Dos años.
Dos años habían pasado desde aquella tarde en la que el contrato que había unido nuestras familias parecía ser lo único que teníamos en común y sin embargo ahora me encontraba sentada en el jardín de la casa de mi padre observando cómo el pequeño ser que había nacido de aquel acuerdo corría tambaleándose sobre el césped mientras cuatro personas lo seguían como si estuvieran persiguiendo al heredero de un imperio, lo cual, siendo completamente honestos, probablemente era exactamente lo que estaba ocurriendo.
—¡Elias, ven con mamá! —llamé mientras extendía los brazos hacia él desde mi lugar, pero mi hijo simplemente giró la cabeza, me miró durante unos segundos con aquellos enormes ojos azul profundo que había heredado descaradamente de su padre y soltó una carcajada antes de continuar caminando en dirección contraria.
—Traidor —murmuré con una sonrisa mientras negaba ligeramente con la cabeza.
Elias Asteriadis Zhao tenía poco más de un año y cuatro meses y ya había descubierto que podía utilizar aquella sonrisa suya para conseguir prácticamente cualquier cosa que quisiera. Tenía el cabello castaño oscuro, exactamente como Nikolas, aunque algunos mechones se levantaban sobre su cabeza de una manera completamente desordenada que hacía imposible mantenerlo peinado durante más de cinco minutos. Sus ojos eran azul profundo tan parecidos a los de su padre que todavía me sorprendía cuando lo miraba y encontraba el rostro de Nikolas en una versión diminuta, redonda y con mejillas que daban ganas de morder. Incluso tenía aquella pequeña forma de inclinar la cabeza cuando observaba algo que no comprendía, un gesto que había visto cientos de veces en Nikolas durante los últimos dos años.
—¡Elias! —escuché gritar a Jingfei mientras corría detrás de él levantándose ligeramente el vestido para no tropezar—. ¡No puedes escapar de mí!
El pequeño soltó otra carcajada y aceleró sus pasos torpes, provocando que Qiao Xin apareciera inmediatamente desde el otro lado para intentar interceptarlo.
—Por la izquierda —advirtió Qiao Xin con absoluta seriedad mientras señalaba al niño.
—¡No me des instrucciones como si estuviéramos persiguiendo a un criminal! —protestó Jingfei mientras cambiaba de dirección.
—Es más difícil de atrapar que muchos criminales —respondió Qiao Xin tranquilamente, provocando que Lin Meiyu, que observaba la escena desde una de las sillas soltara una carcajada.
Yo simplemente negué con la cabeza mientras veía a mi hijo girar nuevamente y continuar huyendo entre las risas de sus tías. Nunca había imaginado algo así. No aquella casa llena de personas hablando al mismo tiempo, ni a mis hermanas discutiendo sobre quién tenía que atraparlo primero, ni mucho menos a mi padre sentado bajo la sombra de los árboles observando todo aquello con una expresión que intentaba ser seria y distante mientras sus ojos seguían cada movimiento del niño.
Shen Guowei permanecía sentado con una taza de té entre las manos, vestido como siempre con uno de sus impecables trajes oscuros, aunque había algo diferente en él. Su expresión seguía siendo severa pero cada vez que Elias pasaba cerca parecía seguirlo con la mirada durante unos segundos más de lo necesario.
—Papá —dije mientras lo observaba—. Puedes admitir que te encanta.— sus ojos se dirigieron hacia mí.
—No sé de qué hablas.
—Claro que no.
—Es un niño ruidoso.
—Tiene quince meses papi.
Sonreí, mi padre volvió a mirar hacia el jardín justo cuando Elias consiguió escapar de Jingfei y se dirigió directamente hacia él. Durante unos segundos pensé que simplemente pasaría de largo, pero el pequeño se detuvo frente a su abuelo y levantó ambos brazos.
—Abu.
La expresión de Shen Guowei cambió, fue mínimo, tan pequeño que probablemente nadie más lo habría notado.
Pero yo sí.
Dejó la taza sobre la mesa y extendió los brazos para levantarlo, acomodándolo contra su pecho con una naturalidad que habría resultado completamente absurda para cualquiera que conociera al Patriarca de la triada divina.
—Ven aquí.
Elias apoyó inmediatamente la cabeza sobre su hombro y comenzó a jugar con el anillo de jade que mi padre llevaba en una de sus manos.
—No lo muerdas —advirtió papá mientras apartaba suavemente sus pequeños dedos del anillo, Elias lo miró y después volvió a intentar agarrarlo —Te dije que no— el pequeño soltó una carcajada, desde el otro extremo del jardín escuché a Nikolas reír.
Giré la cabeza y lo encontré apoyado contra uno de los pilares de la terraza, observando la escena con una sonrisa completamente idiota en el rostro. Llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas y unos pantalones oscuros, sin ninguna de las formalidades que normalmente lo acompañaban cuando estaba trabajando. Andreas estaba junto a él sosteniendo una taza de café y observando la escena con aquella expresión de resignación que había desarrollado desde que Elias aprendió a caminar.
—Tu hijo está intentando robarle el anillo a mi padre —dije mientras Nikolas se acercaba.
—Es inteligente —respondió con absoluta seriedad.
—Es un delincuente.— bromee haciedo un ligero puchero
—Tiene buenos genes.
Lo miré indignada.
—¿Eso significa que admites que los míos son malos?— dije con los ojos entrecerrados, Nikolas sonrió y se acercó hasta quedar frente a mí.
—Jamás dije eso, cariño.
—Pero lo pensaste.
—Yo lo unico que pensé fue que es perfecto.
Su mirada se desvió hacia nuestro hijo y durante un instante aquella sonrisa burlona desapareció para ser reemplazada por algo mucho más suave, lo observé en silencio.
Todavía me resultaba extraño verlo así.
El hombre que había conocido como el Rey del Egeo, el heredero de un imperio marítimo, el hombre capaz de entrar en una habitación y hacer que todos cuidaran sus palabras, ahora podía pasar veinte minutos agachado en el suelo intentando convencer a un niño de que devolviera un coche de juguete.
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Editado: 25.09.2026