Un hogar prestado

Capítulo 27: Vínculos

El frío seguía llegando antes que el amanecer.

Durante la cosecha, Los Álamos había encontrado otro ritmo. Las máquinas seguían trabajando, pero ya no con la urgencia de los primeros días. Nosotros también.

Había empezado a acostumbrarme a cosas que meses atrás me habrían parecido ajenas, a los mates antes de salir, al barro pegado en las botas, a encontrar a Tomás silbando mientras acomodaba herramientas como si esa fuera la forma más normal del mundo de empezar un día.

—¿Me alcanzás la llave diecisiete? —preguntó desde el galpón.

Llegué hasta la caja de herramientas y empecé a buscar.

Levanté una.

—¿Esta?

—No.

Levanté otra.

—¿Esta?

—Tampoco.

Tomás me miró.

—La que dice diecisiete.

Bajé la vista hacia la herramienta que tenía en la mano.

—Esta dice diecisiete.

—Esa es la diez.

La miré otra vez.

—Entonces no dice diecisiete.

Tomás se rió.

—Sí dice. Mirá acá.

Se acercó y señaló el número grabado en la herramienta.

—Eso es el tamaño.

—¿El tamaño de qué?

Me miró unos segundos.

—De la llave.

—Ya sé que es una llave.

Levanté una ceja.

—¿A las científicas no les enseñan esto?

—No.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Y cómo sobrevivís?

—Hasta ahora, bastante bien.

—Qué suerte. ¿Querés que te explique?

—No.

—¿Segura?

—Sí.

—Después no digas que no te enseño cosas.

Tomás negó con la cabeza, todavía riéndose.

—Dame eso.

Me sacó la herramienta de la mano y encontró la correcta.

—Esta.

—Perfecto.

—¿Ves?

—Sí.

—No era tan difícil.

—Para vos.

—Para una científica debería serlo menos.

Le di un pequeño empujón con el hombro.

—Andá a trabajar.

—Sí, doctora.

Sonreí.

Estaba por volver a la casa cuando el celular vibró.

Marta.

Atendí.

—Hola Marta. ¿Pasó algo?

—Hola Juli. No, pero vino un matrimonio al puesto.

Fruncí el ceño.

—¿Qué matrimonio?

—Están preguntando cómo llegar a Los Álamos.

Miré hacia el camino.

—¿Te dijeron algo más?

—No. Solo preguntaron por la estancia.

—¿Dónde están ahora?

—Ya se fueron.

Hizo una pausa.

—Hace unos quince minutos.

Escuché un ruido de motor.

Levanté la vista.

Un auto acababa de aparecer por el camino de entrada.

Me quedé quieta. No necesitaba ver la patente, conocía ese auto.

—Juli —dijo Marta del otro lado.

No respondí.

Tomás levantó la cabeza desde el galpón.

—¿Qué pasó?

Lo miré.

Después miré el auto que se acercaba.

—Mis padres.

Del otro lado del teléfono se escuncho un suponía de la voz de Marta.

Tomás también se quedó quieto. Nadie dijo nada durante unos segundos.

El auto avanzó hasta detenerse frente a la casa.

Y entendí que Buenos Aires acababa de llegar a Los Álamos.

Mi mamá bajó primero, Papá salió del lado del conductor.

Durante unos segundos ninguno de los tres se movió. Después mamá caminó hacia mí y me abrazó.

—Julieta, hija

—Hola mamá.

Me separé.

Papá me dio un beso en la frente.

—¿Cómo estás?

—Bien.

Mi mamá me miró de arriba abajo.

—Estás más flaca.

—No.

—Sí.

—Estoy igual.

Ella no discutió.

Solo volvió a mirarme. Después sus ojos recorrieron el lugar, la casa, el galpón, los caballos. El campo.

—Hace frío —dijo.

—No mucho.

Mi papá sonrió apenas.

—Seguís igual de contestadora.

—Y ustedes siguen viniendo sin avisar.

—Queríamos verte.

Miré a ambos.

Una parte de mí quería creerlo, otra ya estaba esperando el motivo real.

Tomás se acercó.

—¿Quieren pasar?

Mi mamá lo miró unos segundos. Esperó, como si estuviera esperando que alguien dijera quién era.

Mi papá hizo lo mismo. Sentí el silencio estirarse demasiado.

—Mamá… Papá…

Tragué saliva.

—Él es Tomás.

Hice una pausa.

—El administrador del campo.

Ninguno de los dos dijo nada enseguida.

Mi papá fue el primero en extender la mano.

—Mucho gusto.

—Igualmente.

Mi mamá sonrió con educación.

—Gracias por recibirnos.

Tomás respondió con la misma cordialidad.

—No hay problema.

Pero cuando giró apenas la cabeza hacia mí, lo vi. No fue enojo, fue algo mucho más pequeño y por eso dolió más.

La sombra de una decepción que desapareció enseguida, como si hubiera decidido esconderla antes de que yo pudiera pedirle perdón.

Aparté la mirada.

Porque entendí demasiado tarde que no lo había presentado como mi novio y con quien convivo.

Lo había presentado como si todavía fuera solamente una parte del campo

Intente mirarlo, necesitaba decirle con la mirada que lo siento. Pero el ya estaba caminando hacia la casa. Con mi papá y mi mamá detrás.

Al entrar en casa preparé café. Tomás se quedó cerca de la mesa mientras mis padres se acomodaban.

Durante unos minutos hablamos de cosas pequeñas, el viaje, el camino, la cosecha, el tiempo.

Hasta que mi papá dejó la taza sobre la mesa.

—Inés habló con nosotros.

Ahí estaba el motivo de la visita inesperada.

—¿Sobre el proyecto?

—Sí.

—Pensé que habían venido a verme a mí.

Mi mamá me miró.

—También.

La palabra me molestó más de lo que debería.

—¿Qué necesitan?

Mi papá se acomodó en la silla.

—Necesitamos saber qué pensás hacer.

—Todavía no lo sé.

—Julieta, no podés dejar una decisión así indefinidamente.

—Sí puedo.

—No se trata solamente de vos.

—Es mi proyecto.

—Precisamente.

Mi mamá intervino.

—Esa investigación la empezaste vos. Hay años de trabajo ahí.

—Lo sé.

—Y ahora hay resultados que necesitan ser revisados.

—Ya los estoy revisando.




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