Había ido al pueblo esa mañana.
Necesitaba comprar algunas cosas y aproveché para pasar por lo de Marta. Después de lo que había pasado el día anterior, quería verla un rato.
No hablamos demasiado de los Villa Urquiza, ni del fertilizante.
Marta tenía esa habilidad para saber cuándo una conversación necesitaba palabras y cuándo no.
Me preparó un café, me preguntó cómo estaba Tomás y después terminó contándome una historia sobre una de las madres de la escuela que había conseguido tres docenas de huevos para vender durante la próxima actividad.
Era una conversación sencilla, justamente lo que necesitaba.
Cuando emprendí el regreso, el sol ya estaba bastante alto. El camino hacia Los Álamos estaba tranquilo.
Hasta que vi una camioneta detenida afuera de la tranquera, reduje la velocidad.
Había un hombre apoyado contra el capó, con los brazos cruzados, mirando hacia el interior del campo. No parecía estar esperando a nadie, o quizás sí.
Detuve el auto a unos metros de él y bajé la ventanilla.
—Señor, ¿se le rompió la camioneta? ¿Necesita algo?
El hombre giró la cabeza hacia mí y negó lentamente.
—No.
Miró otra vez hacia la tranquera.
—Solo decido si cruzo o no.
Fruncí el ceño.
—¿La tranquera?
—Sí.
Miré hacia el campo.
Después volví a mirarlo.
—¿La conocé?
El hombre sonrió apenas.
—Demasiado.
La respuesta me hizo mirarlo con más atención. Había algo en su forma de observar Los Álamos que me hizo entender que no estaba hablando solamente de una tranquera.
—¿Está esperando a alguien?
—A Tomás.
Ahora fui yo la que tardó en responder.
—¿Conocé a Tomás?
—Soy su tío.
Manuel.
No lo había visto nunca, pero supe quién era antes de que me dijera su nombre. Había algo en sus ojos, algo parecido a Tomás. No exactamente en los rasgos pero si en la manera de mirar.
—Soy Julieta.
—Ya sé.
La respuesta me sorprendió.
—¿Ya sabé?
—Tomás me habló de vos.
Sentí algo extraño en el pecho.
No porque fuera raro que Tomás hubiera hablado de mí, sino porque acababa de descubrir que había cosas que había contado y otras que, evidentemente, no.
Manuel se separó del capó.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Abrió los brazos apenas.
—¿Puedo saludarte?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Sí, claro.
Me acerqué y él me abrazó con naturalidad, como si nos conociéramos desde hacía tiempo.
Cuando nos separamos, sonrió.
—Así que vos sos Julieta.
—Sí.
—Por fin.
Lo miré.
—¿Por fin?
—Tomás me habló de vos.
—¿Qué le contó?
Manuel sonrió de costado.
—Lo suficiente.
No parecía tener intención de explicarme qué significaba eso. Miró hacia la casa.
—¿Hace cuánto están casados?
Ahí sí me quedé quieta.
—No mucho.
Manuel sonrió.
—¿Luna de miel?
—Algo así.
Lo dije demasiado rápido.
Él soltó una risa.
—Entonces llegué en un buen momento.
Sonreí.
—Supongo.
No tenía idea de qué le había contado Tomás sobre nosotros.
Pero, por lo visto, el matrimonio falso no estaba entre esas cosas.
Manuel volvió a mirar hacia la tranquera.
—Hacía mucho que no venía.
—¿A Los Álamos?
Asintió.
—Demasiado.
—¿Quiere que vaya a buscar a Tomás?
Me miró.
—Sí.
Hizo una pausa.
—Pero no hace falta que le digas que estoy acá si no querés.
—¿Por qué no?
—Porque todavía no sé si voy a entrar.
Miré la tranquera. Después a él.