Un hogar prestado

Capítulo 13: La caja

El camino de regreso a Los Álamos se me hizo interminable.
Tomás manejaba con las dos manos sobre el volante. Yo miraba por la ventanilla.
Ninguno de los dos había dicho una palabra desde que dejamos atrás la escuelita.
Pero mi cabeza no se había quedado en silencio, al contrario, no podía dejar de pensar en lo que acababa de escuchar.

Debe ser difícil para vos volver ahí después de tantos años.

Volver.

Después de tantos años.
La frase seguía dando vueltas en mi cabeza y, de pronto, algunas cosas empezaron a encajar.
La forma en que Tomás conocía los caminos. La familiaridad con algunas personas. La manera en que había hablado de la escuelita. Las veces que se había quedado mirando la casa.
Yo lo había notado. Por supuesto que lo había notado.

Era científica. Pasaba buena parte de mi vida observando cosas que los demás no veían.
Pero nunca había imaginado esto, que Tomás hubiera vivido allí.
Que Los Álamos fuera el lugar al que había querido volver, el lugar al que ya había pertenecido.
Lo miré de reojo, el seguía con los ojos puestos en el camino.

—¿Sos hijo de alguno de los dueños de la hacienda?

No respondió.

Esperé.

Nada.

Volví a mirar hacia adelante.

—¿Tu mamá trabajó ahí?

Silencio.

Una hipótesis menos.

O quizás no.

—¿Quedó embarazada de alguno de ellos?

Esta vez sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del volante.

Sentí que algo no estaba bien.
Pero ya había empezado.

—¿Te dieron en adopción?

Tomás frenó.
No fue un frenazo brusco. Pero sí lo suficientemente repentino como para que mi cuerpo se inclinara hacia adelante.
La camioneta quedó atravesada en el camino. Por un segundo ninguno de los dos se movió.

Tomás respiró hondo.

Una vez.
Dos.
Después apagó el motor y bajó.

Lo seguí.

—Tomás…

—No te acerques.

No lo dijo fuerte.
Eso fue peor, su voz salió rota.

Me quedé donde estaba.
Él apoyó las manos sobre la cintura y miró hacia el campo.

Parecía estar intentando ordenar algo que llevaba demasiado tiempo desordenado.
Yo no sabía qué decir.
Porque, por primera vez desde que lo conocía, no tenía una explicación posible.

Solo preguntas.

—No podés negar que desde que llegamos mirás esa casa como si…

Se dio vuelta y lo vi. No estaba enojado, o no solamente, había algo más.

Algo que nunca había visto en él. Dolor.

—¿Sabés qué es lo peor?

No respondí.

—Que inventaste toda una vida para mí en cinco minutos.

Respiró hondo.

—Y no acertaste una sola cosa.

Bajé la mirada.

No sabía qué contestar.

—Jamás te pregunté por qué te despertás sobresaltada.

Sentí que algo se cerraba en mi pecho.

—Jamás te pregunté por qué a veces te quedás mirando la nada.

No apartó los ojos de mí.

—Jamás te pregunté por qué saliste corriendo cuando viste una ecografía.

Me quedé helada.
La ecografía, la de la vaca, él lo había notado.
Había visto cómo me había quedado quieta cuando el veterinario empezó a explicar lo que estaba viendo en la pantalla.
Había visto cómo después me había ido, y había entendido que no era por la vaca.
No sabía qué había pensado, no sabía qué explicación se había dado, pero había entendido que había algo. Y nunca había preguntado.
Nunca.
Tomás dio un paso hacia mí.

—Nunca te pregunté nada de eso.

Yo no podía moverme.

—Porque entendí que no querías hablar.

Bajó la mirada.

—Y lo respeté.

Sentí que se me cerraba la garganta, porque era verdad, había habido momentos.
Preguntas que podría haber hecho, situaciones en las que cualquier otra persona habría insistido pero él no lo había hecho. Había estado ahí, al lado mío, sin exigir explicaciones.
Mientras yo, en cambio, acababa de inventarle una vida entera en unos minutos.

—Sos una hipócrita.

La palabra me golpeó.
Pero no retrocedí.

—No porque ocultes cosas.

Levantó la mirada.

—Porque me exigís respuestas que vos todavía no podés dar.

Sentí un nudo en el estómago.

—Yo respeté tus silencios.

Su voz bajó todavía más.

—Lo único que te pedí fue que respetaras los míos.

No pude responder. Porque tenía razón.

Y eso era lo que más me dolía.

Había hecho exactamente aquello que tanto odiaba que hicieran conmigo.

Había tomado algo que no entendía y lo había convertido en un problema que necesitaba resolver.

Tomás volvió a la camioneta. Yo tardé unos segundos en seguirlo.

El viaje continuó en silencio, pero ya no era el mismo silencio de antes, ahora estaba lleno de cosas que ninguno de los dos sabía cómo decir.

Cuando llegamos a Los Álamos, Tomás bajó primero.

Abrió la tranquera. Entró la camioneta.

La cerró. Después bajó mis cosas.

Como siempre.

—Gracias —murmuré.

—De nada.

Nada más.

Lo vi alejarse hacia los galpones.

No lo seguí. Por primera vez desde que llegamos, no sentí la necesidad de hacerlo.

Entré a la casa.

Cerré la puerta del dormitorio y me quedé apoyada contra ella.

No lloré, no tenía ganas de llorar, tenía demasiadas cosas dando vueltas en la cabeza.

Tomás había vivido allí. Había sido un chico de esa casa. Había ido a esa escuela. Había conocido a esas personas mucho antes de conocerme a mí y yo no sabía nada.

Pero tampoco podía dejar de pensar en sus palabras.

Yo respeté tus silencios.

Me quedé mirando el dormitorio.

Después miré la caja. La misma que había llevado conmigo desde el primer día.

La que había permanecido cerrada mientras mi vida cambiaba de lugar.

Me acerqué. Y me agaché frente a ella.

Pasé los dedos por la tapa. Durante unos segundos no hice nada, después la abrí.




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