Una semana y media después comprendí que existía una diferencia considerable entre soportar a una persona durante una noche y comenzar a acostumbrarse a que estuviera presente todos los días.
La primera situación era sencilla, podía ignorarla.
La segunda comenzaba a convertirse en un problema.
Durante los últimos diez días Nikolas y yo habíamos pasado más tiempo juntos del que probablemente habíamos pasado con cualquier otra persona fuera de nuestras respectivas familias. Por las mañanas trabajábamos en el despacho revisando documentos, comparando rutas e investigando a aquel enemigo de mierda que nos había obligado a establecer aquella alianza y, como consecuencia, a convivir bajo el mismo techo. Estudiábamos puertos, revisábamos movimientos sospechosos y discutíamos cuáles de nuestras operaciones podían beneficiarse de la alianza sin exponer demasiado a ninguna de las organizaciones. Después teníamos reuniones con personas que no podían saber exactamente qué ocurría detrás de las empresas legales cuyos nombres aparecían en los documentos y, por las noches, casi siempre terminábamos en algún evento, cena o fiesta donde debíamos tomarnos de la mano, sonreír y convencer a todos los presentes de que nuestro matrimonio era exactamente tan lleno de amor como lo habíamos vendido al mundo.
Resultaba agotador.
No el trabajo, porque el trabajo lo entendía.
Las rutas tenían sentido, los números tenían sentido y las negociaciones tenían sentido. Podía pasar horas observando un mapa sin aburrirme, podía estudiar durante días una organización antes de decidir si representaba una amenaza y podía analizar las palabras de un hombre durante una reunión hasta descubrir exactamente dónde estaba escondiendo la información que no quería revelar. Había pasado prácticamente toda mi vida aprendiendo a observar y encontrar aquello que los demás intentaban ocultar, por lo que sentarme durante horas junto a un escritorio no representaba ningún problema para mí.
Pero fingir estar enamorada era diferente.
Porque nadie podía enseñarte realmente cómo hacerlo.
Podían enseñarte a mentir, a manipular una conversación o a construir una identidad falsa durante una infiltración, pero nadie podía prepararte para mirar a un hombre a los ojos mientras fingías que lo amabas y conseguir que el resto del mundo lo creyera. Era todavía más complicado cuando ese hombre tenía la irritante costumbre de acercarse demasiado durante las fotografías, sonreírme como si realmente disfrutara estar casado conmigo y murmurar comentarios absurdos junto a mi oído solo para conseguir que tuviera que contener las ganas de golpearlo delante de cincuenta personas.
Lo peor era que, aparentemente aquello lo entretenía.
—Estás pensando demasiado —dijo Nikolas desde el otro lado del escritorio. Levanté lentamente la mirada.
—Estoy trabajando.
—Eso no responde a lo que dije.
—No preguntaste nada —respondí sin más volviendo la atención hacia los documentos que tenía delante. Él sonrió mientras continuaba revisando los papeles, como si mi respuesta hubiera confirmado exactamente lo que estaba pensando.
—Eso tampoco lo niega— lo observé durante unos segundos, conteniéndome de lanzar el abrecartas que tenía a un lado directamente hacia su cabeza.
—¿Siempre eres así?
—¿Inteligente?— Nikolas levantó la mirada con una sonrisa.
—Molesto —me quejé exasperada, mientras apoyaba ambas manos sobre el escritorio.
—Ah.
Su sonrisa aumentó ligeramente y yo volví a mirar los papeles.
Aquello era lo que más me irritaba de él.
Nunca parecía ofenderse.
Si lo ignoraba, encontraba algo divertido.
Si lo insultaba, encontraba algo divertido.
Si lo miraba como si estuviera considerando seriamente arrojarlo desde la terraza del departamento, encontraba algo particularmente divertido.
Y yo todavía no sabía si aquello era porque Nikolas Asteriadis era demasiado confiado o porque simplemente no tenía suficiente sentido de supervivencia. Había conocido hombres peligrosos durante toda mi vida y la mayoría reaccionaba cuando alguien les demostraba abiertamente que podía convertirse en una amenaza, sin embargo Nikolas parecía hacer exactamente lo contrario. Cuanto más evidente era mi irritación, más entretenido parecía estar.
Era una cualidad profundamente irritante, y desgraciadamente comenzaba a sospechar que lo sabía.
—Tenemos que decidir qué hacer con Baltimore —dije finalmente mientras señalaba una de las rutas sobre el mapa. Su expresión cambió inmediatamente.
Y eso aunque me negara a admitirlo, era una de las cosas que más me sorprendían de él. Nikolas podía pasar un minuto entero molestándome por mi manera de mirar, por algo que había dicho o simplemente por el placer de comprobar cuánto tardaría en perder la paciencia y al siguiente convertirse en un hombre completamente diferente.
Más serio. Más atento. Más jodidamente sexy y peligroso.
Odiaba que mi cerebro pensara esas cosas.
Se acercó ligeramente al escritorio y observó los documentos, inclinándose hacia delante mientras apoyaba una mano sobre la madera. Sus ojos azules recorrieron las fechas y las rutas marcadas sobre el mapa y la expresión divertida que había tenido unos segundos antes desapareció completamente.
—No podemos utilizar esa ruta todavía —dijo finalmente.
—¿Por qué? —pregunté, observándolo.
—Porque alguien está preguntando demasiado— Se encogió de hombros apenas, lo miré.
—¿Quién?
—Todavía no lo sé.
—Entonces deberíamos descubrirlo —me quejé irritada por su aparente falta de preocupación, Nikolas levantó la mirada hacia mí.
—Ya envié a Andreas.— Se quedó en silencio un instante como si aquello fuera una información completamente normal que no necesitara ninguna explicación adicional, lo observé jugando lentamente con el abrecartas entre mis dedos.
#34 en Ciencia ficción
#219 en Thriller
matrimonio por contrato y secretos, mentiras tratos contratos mafia, drama convivencia forzada
Editado: 21.09.2026