Un hogar prestado

Capítulo 28: El regreso

Buenos Aires me recibió con el mismo ruido de siempre.

Bocinas, motores, gente caminando rápido, ascensores que se abrían y cerraban sin esperar a nadie.

Durante meses había extrañado todo eso.

Ahora me parecía demasiado.

Dejé la valija en el departamento y me quedé unos segundos parada en medio del living.

Todo seguía exactamente donde lo había dejado.

Los libros, la mesa, la computadora, hasta la taza que había olvidado junto a la ventana.

Era extraño volver a un lugar que había sido mi vida y descubrir que ya no sabía dónde encajaba yo dentro de él.

Mi celular vibró. Un mensaje de Inés.

¿Llegaste?

Sí.

Aparecieron los tres puntos.

¿Podemos hablar mañana?

Miré la pantalla.

Sí.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

No tenía ganas de hablar del proyecto, pero sabía que iba a tener que hacerlo.

Al día siguiente volví al laboratorio. El olor me resultó familiar.

Los mismos pasillos, las mismas puertas, las mismas personas.

Algunos me abrazaron. Otros me hicieron preguntas.

¿Cómo había estado?

¿Dónde me había metido?

¿Cuándo pensaba volver?

Contesté lo suficiente. Nada más.

Inés me esperaba en su oficina.

—Pensé que ibas a tardar más.

—Yo también.

Sonrió.

—¿Cómo estás?

Me encogí de hombros.

—No sé.

—Eso es nuevo.

—Bastante.

Me señaló una silla.

Me senté.

Sobre el escritorio había varias carpetas.

—Tus resultados.

Las miré.

—Ya los vi.

—No todos.

Abrió una de ellas.

—Hay algo que cambió.

Me incliné hacia adelante.

Durante la siguiente hora volvimos a hablar de células, tejidos, resultados que no coincidían con las hipótesis iniciales y posibilidades que todavía necesitaban ser comprobadas.

Era extraño.

Mi cabeza volvía a funcionar con facilidad cuando hablábamos de ciencia.

Todo tenía variables, métodos, resultados, errores, repeticiones, cosas que podían demostrarse.

Cuando salí de la oficina, respiré profundo.

Había una parte de mí que extrañaba eso. Mucho, pero no era suficiente.

Esa noche volví a mi departamento y abrí la computadora.

No busqué información sobre el proyecto, busqué otra cosa.

Villa Urquiza.

No sabía exactamente qué esperaba encontrar, tal vez nada, tal vez una explicación que pudiera confirmar lo que Tomás llevaba años sintiendo.

Empecé por los registros de compraventa disponibles.

Después revisé notas viejas; informes; publicaciones del sector. Datos que al principio parecían no tener ninguna relación.

Hasta que encontré una coincidencia: Una propiedad vendida a Roberto y Patricio Villa Urquiza.

El motivo de la venta figuraba como una situación financiera complicada.

Seguí buscando, otra, mismo comprador otro propietario, otra deuda. Sentí que se me erizaba la piel.

Abrí una tercera, después una cuarta.

No eran todas de la misma época, pero había algo que se repetía.

Familias con problemas económicos, ventas rápidas, campos que cambiaban de manos por valores que, vistos desde afuera, parecían demasiado bajos, y en varios de esos casos aparecía la intervención del mismo asesor.

Juan Uriarte.

Me quedé mirando la pantalla, volví atrás, revisé los documentos.

Una vez.

Dos.

Tres.

No era una coincidencia aislada, era un patrón.

No podía asegurar qué significaba, pero sí podía asegurar algo.

Los Álamos no había sido un caso único.

Cerré la computadora.

Me levanté, caminé hasta la ventana.

Buenos Aires brillaba abajo.

Durante meses había pensado que Tomás quería recuperar un lugar. Ahora entendía que tal vez había pasado demasiado tiempo intentando recuperar algo que nunca podría volver a ser igual.

No podía devolverle su infancia.

No podía devolverle a su familia los años perdidos.

Pero quizá sí podía ayudarlo a entender qué había pasado realmente.

Aun así, había algo que no podía dejar de pensar.

Yo también había llegado a Los Álamos escapando. Había escapado de Nicolás, de mis padres, del laboratorio. De la vida que había construido sin preguntarme demasiado si era la que quería.

Y después había encontrado a Tomás. Había encontrado un lugar, había encontrado una vida distinta.

Pero eso no significaba que todas mis heridas hubieran desaparecido.

Tal vez solo había encontrado un lugar tranquilo donde dejar de mirarlas, y si alguna vez volvía a Tomás, no quería hacerlo porque necesitara que él terminara de curar algo que yo todavía no había aprendido a cuidar.

Al día siguiente busqué una terapeuta.

No fue fácil, la primera entrevista me incomodó.

La segunda también. En la tercera hablé del bebé, no mucho, solo lo suficiente.

Después hablé de Nicolás, de mis papás, de la necesidad de tener siempre una explicación. De cómo había pasado años creyendo que, si hacía todo correctamente, las cosas iban a salir bien.

La terapeuta me preguntó una tarde:

—¿Y qué pasa cuando no podés controlar algo?

Pensé unos segundos.

—Intento encontrar una explicación.

—¿Y cuando no existe?

No supe qué responder.

Ella no insistió.

Por primera vez, alguien parecía entender que no necesitaba una respuesta inmediata.

Los días empezaron a tener otra estructura.

Trabajo, terapia, investigación.

Y algo más. Correr.

Al principio apenas podía sostener unos minutos sin detenerme, me parecía absurdo.

Había pasado años trabajando con precisión, midiendo resultados, estudiando variables, y ahora no podía controlar ni mi respiración.

Una mañana llegué a casa agotada.

Me saqué las zapatillas y me quedé sentada en el piso.

Me reí sola, no había conseguido nada, no había terminado una investigación, no había descubierto una cura, no había resuelto ningún problema.




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