
Pero no porque esa investigación hubiera demostrado que yo podía ser alguien, eso ya lo sabía.
Estaba contenta porque había vuelto a encontrar una parte de mí que durante mucho tiempo había confundido con obligación.