Después de la fiesta de Benja, algo había cambiado. No entre nosotros, o al menos, no de una manera que pudiera señalar con el dedo.
Seguíamos peleados, seguíamos hablando solo lo necesario, seguíamos compartiendo la misma casa como si nada hubiera pasado, aunque ahora cada silencio parecía ocupar más espacio que antes.
Pero había algo que había cambiado en mí y tardé un par de días en entender qué era.
La primera vez que volví a verlo con el zaino fue casi por casualidad. O eso me dije.
Llevaba una botella de agua hacia el corral cuando lo vi. Tomás estaba trabajando con el caballo. Tenía las mangas de la camisa arremangadas hasta los antebrazos y una mano firme sobre las riendas mientras intentaba conseguir que el animal aceptara su presencia sin resistirse.
Me quedé quieta, no por el caballo. Eso fue lo primero que intenté convencerme, lo observé trabajar. Sus movimientos eran seguros, pero no bruscos. Sabía cuándo insistir y cuándo aflojar. Cuándo acercarse y cuándo dejar espacio. Y entonces reparé en sus manos. No sé por qué nunca las había observado realmente, eran grandes, los nudillos tenían pequeñas marcas. La piel estaba más áspera de lo que había imaginado y algunas venas se marcaban sobre el dorso cuando cerraba los dedos alrededor de las riendas.
Eran manos de trabajo, manos acostumbradas al alambrado, a las riendas, a levantar bolsas, abrir tranqueras, cargar cosas.
Las mías habían aprendido otras cosas, pipetas, pinzas, guantes de látex, instrumentos delicados.
Las suyas habían aprendido a hacer fuerza, las mías, precisión.
No sé en qué momento dejé de mirar sus manos para mirar sus brazos, y después sus hombros, y después la forma en que se movía.
Tragué saliva.
Entonces apareció un pensamiento. Uno tan simple que me dejó completamente inmóvil.
Me pregunté cómo se sentirían esas manos sobre mi piel. Parpadeé. No.
No, no, no.
Aparté la mirada como si alguien pudiera haberme escuchado pensar.
Pero ya era tarde.
La pregunta estaba ahí y lo peor era que no había sido una idea pasajera.
Había sentido algo. Un calor lento, incómodo, desconocido.
Había deseado que esas manos me tocaran.
A mí.
Me quedé mirando el suelo.
Había tenido una pareja, había estado enamorada, había besado a un hombre, había compartido una cama.
Sabía perfectamente lo que era la intimidad. Pero esto era distinto, no mejor, distinto.
Era como si mi cuerpo hubiera decidido adelantarse a mi cabeza por primera vez en la vida.
Y yo no tenía la menor idea de qué hacer con eso.
—¿Vas a seguir observándome mucho tiempo?
Levanté la cabeza de golpe.
Tomás me estaba mirando.
Sentí que la sangre me subía directamente a la cara.
—No te estaba observando.
Una de sus cejas se levantó.
—¿No?
Miré el termo que había dejado junto al alambrado.
Ni siquiera recordaba cuánto tiempo llevaba ahí parada.
—Vine a traerte agua.
—Hace rato que la trajiste.
—Bueno.
Me encogí de hombros.
—Estaba mirando el caballo.
Tomás miró al zaino.
Después volvió a mirarme.
—Claro.
Ese tono.
Ese maldito tono tranquilo.
—¿Qué?
—Nada.
Tomó el termo.
—Gracias.
Asentí.
Quise irme.
De hecho, di un paso hacia atrás.
—Está bueno el caballo —dije.
—Todavía no.
—¿Todavía no qué?
—Todavía no está bueno.
Miró al animal.
—Tiene mucho carácter.
—A mí me gusta.
Tomás volvió a mirarme.
—¿El caballo?
—Sí.
—Ah.
Otra vez esa media sonrisa.
Me di vuelta antes de que pudiera decir algo más.
No volví a mirar atrás y durante el camino a la casa entendí algo que me dio todavía más miedo.
No me había ido porque tuviera cosas que hacer.
Me había ido porque él me había descubierto.
Y no quería que volviera a hacerlo.
Durante los días siguientes hice todo lo posible por no quedarme a solas con Tomás.