Dormí poco. No porque hubiera trabajado hasta tarde.
Después de la cena había intentado revisar nuevamente la información sobre el fertilizante, pero las palabras de Manuel aparecían cada tanto entre los datos. “No dejes que pelear por la tierra te haga perder a la gente”.
Había algo en esa frase que no conseguía sacar de mi cabeza.
A las seis de la mañana ya estaba despierta.
Me quedé unos minutos mirando el techo, escuchando el silencio de la casa. Después escuché movimiento en la cocina.
Tomás.
Me levanté y fui hasta ahí, Tomás estaba preparando café, dos tazas, dos tostadas. Una tenía dulce de leche.
—Buen día.
Giró la cabeza.
—Buen día.
Me alcanzó una taza, le di un beso corto cuando me acerque.
—¿Dormiste?
—Más o menos.
—Yo también.
Me senté.
—¿Seguís pensando en lo de Manuel?
Tomás apoyó las manos sobre la mesada.
—Sí.
—Yo también.
No hizo falta decir mucho más.
Los dos habíamos pasado buena parte de la noche dando vueltas sobre la misma pregunta.
¿Qué había detrás de aquella historia? Y, sobre todo, ¿por qué ahora?
Tomás se sentó frente a mí.
—No quiero sacar conclusiones sin tener nada.
—Yo tampoco.
—Mi tío no tiene pruebas.
—Lo sé.
—Puede estar equivocado.
—Si.
Tomé un sorbo de café.
—Pero no creo que haya venido hasta acá para contarte algo que se inventó.
Tomás bajó la mirada.
—Yo tampoco.
Antes de que pudiera decir algo más, escuchamos el motor de una camioneta acercándose por el camino.
Tomás miró hacia la ventana.
—Es Ramiro.
Dejó la taza.
—¿Tan temprano?
—Algo pasa.
Nos levantamos.
Ramiro estacionó cerca de la casa y bajó con una carpeta bajo el brazo.
Lo conocía lo suficiente como para saber que no había venido a tomar café.
—Buen día.
—Buen día —respondió Tomás.
Ramiro me miró.
—Julieta.
—Hola.
Entró unos pasos y dejó la carpeta sobre la mesa.
—Los Villa Urquiza quieren empezar hoy.
Tomás no se sentó.
—¿Con el fertilizante?
—Sí.
—¿Hoy?
—Hoy.
Ramiro abrió la carpeta.
—Me mandaron las indicaciones anoche.
Tomás se acercó.
—¿Qué indicaciones?
—Aplicar en los lotes que definimos.
Saqué las hojas y las revisé.
Había un listado de sectores, cantidades y fechas.
—¿Y los análisis?
Ramiro señaló unas hojas.
—Están acá.
Los recorrí con la mirada.
—Faltan las hectáreas de el lote cuatro.
—Sí.
—¿No se analizó?
—Todavía no.
Levanté la vista.
—Entonces no entiendo cómo definieron la cantidad.
Ramiro me miró.
—Tomaron como referencia los resultados anteriores.
—¿De cuándo?
—Del año pasado.
—Eso no alcanza.
Tomás se apoyó en la mesa.
—¿Qué te parece?
Ramiro no respondió enseguida.
Miró las hojas, después a nosotros.
—Que técnicamente preferiría tener el análisis completo antes de aplicar.
Tomás asintió.
—Entonces esperamos.
Ramiro negó lentamente.
—No puedo decidir eso yo.
—Sos el ingeniero.
—Sí.
—Entonces decime qué harías.
Ramiro se quedó unos segundos en silencio.
—Si fueran mis tierras, esperaría.
Tomás levantó la mirada.
Ramiro sostuvo sus ojos.