Un hogar prestado

Capítulo 17 : Vector

A la mañana siguiente me desperté temprano.
No tenía nada particularmente urgente que hacer, pero hacía días que me levantaba con la sensación de que necesitaba encontrar alguna tarea para mantener la cabeza ocupada.

Me vestí y salí.
El aire todavía estaba fresco y el campo parecía medio dormido.
Caminé hasta el corral.
El caballo estaba ahí.
Me quedé del otro lado de la tranquera. No sabía qué era lo que me atraía de él, quizás la mirada. Tenía algo tranquilo, pero atento. Como si me estuviera observando tanto como yo a él.
No me acerqué, todavía no, me limité a mirarlo.
Movió una oreja, después la otra, bajó apenas la cabeza, como si estuviera decidiendo si yo era parte del paisaje o una molestia.
Me hizo gracia descubrir que estábamos haciendo exactamente lo mismo. Los dos observándonos desde una distancia prudente.
Levantó la cabeza otra vez y nuestras miradas se encontraron.
Sentí algo extraño. No era miedo, pero tampoco confianza. Era algo más parecido a reconocernos sin conocernos.
Escuché pasos detrás de mí, no necesité darme vuelta para saber quién era.

—¿Hace mucho que estás acá?

Me giré.

Tomás estaba a unos metros.

—No.

Miró hacia el corral.

—¿Viniste a verlo?

—Sí.

Volví a mirar al caballo.

—¿Vas a trabajar con él?

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Tengo que ir al pueblo.

—¿A hacer qué?

—A comprar pintura.

—¿Para la escuela?

Asintió.

—Sí.

Hubo un silencio breve.

—¿Querés venir?

La pregunta me sorprendió.

No porque fuera algo extraordinario, sino porque hacía varios días que no hacíamos nada juntos que no fuera estrictamente necesario.

—Sí.

Tomás asintió.

—Entonces preparate.

Se dio vuelta, pero antes de alejarse señaló el corral con la cabeza.

—Y tenés que ponerle un nombre.

Miré al caballo.

—¿Ahora?

—No hace falta que sea ahora.

—No se me ocurre ninguno.

—Pensalo.

—¿Vos no tenés uno?

—Es tuyo.

Lo miré.

—¿Mío?

—Sí.

Y siguió caminando.

Me quedé mirando al caballo. Todavía no sabía cómo llamarlo.

El viaje al pueblo empezó con un silencio que, esta vez, no se sintió tan pesado.
Tomás manejaba y yo miraba por la ventanilla.
Después de unos minutos encendió la radio.

—¿Qué tenemos que comprar exactamente?

—Pintura, pinceles y algunas cosas más.

—¿Cuánta pintura?

Me miró de reojo.

—Puedo hacer las cuentas.

—Por supuesto.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—Tomás.

—Que sabía que ibas a hacer las cuentas.

—Alguien tiene que hacerlo.

—Sí.

Sonreí.

—Y alguien tiene que manejar.

—Exacto.

Volví a mirar por la ventanilla.

Era una conversación insignificante y, sin embargo, hacía varios días que extrañaba exactamente eso.
Hablar de cualquier cosa, sin medir cada palabra, sin preguntarme si el silencio siguiente iba a durar horas.

La ferretería olía a madera, pintura y a un desodorante de pisos que creo era lavanda.
El hombre tras el mostrador levantó la cabeza apenas entramos.

—Mirá quién volvió.

Tomás levantó una mano.

—Buenas, Rubén.

—Pensé que no te veía más por estos pagos.

Tomás sonrió apenas.

—Yo también pensé eso.

La respuesta duró apenas un segundo.
Después cambió de tema con la facilidad de quien ya había aprendido a hacerlo.

Empezamos a recorrer los pasillos buscando las cosas de la escuela.
Yo revisé cantidades, comparé tamaños y volví a hacer cuentas porque no pensaba que quien las haya hecho haya calculado todo.
Tomás me observó desde un costado.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando.

—Estoy viendo cómo hacés cuentas.

—¿Y?

—Nada.

—¿Qué?




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