Desde la discusión con Tomás, la casa había cambiado.
No era algo que pudiera señalar, no habíamos dejado de hablarnos, no había habido portazos, gritos ni ninguna de esas escenas que uno imagina cuando piensa en una pelea.
Simplemente habíamos dejado de buscarnos.
Antes, si yo estaba en la cocina y él entraba, encontraba alguna excusa para quedarse unos minutos.
Antes, si él volvía del campo, yo levantaba la vista para saber cómo había sido el día.
Antes, el silencio entre nosotros era cómodo.
Ahora pesaba.
Lo peor era que seguíamos cuidándonos.
Si estaba por salir sin abrigo, Tomás me avisaba que afuera hacia frio.
Si él volvía tarde, yo dejaba la comida preparada.
Seguíamos funcionando.
Como si el cuerpo todavía no se hubiera enterado de que habíamos decidido tomar distancia.
Yo tampoco sabía muy bien qué hacer con eso, así que me concentraba en las tareas. Era más fácil.
Esa mañana fui hasta el gallinero con una canasta en el brazo, las gallinas se movieron apenas me vieron entrar.
—Ya sé, ya sé —murmuré—. No les voy a sacar todos.
Una de ellas se acercó demasiado y tuve que esquivarla.
—Vos tampoco te hagas la viva.
Recogí los huevos uno por uno, algunos estaban tibios todavía. Me gustaba ese momento, había algo tranquilizador en hacer una tarea tan sencilla.
No necesitaba pensar, no necesitaba analizar. Solo mirar dónde estaban los huevos y tener cuidado de no romperlos.
Cuando salí del gallinero, escuché un ruido del otro lado del campo.
Un relincho.
Levanté la cabeza y lo vi.
Tomás estaba en el corral con un caballo que no conocía.
Era un zaino colorado, grande, nervioso. Me quedé quieta, no sabía qué estaba haciendo exactamente, pero tampoco necesitaba que nadie me lo explicara.
Lo estaba amansando.
Me acerqué unos pasos, lo suficiente para verlo mejor sin interrumpir.
Tomás mantenía la atención puesta en el animal. Hablaba poco, le daba espacio.
Se acercaba, retrocedía y volvía a intentarlo.
Hasta que el caballo hizo un movimiento brusco.
Todo pasó demasiado rápido.
El animal se levantó de adelante y Tomás perdió el equilibrio.
Sentí que se me detenía el corazón.
—Tomás…
No sé si lo dije en voz alta.
El caballo bajó las patas y Tomás cayó hacia un costado.
Por un segundo pensé que se había lastimado, pero se incorporó enseguida.
Estaba de pie, respirando fuerte.
La gorra vasca había quedado en el suelo.
Tomás miró al caballo, después levantó la vista y me vio.
Nuestros ojos se encontraron, no sé cuánto duró ese momento, quizá apenas un segundo. Quizá mucho más.
Yo tenía todavía la canasta entre las manos. Él tenía polvo en la camisa.
Ninguno dijo nada.
Tomás bajó la mirada, agarro la gorra del suelo y se la volvió a poner.
Después se acercó otra vez al caballo.
—Vamos otra vez.
Y volvió a intentarlo.
Me quedé observándolo unos segundos más, hasta que escuché una voz detrás de mí.
—¿Julieta?
Me di vuelta.
Sandra estaba parada frente a la casa.
No había entrado.
Estaba junto al porche, con las manos cruzadas delante del cuerpo.
La miré sorprendida.
—¿Qué hacés acá?
—Vine a hablar con vos.
Miré hacia el corral donde Tomás seguía con el caballo.
Sandra también lo miró, su expresión cambió apenas, como si verlo ahí le produjera algo difícil de explicar.
—¿Querés pasar?
Negó.
—Prefiero quedarme acá.
No insistí.
Dejé la canasta sobre una mesa del porche y me acerqué.
Sandra miró alrededor, los árboles, la casa, el campo, los corrales.
Todo.
—Hace mucho que no entraba —dijo.
No supe qué responder.
—¿Por qué?
Tardó en contestar.
—Porque esta ya no es nuestra casa.
La frase me sorprendió.
Sandra no parecía enojada, parecía cansada.