Al día siguiente volvimos a la escuelita con las pinturas cargadas en la camioneta.
Los chicos parecían haber estado esperando desde antes que llegáramos. Apenas bajamos los baldes, aparecieron los pinceles, los trapos y las ganas de pintar todo lo que encontraran.
Yo había calculado que la cantidad de pintura alcanzaba.
Después de ver a uno de los chicos usar medio balde para cubrir una superficie que probablemente necesitaba la mitad, empecé a dudar de mis cálculos.
—Te dije que iba a faltar —le dije a Tomás.
—Todavía no falta.
Miré el balde, después la pared.
—Todavía.
Tomás sonrió.
—Por eso compramos de más.
—No. Compramos de más porque yo lo calculé.
—Claro.
No me gustó ese tono.
Pero antes de poder contestarle, una de las nenas me puso un pincel en la mano.
—Vení.
—No soy muy buena.
—Yo tampoco.
No tuve argumentos contra eso, así que fui.
No tardé demasiado en descubrir que realmente no era buena. Intenté hacer una línea recta y terminó siendo una curva bastante poco defendible.
—Eso está torcido —me informó uno de los chicos.
—Ya sé.
—¿Lo vas a arreglar?
Miré la pared.
—Sí.
No tenía la menor idea de cómo.
Tomás pasó detrás de nosotros cargando otro balde.
—Improvisando.
Lo miré.
—No te metas.
—No dije nada.
—Lo dijiste con la cara.
—Ahora también me controlás la cara.
—Estoy aprendiendo.
Se rió y siguió caminando.
Me quedé mirando mi línea torcida. Por primera vez en mucho tiempo estaba haciendo algo sin saber exactamente cómo iba a quedar y, sorprendentemente, no me molestaba.
La pared del fondo era la única que seguía completamente blanca.
La maestra la miró unos segundos.
—Acá queríamos hacer un mural.
—¿Y qué van a pintar? —pregunté.
Fue un error hacer esa pregunta.
—¡Un dinosaurio!
—¡Un caballo!
—¡Un unicornio!
—¡Una nave espacial!
—¡Un tractor!
—¡Un barrilete!
Cinco chicos.
Cinco ideas completamente incompatibles.
Me reí.
—Bueno…
Agarré un pedazo de tiza y empecé a marcar algunas líneas sobre la pared.
—A ver.
Todos se acercaron.
—Si hacemos un dinosaurio gigante…
—No entra el unicornio.
—Exacto.
—¿Y si hacemos un caballo?
—No entra el cohete.
Seguimos probando.
Hasta que levanté la cabeza.
—¿Y si no hacemos un dibujo?
Los chicos me miraron, confundidos.
—¿Cómo que no?
—¿Y si hacemos un lugar?
Agarré nuevamente la tiza.
Primero dibujé un camino, después unas casas, un árbol y una tranquera.
Los chicos empezaron a acercarse más.
—Acá puede haber un caballo.
—Acá una huerta.
Otra nena levantó la mano.
—¿Y el unicornio?
Sonreí.
—Puede vivir acá.
Le marqué un lugar entre unos árboles.
—¿Y el cohete?
—Sale desde este lado.
—¡Y los autos de carrera!
—Acá tienen una pista.
Sin darme cuenta, dejé de dibujar yo.
Empecé a hacer preguntas, ¿Qué falta?, ¿Dónde iría?, ¿Cómo llegamos hasta ahí? y ellos completaban los huecos.
Un caballo cerca de una tranquera, un unicornio escondido entre los árboles, una pista donde corrían autos de carrera, un cohete listo para despegar, una bicicleta apoyada contra una casa, una luna enorme mirando todo desde arriba.
No tenía demasiado sentido. Pero cada vez que alguno proponía algo nuevo, encontrábamos un lugar para ponerlo.
No hacía falta elegir entre el caballo y el cohete, entre el unicornio y los autos, entre lo que uno quería y lo que quería el otro porque todo podía existir en el mismo lugar.