Después del abrazo, ninguno de los dos volvió a mencionar lo que había pasado.
Ni la caída, ni mis lágrimas, ni aquello que Tomás había dicho mientras me curaba.
Quizás porque los dos entendíamos que algunas cosas, cuando se nombraban, podían dejar de ser sencillas.
A la mañana siguiente actuamos como si nada. O, por lo menos, intentamos hacerlo.
—¿Dormiste bien? —preguntó mientras cebaba el mate.
—Sí.
—¿El brazo?
Miré la gasa que cubría el raspón.
—Sigue en su lugar.
Tomás levantó la mirada.
—Duele un poco menos.—le respondi.
Asintió y siguió cebando.
Yo también intenté concentrarme en el desayuno. Pero algo había cambiado.
No sabía exactamente qué, quizás era que ahora conocía la sensación de estar entre sus brazos.
O que había descubierto que detrás de toda esa apariencia de hombre que parecía no necesitar nada de nadie había alguien capaz de asustarse de verdad cuando yo me caía de un caballo.
Me descubrí mirándolo más de una vez, y cada vez que nuestras miradas se cruzaban, alguno de los dos encontraba algo demasiado interesante que hacer.
Fue así durante toda la mañana. Hasta que empezó a llover, una lluvia fina al principio, que después se volvió más intensa.
Tomás salió igual. Lo vi desde la ventana cruzar hacia los galpones con la campera puesta y la cabeza agachada.
Cuando volvió varias horas después, estaba empapado. Dejó la campera sobre una silla.
—Estas empapado.
Se pasó una mano por el pelo mojado.
—No es para tanto.
Lo miré con atención. Tenía las mejillas coloradas.
—Estás enfermo.
—No.
—Tenés fiebre.
—Tengo frío.
Me acerqué y apoyé el dorso de mi mano sobre su frente.
Tomás se quedó quieto y yo también. Durante un segundo ninguno dijo nada.
Retiré la mano.
—Tenés fiebre.
—No sé, no creo.
—Porque no te la mediste.
—No.
Fui a buscar el termómetro.
—Julieta…
—Sentate.
—No hace falta.
—Sentate.
Me miró unos segundos. Después obedeció y pude ponerle el termometro.
—Esto no te da derecho a darme órdenes. Te caíste de un caballo ayer.
—Y sobreviví.
—También voy a sobrevivir.
—Tenés la cara colorada, estás temblando y acabás de decir que tenés frío estando empapado. Mi hipótesis es bastante sólida.
Se le escapó una sonrisa.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La científica.
—¿Qué tiene?
—Nada.
Se acomodó en la silla.
—Me gusta más que la que se cae de los caballos.
—Fue una sola vez.
—Ayer.
—No necesitás recordármelo.
—No pienso olvidarlo.
Lo miré de reojo. Había vuelto a sonreír y me gustó. Más de lo que debería.
El termómetro sono. Lo saqué y miré la pantalla.
—Treinta y siete ocho.
Tomás cerró los ojos.
—Bueno.
—¿Bueno qué?
—Fue un gusto conocerte.
Lo miré.
—¿Qué?
—Decile a mi mamá que la quise mucho.
Me quedé mirándolo unos segundos.
—Tomás.
—Y a Moro también.
—Tenés treinta y siete ocho.
—Exactamente.
No pude evitar reírme.
—Exagerado.
—No estoy exagerando.
—Los hombres y la fiebre…
—No es gracioso.
—Un poco sí.
—Cuando estés en mi lugar no te vas a reír.
—Cuando esté en tu lugar voy a tener treinta y siete ocho y voy a seguir trabajando.
—Eso es porque sos una inconsciente.
—Y vos un exagerado.
Se puso de pie.
—Me voy a acostar.
—Eso sí es una buena idea.
Una hora después seguía despierto.
Le llevé agua.
—Tomá.
—Gracias.
—¿Comiste algo?
—No tengo hambre.
—Eso no es una respuesta.
—No tengo hambre.
—Entonces vas a comer aunque no tengas hambre.
—¿También vas a obligarme?
—Sí.
Sonrió apenas.
—Qué suerte la mía.
Fui a buscar algo para comer. No había demasiado. Y entonces recordé algo.
Sopa.
No sabía por qué había sido lo primero que se me había ocurrido. Quizás porque, cuando era chica, cada vez que me enfermaba Meli hacía sopa. Meli había sido mi niñera durante muchos años, era la persona que sabía cuándo me dolía algo antes de que yo lo dijera. La que me hacía sentar a comer cuando yo prefería seguir estudiando. La que me preparaba el postre de maicena que todavía podía recordar con absoluta precisión.
Y la sopa. Siempre la sopa.
Puse una olla sobre la cocina y empecé a cortar verduras.
Por un momento me quedé mirando la tabla. era extraño, había pasado tanto tiempo desde la última vez que alguien me había cuidado así que ahora era yo quien estaba preparando una sopa para alguien más.
Cuando volví a la habitación, Tomás estaba acostado, tenía el acolchado hasta el pecho. Parecía un hombre que estuviera atravesando una enfermedad terminal.
—¿Qué es eso?
—Sopa.
—No tengo ocho años.
—No.
Dejé el plato sobre la mesa de luz.
—Pero tenés fiebre y estás haciendo exactamente lo que haría un nene enfermo.
—No estoy haciendo nada.
—Te quejaste tres veces desde que te acostaste.
—No me quejé.
—Te escuché.
—Estaba respirando.
—Muy dramáticamente.
Sonrió y tomó la cuchara. Probó un poco.
—Está buena.
—Gracias.
Comió otra cucharada.
—¿La hiciste vos?
—Sí.
—¿Quién te enseñó?
La pregunta me tomó desprevenida.
Miré el plato.
—Me la hacía Meli.
—¿La niñera?
Asentí.
—Sí.
Tomás siguió comiendo.
No preguntó nada más y agradecí que no lo hiciera.
—También me hacía un postre de maicena riquísimo.
—¿También lo sabés hacer?
—Sí.
Levantó la mirada.
—Entonces definitivamente me estoy recuperando.
—No te emociones.
—¿Por qué?
—Porque no te voy a hacer ningún postre.
—Qué mala enfermera.
—No soy enfermera.