Tomás ya estaba recuperado.
Me había costado muchísimo retenerlo haciendo reposo. Apenas empezó a sentirse mejor, insistía con levantarse, salir, revisar corrales y encontrar alguna tarea urgente que, casualmente, no podía esperar hasta el día siguiente.
Ahora volvía a recorrer Los Álamos como si nunca hubiera tenido fiebre.
Ninguno de los dos volvió a mencionar lo que había dicho aquella noche.
Yo, en cambio, le di vueltas durante días.
¿Lo había dicho en serio?
¿Quería que me quedara?
¿Para siempre?
¿Con él?
Cada vez que intentaba encontrar una explicación razonable, aparecía otra pregunta.
Y, como si mi cerebro necesitara complicarlo todavía más, algo entre nosotros había cambiado.
No era incómodo, todo lo contrario.
Nos movíamos por la casa con una naturalidad que a veces me sorprendía.
Yo ya sabía dónde él dejaba las llaves. Él sabía que si dejaba el mate sobre la mesa de la cocina, yo iba a terminar cebándolo. Nos cruzábamos en los pasillos sin tener que esquivarnos y podíamos pasar una tarde entera haciendo cosas diferentes en la misma habitación sin sentir la necesidad de llenar el silencio.
Como si lleváramos años viviendo juntos. Fingir se sentía cada vez menos fingido.
Cuando nos encontrábamos con alguien y tenía que presentarlo como mi marido, ya no necesitaba pensar antes de decirlo. Salía. Naturalmente.
Y eso era lo que más me desconcertaba.
Porque había algo en nuestros movimientos, en la manera en que nos mirábamos, en esa complicidad que se había construido sin que ninguno de los dos la buscara, que no parecía una actuación, era confianza, una que había aparecido casi sin pedir permiso.
Mi parte científica llevaba varios días intentando encontrarle una explicación.
La repetición de rutinas podía generar familiaridad. La convivencia favorecía la confianza. Compartir responsabilidades fortalecía los vínculos.
Todo tenía sentido, en teoría.
El problema era que ninguna de esas explicaciones respondía por qué, algunas veces, una simple sonrisa de Tomás conseguía desordenarme todos los pensamientos.
El sábado teníamos que ir al cumpleaños de la escuelita.
Me había pasado buena parte de la mañana intentando decidir qué ponerme, no porque fuera un evento importante. O, al menos, eso me repetía.
Terminé eligiendo unos jeans, una camisa clara y las botas. Cuando salí, Tomás ya estaba junto a la camioneta.
Me miró de arriba abajo.
— ¿Lista?
—Hace diez minutos.
—Entonces llegás tarde.
Lo miré.
— ¿Perdón?
Sonrió.
—Nada. Subí.
Negué con la cabeza y rodeé la camioneta.
—Qué carácter.
—Todavía no viste nada.
—Eso me preocupa.
Subimos.
El camino hasta la escuelita no era largo, pero esta vez ninguno pareció tener apuro por llegar.
Después de unos minutos de silencio, vi el paisaje pasar por la ventanilla.
— ¿Vos ibas a una escuela así?
Tomás asintió.
—Sí.
—¿Siempre?
—Toda la primaria.
Lo miré.
— ¿Y cómo era?
Se encogió de hombros.
—Distinta.
—Eso ya me lo imaginaba.
Sonrió.
—Éramos pocos. A veces faltaba alguno y se notaba enseguida.
—¿Y qué hacían?
—De todo.
Se rio.
—Ayudábamos a juntar huevos para hacer la torta cuando había algún festejo. Cortábamos pasto. Juntábamos leña. Jugábamos en el patio.
—¿Ustedes juntaban los huevos para la torta?
—¿Qué tiene de raro?
—Nada. Es que en mi escuela las tortas aparecían.
Me miró de reojo.
—¿Y vos qué hacías?
Pensé unos segundos.
—Estudiaba.
—¿Solamente?
—Bastante.
—¿Cómo era tu escuela?
—Doble turno.
Levantó una ceja.
—¿Desde chica?
—Desde chica.
—¿Y te gustaba?
La pregunta me tomó desprevenida.
—Sí.
Miré por la ventana.
—Creo.
—¿Creés?
Sonreí apenas.
—A los seis o siete años se dieron cuenta de que aprendía bastante rápido. Empezaron a ponerme clases particulares. Después todo siguió un poco por ese camino.
—¿Te obligaban?
—No.
Me quedé pensando.
—No exactamente.
—Eso suena a que sí.
Lo miré.
—Mis padres querían que tuviera una buena educación. Y se ocuparon de eso desde muy chica.
—¿Y la ciencia?
Ahí sí giré la cabeza hacia él.
—¿Qué pasa con la ciencia?
—¿La eligieron ellos?
Negué.
—No del todo.
Volví a mirar por la ventanilla.
—Siempre me gustó investigar. Saber por qué pasaban las cosas. Abrir algo para ver cómo funcionaba.
—¿Aunque no debieras?
—Especialmente si no debía.
Tomás soltó una risa.
—Entonces eras un problema.
—Era curiosa.
—Claro.
—Es diferente.
—Seguro.
Sonreí.
No le conté que, con el tiempo, aquella curiosidad se había convertido en una carrera, en años de estudio, en laboratorios, publicaciones, proyectos y una vida que durante mucho tiempo había creído que era exactamente la que quería.
Tampoco le conté todo lo que había ocurrido después.
Todavía no.
La escuelita apareció a lo lejos.
Había autos estacionados a los costados y varias personas caminando de un lado a otro.
Cuando bajamos, entendí enseguida que aquello no era solamente un cumpleaños.
Era una reunión.
Los empleados de Los Álamos estaban ahí. También familias del lugar, vecinos, chicos que corrían de un lado a otro y personas que parecían conocerse desde siempre.
Tomás saludaba a todos, no como el encargado sino como uno más, y yo empecé a hacer lo mismo. Primero con timidez, después con menos.
Había mesas con comida, bebidas, tortas y una cantidad de cosas que parecían haber aparecido de distintos lugares. Nadie preguntaba quién había llevado qué.
Todo estaba ahí, todo era de todos.
Fue entonces cuando escuché una voz conocida.