A la mañana siguiente encontré una nota sobre la mesa de la cocina.
Salí a recorrer el campo. No tardes mucho en desayunar.
Debajo, en otra línea, había agregado:
Y no te olvides del dulce de leche.
Sonreí.
Era extraño cómo algunas cosas podían convertirse en costumbre tan rápido.
Desayuné mientras repasaba mentalmente lo que había leído la tarde anterior sobre el fertilizante.
Después llevé la computadora a la mesa y volví a abrir los documentos.
No era un producto necesariamente malo. Ese era el problema., no podía decir simplemente que había que descartarlo. El fertilizante podía aportar los nutrientes que el suelo necesitaba y mejorar el rendimiento de una cosecha. Pero el uso repetido, en cantidades incorrectas o sin tener en cuenta las características del suelo, podía alterar su composición y afectar a los microorganismos que intervenían en su equilibrio.
Necesitaba más información.
Sobre todo, necesitaba saber cuánto pensaban usar, en qué sectores y qué análisis habían hecho antes de decidirlo.
Anoté algunas preguntas. Cuando quise darme cuenta, llevaba casi una hora leyendo.
Cerré la computadora al escuchar la camioneta.
Tomás había vuelto.
Lo vi pasar frente a la ventana y recién entonces reparé en algo que me hizo levantar las cejas.
Mi auto.
Me acerqué hasta la puerta y salí.
Tomás estaba al lado de la camioneta, hablando con uno de los trabajadores.
Esperé a que terminara y me acerqué.
—Arreglaste la luz.
Miró hacia mi auto.
—Sí.
—Gracias.
Recién entonces levantó la vista.
—¿Así nomás?
Fruncí el ceño.
—¿Cómo que «así nomás»?
Se apoyo contra la camioneta y me miro.
—No me diste ni los buenos días.
Me reí y le di un beso.
—Buenos días.
—Ahora sí.
Negué con la cabeza.
—¿La arreglaste para ganarte un beso?
Tomás sonrió.
—Me descubriste.
No pude evitar devolverle la sonrisa.
—Sos bastante predecible.
—No siempre.
Antes de que pudiera contestarle, escuchamos la voz del ingeniero desde el galpón.
—Tomás.
Él se giró.
—Ya voy.
Lo seguí.
No porque me hubiera llamado nadie, sino porque todavía tenía demasiadas preguntas sobre el fertilizante como para quedarme afuera.
El ingeniero estaba junto a unas bolsas apiladas contra una de las paredes.
—Hola Julieta.
—Buen día Ramiro.
Lo miro a Tomás.
——Tenemos que empezar con la aplicación esta semana. —dijo.
Tomás se cruzó de brazos.
—¿Ya está decidido?
—Los dueños dieron el visto bueno.
Tomás miró las bolsas.
—¿Y los análisis del suelo?
—Están hechos.
—Quiero verlos.
El ingeniero hizo una pausa.
—Los tienen en el laboratorio.
—Entonces quiero hablar con ellos antes de que se empiece a tirar esto.
——Tomás, el campo necesita sacar cierta cantidad este año. No podemos darnos el lujo de perder rendimiento. Esta aplicación puede ayudarnos a sostener el rendimiento de ese lote.
Tomás volvió a mirar las bolsas.
—Puede ayudarnos. También puede perjudicarnos si se usa sin saber qué necesita el suelo.
—Para eso estamos los ingenieros.
—Y para eso también están los análisis.
El hombre me miró.
—Justamente. La señorita estuvo leyendo información sobre el producto.
No me gustó el tono.
—Estuve revisando sus componentes y los posibles efectos de un uso prolongado.
El ingeniero soltó una pequeña risa.
—Una cosa es leer papers. Otra muy distinta es trabajar un campo.
Tomás levantó la cabeza.
—Cuidado cómo le hablas.
El tono había cambiado.
El ingeniero lo miró.
—No le falté el respeto.
—Acabás de hacerlo.