Un hogar prestado

Capítulo 15: Woody y Jessie

A la mañana siguiente, encontré a Tomás sentado en la cocina con el mate entre las manos.

No parecía haber dormido demasiado, yo tampoco.

Durante unos segundos me quedé en la puerta, pensando si debía decir algo o simplemente seguir de largo.

Al final, hice lo que venía haciendo desde que nos habíamos peleado. Seguí con mi día.

—Buen día.

—Buen día.

Su voz sonó tranquila. Demasiado tranquila.

Me acerqué a la mesa donde había dejado unos papeles y empecé a ordenarlos.

Tomás dio otro sorbo al mate.

—¿Mi mamá vino ayer?

La pregunta me tomó por sorpresa.

Levanté la mirada.

—Sí.

—¿Y no pensabas decírmelo?

No había reproche en el tono. Eso lo hacía peor.

—Pensé hacerlo.

—¿Cuándo?

No supe qué contestar.

Tomás dejó el mate sobre la mesa.

—¿Te contó cosas?

Lo miré.

—No me contó tu historia. Me contó su historia.

No dijo nada.

—La historia de tu familia. Lo que ella vivió. Lo que significó para ella perder Los Álamos. Lo que cree que significa para vos volver.

Hice una pausa.

—Pero no me contó tu historia.

—No.

—Después fui a hablar con Marta.

Su expresión cambió apenas.

—¿Con Marta?

Asentí.

—Necesitaba entender algunas cosas.

Tomás dejó el mate sobre la mesa.

—¿Y qué te dijo?

—Que dejara de buscar respuestas que no me correspondían.

—Bien.

La palabra salió seca.

—¿Estás enojado porque fui a hablar con Marta?

—Estoy enojado porque fuiste a hablar con Marta sobre mí.

Lo miré.

—No sabía qué hacer.

—Podías no hacer nada.

La frase me dolió.

—No me resulta fácil quedarme sin hacer nada cuando no entiendo algo.

—Ya me di cuenta.

Su tono seguía siendo bajo, pero la tensión había vuelto a instalarse entre nosotros.

—Yo no fui a contarle cosas tuyas a Marta.

—No hace falta. Fuiste a preguntarle por mí.

—Y ella no me contó nada.

—No importa.

—¿Entonces qué importa?

Tomás respiró hondo.

—Que te pedí tiempo, Julieta.

Lo miré en silencio.

—No te pedí que no quisieras saber. Te pedí tiempo para poder contártelo yo.

No encontré una respuesta.

Porque ahora entendía qué era lo que realmente le había molestado. No que yo quisiera saber, sino que, cuando él todavía no estaba preparado para hablar, yo hubiera buscado a otra persona que pudiera acercarme a las respuestas.

—Tenés razón —dije finalmente.

Tomás asintió, pero no pareció sentirse mejor.

—No quiero seguir hablando de esto.

Esta vez fui yo quien asintió.

—Está bien.

Ninguno agregó nada. No hacía falta.

El golpe en la puerta llegó cerca del mediodía.

Fui a abrir.

Uno de los empleados estaba parado del otro lado con una caja grande entre los brazos.

—Julieta, Buen día

—Pablo, ¿Cómo estás?

—Bien. Traigo esto que dejaron para ustedes.

Miré la caja.

—¿Para nosotros?

—Sí. Me pidieron que la acercara hasta acá.

—Gracias.

Tomé la caja y él se despidió con un gesto antes de volver por donde había venido.

Cerré la puerta.

No cualquiera podía entrar a la estancia, así que alguien había tenido que dejar la caja con uno de los empleados para que nos la acercara.

La llevé hasta la mesa.

Tomás levantó la mirada.

—¿Qué es?

—No tengo idea.

La abrí y me quedé quieta, había dos disfraces, uno de Woody y otro de Jessie.

Tomás los miró, después me miró a mí.

—No pienso ir.

—¿Qué?




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