Todavía no había amanecido cuando encendí la computadora.
La casa estaba completamente en silencio, ni siquiera se escuchaban los pájaros.
A esa hora, Los Álamos parecía otro lugar. Más grande. Más quieto. Como si durante unas horas todo lo que pasaba durante el día quedara suspendido.
La única luz prendida era la de la pantalla.
Tenía una planilla abierta desde hacía más de media hora y seguía mirando los mismos números.
Sueldos, había postergado demasiado el trabajo administrativo.
Entre la escuela, la pintada, la impresora, los preparativos del autocine y todo lo que había aparecido en el medio, había ido corriendo algunas tareas para después.
El problema era que los sueldos no podían esperar y yo tampoco podía seguir postergándolos.
Me pasé una mano por el pelo y volví a mirar la pantalla.
—Dale, Julieta.
Escribí un número, lo borré, lo volví a escribir.
Esta vez estaba bien.
Seguí.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuché pasos.
Levanté la cabeza y Tomás apareció en la puerta de la cocina.
Tenía el pelo desordenado y una remera vieja. Todavía tenía cara de recién levantado.
En una mano llevaba una taza, en la otra, un plato.
—¿Qué hacés despierta?
Miré el reloj.
—Trabajando.
—Ya veo.
Dejó la taza al lado de mi computadora. Después apoyó el plato, dos tostadas con dulce de leche.
Lo miré.
—¿Eso es para mí?
—No. Para la computadora.
Sonreí.
—Ah.
—Aunque si querés compartir, podemos negociar.
Tomé la taza. Café caliente.
—Gracias.
Tomás se sentó frente a mí.
—¿Hace cuánto estás con eso?
—No sé.
Miró la pantalla.
—¿Y no desayunaste?
—No.
—¿Por?
—Porque tenía que terminar esto.
—Podías hacerlo después.
—Los sueldos no.
Asintió.
—Eso es verdad.
Tomó una de las tostadas.
Lo miré.
—Esa era mía.
—Pensé que era de la computadora.
—Muy gracioso.
Sonrió apenas y se quedó.
No pregunté por qué. Podía haberse vuelto a acostar, de hecho, seguramente necesitaba dormir.
Pero se quedó sentado frente a mí, comiendo una tostada mientras yo terminaba de revisar números.
No hablamos demasiado. Cada tanto, él tomaba café, yo corregía alguna cosa, él miraba por la ventana y yo volvía a la pantalla.
Era extraño. No necesitábamos llenar cada silencio.
Antes, los silencios me incomodaban, con él empezaban a sentirse diferentes, no eran espacios que hubiera que completar. Eran simplemente espacios.
Cuando terminé la última liquidación, guardé el archivo y cerré la computadora.
—Listo.
Tomás miró el reloj.
—Casi amaneció.
Me estiré en la silla.
—Te dije que tenía trabajo atrasado.
—Lo dijiste.
—Y ahora ya no.
—Entonces valió la pena.
Lo miré.
—¿Quedarte despierto?
Se encogió de hombros.
—Hacerte compañía.
No supe qué responder, así que tomé otro sorbo de café.
El día pasó rápido. Demasiado rápido.
Entre las tareas habituales y las cosas que todavía quedaban pendientes después del autocine, apenas tuvimos tiempo de pensar. Trabajamos juntos, como veníamos haciéndolo cada vez más.
Tomás se encargaba de algunas cosas del campo y yo de otras más administrativas. A veces nos cruzábamos durante unos minutos y hablábamos de cualquier cosa.
A veces ni siquiera hablábamos. Pero ya no sentía que necesitáramos hacerlo.
Por la tarde, terminé con lo último que tenía pendiente y subí a bañarme.
Necesitaba despejarme. Había sido un día largo.
Abrí la ducha y dejé que el agua caliente me cayera sobre la cabeza.
Cerré los ojos y durante unos minutos no pensé en nada. Hasta que todo quedó a oscuras, abrí los ojos de golpe.
—¿Qué…?