La primera sensación que tuve al despertar fue el dolor. No fue inmediato, al principio apenas existía como una molestia profunda y pesada en algún punto de mi cuerpo, pero conforme fui recuperando la conciencia comenzó a extenderse lentamente por mi costado obligándome a respirar con cuidado. Intenté moverme y una punzada atravesó mi cuerpo con tanta fuerza que mi rostro se contrajo antes de que pudiera evitarlo, así que volví a quedarme completamente quieta tratando de entender dónde estaba. Había un sonido constante a mi alrededor, un pitido regular, máquinas, voces lejanas y el olor inconfundible de un hospital, pero durante unos segundos no pude recordar absolutamente nada. Ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado.
Intenté abrir los ojos otra vez y esta vez conseguí mantenerlos entreabiertos, aunque todo continuaba borroso. El techo blanco se mezclaba con las luces del lugar y tuve que parpadear varias veces hasta que las formas comenzaron a adquirir sentido.
Nikolas.
Estaba sentado junto a mi cama inclinado hacia adelante con los antebrazos apoyados sobre sus piernas y la cabeza ligeramente agachada como si llevara horas luchando contra algo. Su cabello estaba completamente desordenado, mucho más de lo habitual, algunos mechones caían sobre su frente y su barba comenzaba a marcarse en su rostro, algo que rara vez permitía que ocurriera. Lo reconocí incluso antes de poder distinguir completamente sus facciones, porque llevaba aquella misma ropa del día, aunque ya no tenía puesto el traje táctico; alguien debió haberle retirado el chaleco, las armas y todo el equipo, pero la camisa seguía siendo la misma, arrugada, manchada y oscurecida por restos de sangre que ya no pertenecían a mi cuerpo. Habían limpiado su piel, sus manos y probablemente cualquier herida que tuviera, pero nadie parecía haber conseguido convencerlo de cambiarse.
Me quedé observándolo en silencio, intentando recordar cómo había terminado allí. La villa, Vardakis, el disparo, Nikolas... entonces todo volvió de golpe y mi corazón se aceleró.
Intenté hablar pero mi garganta estaba demasiado seca y apenas salió un sonido extraño. Nikolas levantó la cabeza inmediatamente como si hubiera recibido una descarga electrica de la nada. Sus ojos encontraron los míos y durante un segundo simplemente se quedó inmóvil, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
—Xue... —su voz salió ronca, cansada, completamente diferente a la seguridad con la que solía hablar.
Intenté responderle pero solamente conseguí mover ligeramente los labios. Él se levantó de la silla tan rápido que casi la hizo caer hacia atrás y se acercó a mi cama, inclinándose sobre mí sin tocarme todavía, como si tuviera miedo de hacerme daño.
—¿Puedes escucharme? —preguntó mientras tomaba mi mano con muchísimo cuidado—. Amor, mírame.
Lo hice y entonces note algo que me hizo sentir un extraño nudo en el pecho.
Había llorado.
No sabía cuánto tiempo llevaba así pero podía verlo en sus ojos, en las pequeñas marcas bajo ellos, en la forma en que su rostro parecía haber envejecido varios años. Nikolas Asteriadis, el hombre que jamás permitía que nadie viera una grieta en su armadura, estaba frente a mí completamente desarmado.
—¿Cuánto...? —mi voz salió apenas como un susurro y tuve que detenerme para respirar.
—No hables todavía —murmuró inmediatamente mientras acariciaba mis dedos con el pulgar—. Te acaban de despertar.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Cuánto... ti-empo?
Nikolas guardó silencio durante unos segundos y bajó la mirada hacia nuestras manos.
—Dos días.
Lo miré intentando procesarlo, dos días, había estado inconsciente durante dos días.
Intenté recordar algo de aquel tiempo, pero no encontré absolutamente nada, solo oscuridad y fragmentos confusos de sueños que ni siquiera sabía si habían ocurrido realmente. Bajé la mirada hacia mi cuerpo y entonces noté los tubos, los sensores y el vendaje que cubría gran parte de mi costado.
—¿La... ba-la...? —pregunté.
—La sacaron —respondió rápidamente mientras levantaba la mirada hacia mí—. Tuvieron que abrirte el costado para poder reparar el daño, pero lo hicieron a tiempo.
Cerré los ojos durante unos segundos mientras una sensación de alivio me recorría el cuerpo, entonces recordé algo más.
—¿Vardakis...?
—Está vivo.
Abrí los ojos nuevamente.
—¿Seguro?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios mientras sus manos se aferraban a la mia con una delicadeza increible.
—Lo tenemos encerrado y con más hombres vigilándolo de los que probablemente necesitaba toda su organización.— solté lentamente el aire.
—Bien...
—¿Eso es todo lo que tienes que decir después de hacerme pasar por el peor infierno de mi vida?— Nikolas negó con la cabeza y acercó mi mano a sus labios, depositando un beso suave sobre mis nudillos.
—Estás... horrible— Lo miré y durante unos segundos no pude evitar una pequeña sonrisa. Él soltó una risa baja completamente agotada, y apoyó la frente sobre nuestras manos.
—Gracias.
—De nada.
Se quedó así unos segundos y cuando volvió a mirarme pude notar que estaba intentando contener algo. Sus ojos volvieron a humedecerse y aquella expresión consiguió hacerme olvidar el dolor por un instante.
—Pensé que te perdía —susurró.
No supe qué responder, Nikolas se sentó nuevamente junto a mi cama y tomó mi mano entre las suyas, sosteniéndola con una delicadeza que contrastaba demasiado con el hombre que había visto entrar armado a una villa unas noches atrás.
—No despertabas en dos días —continuó mientras acariciaba lentamente mis dedos—. Los médicos decían que estabas estable, pero yo... —se interrumpió y tragó saliva—. No podía dejar de pensar que quizá no despertarías...
Lo observé en silencio y recordé la última imagen que había visto antes de perder la conciencia, Él, la sangre, su rostro y aquella desesperación que había intentado esconder mientras me sostenía.
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Editado: 25.09.2026