La lluvia había parado durante la madrugada.
Cuando salimos de la casa, el campo todavía respiraba humedad.
El aire olía a tierra mojada, a pasto recién lavado y a esa mezcla imposible de explicar que dejaban las tormentas largas cuando por fin decidían retirarse.
Me quedé unos segundos en el escalón de la entrada. Después de tantas horas escuchando la lluvia contra las ventanas, el silencio me resultaba extraño.
No era un silencio completo. Se escuchaban algunas gotas cayendo desde el techo, el movimiento de las hojas mojadas y, a lo lejos, algún animal que parecía anunciar que el día empezaba otra vez.
Tomás cerró la puerta detrás de nosotros.
Me miró.
—¿Dormiste algo?
Sonreí.
—Un poco.
—Yo también.
No dijo nada más., tampoco hacía falta.
Había algo distinto entre nosotros después de la noche anterior. No sabía exactamente cómo llamarlo todavía, pero estaba ahí. En la forma en que me miraba. En la cercanía que ya no necesitábamos justificar.
Tomás me agarro la mano como si lo hubiesemos hecho siempre.
No hubo ninguna conversación sobre eso. No hizo falta, lo hicimos con la naturalidad de quien descubre un gesto que siempre había estado esperando.
—Vamos a ver si quedó todo entero.
Miré alrededor.
—¿Y si no?
Se encogió de hombros.
—Entonces arreglaremos lo que haga falta.
Me gustó que lo dijera en plural, no hice ningún comentario. Solo seguí caminando.
El campo parecía otro. No porque hubiera cambiado demasiado.
Porque estaba limpio, las gotas seguían colgando de los alambrados. Había ramas tiradas acá y allá, algunos charcos ocupaban lugares donde el día anterior había polvo.
Nada grave, solo señales de que el viento había pasado por ahí.
Avanzamos despacio.
Cada tanto tenía que esquivar un charco o saltar alguna rama caída. Tomás parecía conocer de memoria cada desnivel del camino.
—¿Cómo sabés dónde pisar?
—Aprendí a caminar en este lugar este lugar.
—Cierto.
Sonrió y seguimos caminando.
Y por primera vez me di cuenta de algo que antes no había podido ver. Yo había llegado a Los Álamos tratando de escapar de todo lo que conocía. Él había vuelto intentando recuperar todo lo que había perdido, y ahora caminábamos juntos por el mismo campo, ninguno de los dos sabiendo demasiado bien qué hacer con lo que había quedado en el medio.
Llegamos primero al corral. Vector levantó la cabeza apenas nos vio, ya no nos observaba desde lejos.
Caminó hasta la tranquera con esa mezcla de prudencia y curiosidad que parecía haberse convertido en su manera de saludar.
—Buen día —le dije.
Tomás soltó una risa.
—Le hablás como si te fuera a contestar.
—¿Y quién te dijo que no lo hace?
Me acerqué despacio.
Vector apoyó el hocico contra mi palma, ya no me sorprendía. Y, sin embargo, seguía sintiéndolo como un regalo.
—Mirá vos.
Giré hacia Tomás.
—¿Qué?
—Hace dos semanas ni te dejaba acercarte.
Volví a acariciar el cuello del caballo.
—Capaz me ascendió en la escala de confianza.
—Capaz.
Hizo una pausa.
—O capaz descubrió que siempre traés paciencia.
Lo miré.
—¿Eso fue un cumplido?
Su respuesta fue una sonrisa.
Vector volvió a acercar el hocico a mi mano. Me siguió apenas un paso cuando me corrí.
—Me parece que ya te eligió.
Miré a Tomás con una sonrisa.
—¿Celoso?
—De un caballo, no.
—Entonces no te molesta que me quiera más.
—Eso está por verse.
Levanté una ceja.
—¿Estás compitiendo con Vector?
—Yo no compito con animales.
—Qué alivio.
—Tengo otras ventajas.
Levanté las cejas.
—¿Ah, sí?
Me sostuvo la mirada durante un segundo más de lo necesario.
—Sí.
Sentí que volvía a aparecer ese calor conocido en las mejillas.
—Vamos —dije, tirando suavemente de su mano.
Su sonrisa me acompañó durante varios pasos.