Veneno

CAPÍTULO 19 — Nikolas Asteriadis

Salí de la casa de mis padres con más información de la que había llevado conmigo aquella mañana, pero también con algo mucho más difícil de ignorar, una certeza que había comenzado a formarse lentamente durante las últimas semanas y que ya no podía seguir escondiendo detrás de bromas, acuerdos y excusas. Xue me importaba. Mucho más de lo que debería, mucho más de lo que había previsto cuando acepté aquel matrimonio y definitivamente mucho más de lo que alguna vez admitiría delante de mi padre sin que empezara a burlarse de mí durante los siguientes diez años. Había salido del apartamento pensando únicamente en encontrar al responsable de todo aquello, en seguir las pistas que nos habían dejado y asegurarme de que nadie volviera a acercarse a ella pero ahora mientras avanzaba por las calles de Manhattan, mi cabeza regresaba una y otra vez a la imagen de Xue dormida aquella mañana, con el cabello desordenado sobre la almohada y el rostro completamente relajado.

Miré la hora en mi teléfono, todavía faltaba un poco para regresar.

Podía haber seguido directamente a casa, pero entonces pasé frente a una pequeña pastelería que conocía desde hacía años y recordé que Xue tenía una debilidad bastante particular por los postres que llevaban chocolate amargo. No era algo que ella hubiera admitido directamente por supuesto, pero había aprendido a reconocerlo después de verla elegir siempre la misma parte de la carta cuando salíamos a cenar, así que estacioné un poco más adelante y entré.

Salí de allí con una pequeña caja blanca en las manos, perfectamente cerrada con una cinta oscura y fue entonces cuando vi la floristería que estaba justo al otro lado de la calle.

Me detuve, no tenía ningún plan para comprar flores.

De hecho jamás había sido particularmente aficionado a hacerlo. Las flores eran bonitas, sí, pero siempre había pensado que tenían algo de innecesariamente complicado, especialmente cuando uno podía simplemente decir lo que quería decir. Sin embargo miré el escaparate y después la caja de postre que llevaba conmigo y terminé cruzando la calle antes de convencerme de que era una mala idea.

La floristería olía a tierra húmeda, hojas recién cortadas y flores frescas, una mujer comenzó a preguntarme qué buscaba apenas entré. Estuve a punto de responder que no lo sabía, pero entonces mis ojos recorrieron los cubos llenos de flores hasta detenerse en un ramo que parecía haber sido armado sin seguir una sola regla, aunque precisamente por eso funcionaba tan bien.

Había rosas de un tono crema cálido, algunas completamente abiertas y otras todavía cerradas, mezcladas con rosas coral y naranjas que parecían encenderse entre el follaje; margaritas y gerberas en tonos melocotón, amarillo y rosa pálido sobresalían entre pequeños grupos de flores blancas, mientras varias flores azules aportaban un contraste inesperado, profundo y limpio, como pequeñas manchas de cielo escondidas entre todos aquellos colores cálidos. También había claveles rosados, algunas flores anaranjadas mucho más pequeñas y delicadas, ramitas verdes de diferentes formas y un par de tulipanes amarillos todavía cerrados que se elevaban ligeramente por encima del resto, como si estuvieran esperando abrirse.

No era un ramo perfectamente simétrico, era abundante, colorido y un poco desordenado y pensé inmediatamente en ella.

—Ese —señalé.

La mujer sonrió y comenzó a envolverlo, colocando primero una capa de papel kraft en un tono marrón claro, después otra de papel crema ligeramente translúcido que dejaba ver los colores del interior y finalmente una lámina transparente que protegía las flores sin esconderlas. Cerró la parte inferior con una cinta de color terracota y dejó algunos tallos verdes sobresaliendo por debajo, dándole ese aspecto de ramo recién recogido que me gustó mucho más que cualquiera de los arreglos demasiado perfectos que había visto en otros lugares.

Cuando me lo entregó, el aroma llegó inmediatamente hasta mí.

No era una sola fragancia, sino una mezcla fresca y dulce, con el perfume suave de las rosas, el aroma verde de los tallos y las hojas recién cortadas, un ligero dulzor de las flores naranjas y una frescura más limpia proveniente de las flores azules. Acercándolo un poco más, pude distinguir incluso el olor húmedo de los tallos, ese aroma que tienen las flores cuando todavía conservan algo del agua en la que han estado.

Pagué sin pensarlo demasiado.

Al salir llevaba el postre en una mano y las flores en la otra, no pude evitar sentirme un poco ridículo.

Treinta años, heredero de uno de los sindicatos criminales más importantes del Mediterráneo capaz de mover mercancías entre continentes sin dejar un rastro sencillo de seguir y estaba caminando por Manhattan con una caja de pastel y un ramo de flores porque quería ver la cara que pondría mi esposa cuando se los entregara. Sonreí para mí mismo, quizá estaba perdido aunque pensándolo bien, hacía bastante tiempo que había dejado de importarme.

Subí nuevamente al automóvil y dejé el ramo con cuidado sobre el asiento del copiloto, asegurándome de que no se inclinara demasiado durante el trayecto. Mientras conducía de regreso mis dedos golpearon ligeramente el volante al ritmo de una canción que apenas estaba escuchando y mi mente volvió a aquella conversación con mis padres, a todo lo que habíamos descubierto sobre Alexandros Vardakis y aquella red que llevaba años creciendo debajo de nuestras narices.

Eso seguía siendo importante. Muchísimo, claro esta. Pero había algo más que también necesitaba resolver, cuando aquel acuerdo terminara, cuando los dos años llegaran a su final y desapareciera cualquier obligación que pudiera mantener a Xue a mi lado, ella sería libre de marcharse. La idea no me gustaba pero tampoco quería que se quedara porque un documento, nuestras familias o una alianza entre organizaciones la obligaran a hacerlo.

Quería que se quedara porque queria quedarse, conmigo.




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