DOS MESES DESPUES
No supe exactamente en qué momento comenzaron a aparecer aquellas pequeñas costumbres, probablemente porque ninguna de ellas llegó acompañada de una decisión consciente. Simplemente ocurrieron, una después de otra, hasta que un día me descubrí sentado frente a Xue Ning durante el desayuno, sabiendo exactamente qué iba a pedir antes de que siquiera abriera la boca. Ella siempre tomaba café sin azúcar y prefería desayunar algo ligero cuando teníamos una mañana ocupada, mientras que yo había terminado acostumbrándome a preparar una segunda taza para ella cuando sabía que había dormido poco. Al principio lo hacía porque era práctico, después porque ya sabía que si no había café antes de las ocho de la mañana su paciencia disminuía considerablemente y finalmente, porque había comenzado a resultar extraño preparar únicamente mi taza. Xue Ning nunca me lo pedía, tampoco me agradecía demasiado el gesto, simplemente tomaba la taza cuando la dejaba frente a ella y continuaba revisando los documentos como si aquello hubiera ocurrido toda la vida, aunque algunas veces levantaba los ojos hacia mí durante un segundo antes de volver a su trabajo. Yo fingía no notar esos pequeños detalles, porque sabía perfectamente que si señalaba alguno probablemente volvería a levantar aquel muro que todavía mantenía entre nosotros.
También había comenzado a esperarme. No de una manera evidente, ni mucho menos algo que pudiera considerarse romántico, porque Xue Ning probablemente preferiría tragarse una copa de cristal antes que admitir que esperaba por mí, pero podía reconocerlo. Si terminaba una reunión antes que ella, normalmente me encontraba con que todavía no había bajado al vestíbulo, aunque sabía que su trabajo había terminado hacía varios minutos; y si ella salía primero, yo podía pasar por el despacho y encontrarla revisando algún documento que perfectamente podría haber leído después. Ninguno preguntaba por qué el otro seguía allí, simplemente terminábamos saliendo juntos. Era una costumbre extraña, especialmente considerando que apenas unas semanas atrás habíamos establecido límites precisamente para evitar ese tipo de cosas. Ahora sin embargo parecía que nuestros propios horarios habían comenzado a acomodarse alrededor del otro sin que ninguno de los dos se diera cuenta.
Había aprendido también a reconocer sus silencios. Xue Ning podía permanecer callada durante horas y para cualquiera que no la conociera, todos aquellos silencios probablemente parecían iguales, pero ya comenzaba a distinguirlos. Estaba el silencio tranquilo que utilizaba cuando simplemente estaba pensando, el silencio incómodo que aparecía cuando alguien decía algo que no le agradaba y aquel otro mucho más frío, que significaba que había comenzado a sospechar de algo. También existía uno particularmente peligroso que había aprendido a reconocer después de haber cometido el error de hacerla enfadar durante una reunión. Cuando Xue Ning dejaba de responderme por completo y simplemente me observaba durante varios segundos, significaba que debía dejar de hablar. Naturalmente no siempre lo hacía, porque molestarla continuaba siendo demasiado divertido, pero al menos había aprendido a calcular cuándo podía permitírmelo y cuándo era mejor guardar silencio.
Y ella también había comenzado a reconocerme. Lo descubrí una mañana cuando llegué al despacho después de recibir una llamada de mi padre. No había dicho absolutamente nada sobre la conversación, ni siquiera había mencionado que había sido Konstantinos quien me había llamado, pero apenas crucé la puerta Xue Ning levantó la mirada de los documentos y me observó durante unos segundos.
—¿Qué pasó? —preguntó mientras dejaba lentamente el bolígrafo sobre la mesa. La miré sorprendido.
—Nada.
—Estás molesto —respondió con tranquilidad y aquella vez fui yo quien permaneció en silencio. No sabía cómo había conseguido descubrirlo tan rápido. Mi expresión no había cambiado demasiado y al menos según mi criterio, estaba comportándome exactamente como siempre.
—No estoy molesto —respondí mientras tomaba asiento frente a ella, pero Xue Ning simplemente me sostuvo la mirada.
—Sí lo estás.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque estás demasiado callado— Aquello me hizo sonreír ligeramente.
—Pensaba que te gustaban mis silencios.
—Me gustan cuando son voluntarios.— alego con calma total mirandome a los ojos, no respondí inmediatamente porque tenía que admitir que había conseguido sorprenderme. No sabía cuándo había comenzado a observarme de aquella manera, pero saber que lo hacía produjo una sensación extraña en mi pecho que preferí ignorar.
Las noches tampoco habían quedado fuera de aquellas pequeñas costumbres. Algunas veces terminábamos trabajando hasta demasiado tarde y cuando finalmente nos íbamos a dormir, apenas intercambiábamos unas palabras antes de apagar las luces. Otras veces yo llegaba primero a la habitación y encontraba su lado de la cama vacío porque todavía estaba terminando alguna llamada con Meiyu o revisando información con Han Rui. Al principio me acostaba sin pensar demasiado en ello, pero después de varios días empecé a descubrirme mirando hacia la puerta cuando pasaba demasiado tiempo sin que apareciera. No porque necesitara que estuviera allí, me decía a mí mismo, sino porque ya me había acostumbrado a escuchar sus pasos acercándose por el pasillo antes de dormir. Y cuando finalmente entraba casi siempre me dirigía una mirada rápida antes de meterse en la cama, como si necesitara comprobar que seguía allí.
Lo más absurdo era lo que ocurría después.
Durante las primeras noches Xue Ning había mantenido una distancia casi perfecta entre ambos, pero con el paso de los días aquella frontera había comenzado a desaparecer mientras dormía. Ya no me sorprendía despertar y encontrarla más cerca de mí que cuando nos habíamos acostado. Algunas noches apenas se acercaba unos centímetros, otras terminaba con la cabeza apoyada contra mi hombro y en ocasiones, se acomodaba directamente contra mi pecho como si aquel hubiera sido siempre su lugar. Nunca lo hacía despierta. Nunca. Si se daba cuenta, se apartaba inmediatamente y fingía que no había ocurrido, pero yo tenía el sueño demasiado ligero para no notarlo y sinceramente, no veía ninguna razón para detenerla. Al contrario, cada vez que la encontraba así terminaba acomodándola con cuidado entre mis brazos y pasando lentamente una mano por su espalda hasta que volvía a quedarse completamente tranquila.
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Editado: 21.09.2026