Un hogar prestado

Capítulo 29: Las raíces

Volví al pueblo un martes por la mañana.

No le avisé a nadie. Ni a Marta, nio a mis padres y mucho menos a Tomás.

Durante todo el viaje me repetí que no sabía qué iba a encontrar.

Era verdad.

Había pasado tres meses intentando volver a mi vida, había vuelto al laboratorio, había retomado mi investigación, había empezado terapia, había salido a correr aunque al principio no entendía qué placer podía encontrar en cansarme voluntariamente. Había vuelto a montar, había aprendido a estar sola sin sentir que estar sola significaba estar abandonada, había hablado de Nicolás, de mis padres, del bebé, de la culpa, de Tomás, de Los Álamos. De todo lo que había confundido durante tanto tiempo y, aun así, había una pregunta que seguía apareciendo cada vez que pensaba en volver.

¿Qué iba a encontrar cuando llegara?

No sabía siquiera si quería verme. Por eso no le había avisado, necesitaba saber primero qué quería yo y creía saberlo.

Quería verlo, por eso necesitaba volver al lugar donde todo había empezado.

Llegué a Los Álamos cerca del mediodía.

La tranquera estaba cerrada.

Me quedé dentro del auto unos segundos, con las manos apoyadas sobre el volante.

Había pasado meses sin volver y, sin embargo, podía recordar cada parte del camino.

La curva antes del galpón, el árbol junto al alambrado, el lugar donde Tomás me había enseñado a montar, la loma desde donde el campo parecía interminable.

Bajé.

Abrí la tranquera y volví a cerrarla detrás de mí.

Llegue hasta la casa.

El silencio me resultó extraño, no era un silencio nuevo.

Era el mismo que había conocido tantas veces, pero faltaba algo.

Tomás.

Miré hacia el galpón, la puerta estaba abierta.

Me acerqué. El corazón latía mucho más rápido que lo normal.

Entré. No había nadie.

Había herramientas, algunas bolsas, cajas.

Pero no reconocí las cosas que solía encontrar siempre en los lugares donde él trabajaba.

Su boina, sus guantes.

La campera que dejaba tirada en cualquier silla.

Nada.

Seguí caminando.

Pasé por los corrales. Moro levantó la cabeza cuando me vio.

—Hola.

Se acercó unos pasos.

Sonreí.

—¿Dónde está tu dueño?

Como si pudiera responderme.

Apoyé una mano sobre su cuello.

El gesto me llevó de golpe a aquella primera caída. A Tomás diciéndome que no tenía que demostrar nada.

A las veces que me había acompañado a montar.

A Vector.

A todo lo que había cambiado desde entonces, me alejé del corral.

No quería quedarme atrapada en los recuerdos.

Seguí hacia la casa, la puerta estaba cerrada.

Golpeé. Esperé, nada.

Volví a golpear. Nada.

Miré hacia las ventanas, no había movimiento.

Entonces entendí.

Tomás no estaba.

No sabía por qué había esperado encontrarlo. Quizás porque una parte de mí necesitaba comprobarlo con mis propios ojos.

Me quedé frente a la casa, pensé en aquella primera noche.

En las discusiones, en el silencio, en la tormenta, en el día en que dejamos de fingir. En la primera vez que me dormí junto a él sabiendo que no quería estar en ningún otro lugar.

Todo seguía ahí, solo que ahora él no.

Volví al auto.

No tenía sentido quedarme.

Si quería saber dónde estaba, había alguien que podía decírmelo.

Marta.

Cuando llegué a su casa, golpeé la puerta.

Escuché pasos.

La puerta se abrió. Marta se quedó mirándome.

—Julieta.

Sonreí.

—Hola.

No preguntó nada, solo me abrazó.

Cerré los ojos, durante unos segundos dejé de pensar.

Después entré.

—¿Café?

—Por favor.

La seguí hasta la cocina.

Marta puso agua a calentar mientras yo miraba alrededor.

Había cambiado poco, la misma mesa, las mismas sillas, la misma repisa. El mismo lugar donde tantas veces me había sentado a escucharla hablar de Tomás.

Ahora me parecía extraño estar ahí sin él.

Marta dejó una taza frente a mí.

—¿Lo viste?

Negué.

—No está en Los Álamos.

Marta se sentó.

—No.

Esperé.

—Renunció.

Sentí un pequeño vacío en el pecho.

—¿Cuándo?

—Al día siguiente de que te fuiste.

Bajé la mirada.

—¿Por qué?

—Discutió con los Villa Urquiza.

—¿Por el fertilizante?

—También.

Levanté la vista.

—¿Qué pasó?

Marta suspiró.

—Tomás les dijo que no estaba dispuesto a seguir tomando decisiones con las que no estaba de acuerdo. Ellos le recordaron que el campo era de ellos.

Cerré los ojos.

Podía imaginarlo.

—¿Y él?

—Les dijo que lo sabía.

Solté una risa breve.

—Muy Tomás.

Marta sonrió.

—Después discutieron.

—¿Mucho?

—Lo suficiente como para que al final Tomás dijera que no podía seguir trabajando ahí.

Me quedé callada.

—¿Y los Villa Urquiza lo dejaron ir?

—No creo que haya sido exactamente así.

Marta tomó su taza.

—Creo que esta vez fue Tomás el que decidió irse.

Eso era importante.

—¿Está bien?

Marta me miró.

—Está mejor.

La respuesta me resultó familiar.

—¿Dónde está?

—Trabajando con madera.

Fruncí el ceño.

—¿Madera?

—Sí. Hay un hombre que tiene un aserradero a unos kilómetros. Tomás empezó a trabajar con él.

Sonreí sin querer.

—¿Le gusta?

—Le gusta trabajar.

No era exactamente una respuesta.

Pero entendí.

—¿Dónde está?

Marta me dio una dirección.

La guardé.

—Gracias.

Antes de levantarme, Marta me tomó la mano.

—Julieta.

—¿Sí?

—No vayas pensando que tenés que solucionar todo.

La miré.

—No voy a solucionar nada.

—¿Entonces?

Pensé unos segundos.

—Voy a verlo.

Marta sonrió.

—Entonces andá.

El aserradero estaba al final de un camino de tierra.




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