La frase de Tomás se quedó conmigo durante buena parte de la noche.
Mañana arranca la cosecha.
No sabía si lo que me inquietaba era la cosecha en sí o todo lo que podía pasar a partir de ella. Habíamos tomado una decisión, bueno él había tomado una decisión pero yo había decidido quedarme a su lado aunque todavía no supiera exactamente qué significaba eso.
Apagué la computadora bastante después de medianoche. Cuando entré a la habitación, Tomás ya estaba dormido, me quedé unos segundos mirándolo, tenía una mano debajo de la almohada y la otra sobre la sábana, como si se hubiera quedado dormido a mitad de algún movimiento.
Me acosté con cuidado para no despertarlo, no pensé en el fertilizante, ni en los Villa Urquiza, ni en Buenos Aires. Solo en que al día siguiente iba a empezar la cosecha y que, por alguna razón, quería estar ahí para verla.
La cosecha empezó temprano.
Cuando abrí los ojos, Tomás ya estaba despierto.
La luz apenas entraba por la ventana y él estaba sentado en el borde de la cama, terminando de ponerse las botas.
Me quedé mirándolo unos segundos, no porque hiciera algo particularmente interesante, solo porque todavía me gustaba descubrirlo en esos momentos en los que no sabía que lo estaba mirando.
Se acomodó la camisa, se pasó una mano por el pelo y después buscó la boina que había dejado sobre la silla.
—¿Hace mucho que estás despierta?
—Un rato—Sonreí—No me despertaste
—Un rato —sonreí—. ¿No me despertaste?
Tomás hizo una mueca de inocencia.
—Me dio lástima cortarte el concierto.
Fruncí el ceño.
—¿Qué concierto?
—El de tus ronquidos.
Abrí los ojos de golpe.
—¡Yo no ronco!
Agarré la almohada y se la tiré. La atrapó antes de que le pegara.
—Son ronquidos dulces.
—La próxima dormís en el sillón.
Se acercó riéndose.
—¿Y perderme esto?
Antes de que pudiera volver a protestar, me dio un beso.
Cuando se separó, apoyó la frente contra la mía.
—Buen día.
No pude sostener el enojo ni dos segundos.
—Buen día.
—Hoy empieza la cosecha.
—Sí.
Había algo distinto en su voz. No preocupación exactamente.
Atención.
Como si desde que había abierto los ojos todo lo demás hubiera pasado a segundo plano.
—¿Estás nervioso?
—No.
Hizo una pausa.
—Estoy atento, nervioso estaría si no supiera qué hacer.
—¿Y sabés?
—Más o menos.
Se acercó.
—¿Vos qué vas a hacer hoy?
—Todavía no lo sé.
—Podrías venir conmigo.
—¿A trabajar?
—A mirar.
—Eso se me da bastante bien.
—Ya me di cuenta.
Le pegué un pequeño empujón.
—No te burles.
—No me estoy burlando.
Se inclinó y me besó en la frente.
—Te busco cuando termine de desayunar.
Lo vi salir.
Había algo extraño en que aquella escena ya no me resultara extraña. Tomás levantándose antes que yo, yo sabiendo que iba a volver.
Los dos empezando el día en la misma casa, en la misma cama. No era una gran cosa, sin embargo, empezaba a sentirse como una.
Después del desayuno salimos hacia el campo.
El movimiento alrededor del campo era completamente distinto al de los días anteriores.
Las máquinas ya estaban trabajando y los hombres se repartían entre distintas tareas.
Tomás parecía estar en todas partes.
Revisaba una máquina, hablaba con uno de los trabajadores, volvía sobre sus pasos para mirar otra cosa y después se acercaba a Ramiro para intercambiar algunas palabras.
Yo me quedé cerca. No necesitaba que me explicaran cada cosa para entender que aquel día tenía un ritmo diferente.
Todo parecía más preciso, más urgente. La cosecha no esperaba, Tomás tampoco.
Lo observé durante un rato. Había algo en él que cambiaba cuando trabajaba, se volvía más concentrado, más seguro. No necesitaba levantar la voz para que los demás lo escucharan, tampoco necesitaba estar encima de nadie, miraba, preguntaba, corregía cuando hacía falta y seguía. Me sorprendió pensar que aquella versión de él no era nueva, era la misma que había conocido desde que llegué. Solo que ahora podía verla con otros ojos, ya no era simplemente el hombre que trabajaba en Los Álamos, era el hombre que conocía aquel campo como si pudiera leerlo y quizás por eso le dolía tanto verlo tratado como una cosa. Me quedé pensando en eso hasta que Tomás se acercó.
—¿Qué hacés?
—Observando.
Me sonrió.
—Estoy tratando de entender.
—¿Qué cosa?
Miré hacia las máquinas.
—Cómo funciona todo.
—¿Y?
—Todavía no decidí si me gusta más mirar o preguntar.
—Preguntar.
—¿Por qué?
—Porque cuando mirás, te quedás pensando demasiado.
—Eso es una crítica.
—Es una observación.
Lo miré.
—Sos insoportable.
—Y aun así viniste.
—No sabía que había que soportarte como requisito.
—Está en la letra chica del matrimonio.
Solté una risa. Él sonrió, me dio un beso y volvió al trabajo.
Lo seguí con la mirada hasta que se alejó. Todavía me sorprendía lo fácil que se había vuelto reír con él.
Las horas pasaron entre el ruido de las máquinas y el movimiento constante de los trabajadores.
Yo iba y venía entre los distintos sectores, a veces ayudaba con alguna tarea sencilla, otras, simplemente observaba.
Más tarde saque la computadora para ir adelantando papeleo administrativo.
Tomás aparecía cada tanto, a veces solo para preguntarme si necesitaba algo, otras para dejarme una indicación.
Una vez pasó por mi lado y me dejó una botella de agua sin decir nada, la miré, después lo miré a él.
—¿Qué es esto?
—Agua.
—Ya sé que es agua.
—Entonces no entiendo la pregunta.
—¿Por qué me la das?.
—Te conozco.
—¿Y?
—Si estas concentrada, te olvidas de tomar.
Lo miré unos segundos.