Veneno

CAPÍTULO 13 - Xue Ning Zhao

Los días que siguieron al atentado se convirtieron en una rutina extraña, una mezcla entre recuperación, trabajo y una vigilancia que no estaba dispuesta a abandonar. Nikolas insistía en que podía hacer muchas cosas por sí mismo, mientras yo insistía en que no tenía por qué hacerlo mientras su hombro siguiera herido. El médico había sido claro: necesitaba descansar, evitar movimientos bruscos y dejar que la herida cicatrizara, así que me encargué de que cumpliera cada una de esas indicaciones, aunque él aprovechara cada oportunidad para burlarse de mí. Por las mañanas me aseguraba de que tomara sus medicamentos y desayunara antes de ponerse a revisar documentos, después comprobaba el vendaje y, si encontraba alguna señal de que había intentado hacer más de lo debido, lo reprendía sin demasiada paciencia.

—No necesitas tratarme como si fuera un niño —protestó una mañana mientras le acomodaba la camisa con cuidado para no rozar la herida.

—Entonces deja de comportarte como uno.

—Solo intentaba vestirme.

—Y casi consigues abrirte los puntos. —gruñi

—Fue un accidente.

—Precisamente por eso estoy aquí— Me miró durante unos segundos y una sonrisa pequeña apareció en sus labios.

—Te preocupas demasiado...— mis dedos se detuvieron apenas un instante sobre el borde de la tela.

—Estoy evitando que la persona con la que tengo un acuerdo de dos años termine muertp.

—Claro... —respondió claramente divertido—. El acuerdo— no le contesté. Terminé de acomodarle la camisa y aparté las manos, aunque cuando nuestros dedos se rozaron al mismo tiempo sobre uno de los botones sentí un calor inesperado subir por mi mano. Retiré los dedos con naturalidad y fui por los documentos que había dejado sobre la mesa.

Porque mientras Nikolas se recuperaba yo tampoco había dejado de trabajar. El atentado no había sido un accidente y cada día que pasaba sin encontrar al responsable me resultaba más insoportable. Revisaba los informes de seguridad, las grabaciones de las cámaras cercanas, los vehículos registrados en las rutas, los movimientos de las empresas que habíamos estado investigando y cualquier cambio en los patrones de nuestros enemigos. La información robada del Thalassa seguía siendo una pieza importante, al igual que el bloqueo de mi ruta terrestre en el bosque; dos ataques diferentes, ejecutados de maneras distintas, pero con demasiadas coincidencias como para considerarlos hechos aislados. Me pasaba horas frente a los mapas mientras Nikolas descansaba en el sofá del despacho, algunas veces leyendo y otras simplemente observándome trabajar.

—Volviste a encontrar otra conexión —comentó una tarde. Levanté la mirada de la pantalla. —Una empresa intermediaria. Aparece registrada en Nueva York, pero tiene movimientos hacia Singapur y Hong Kong. La misma estructura que vimos antes.

—Sí.

—Entonces no estás buscando a una persona— dijo intrigado mirandome

—Estoy buscando una red— Nikolas guardó silencio unos segundos y después se inclinó ligeramente hacia delante. —Y creo que ya sé por dónde empezar— me acerqué hasta su escritorio y él giró el ordenador para mostrarme unos registros. Nuestros hombros quedaron casi juntos mientras revisábamos la información y en un momento su brazo sano rozó el mío. Ninguno se apartó. Seguimos leyendo como si no hubiera ocurrido nada, aunque podía sentir perfectamente el calor de su cuerpo junto al mío. Aquella cercanía comenzaba a resultar demasiado natural, incluso para mí.

También había pequeñas cosas que empezaban a cambiar entre nosotros. Antes cuando tenía que ayudarlo, procuraba hacerlo lo más rápido posible para mantener la distancia; ahora me encontraba acomodándole la almohada detrás de la espalda antes de que lo pidiera, acercándole el vaso de agua cuando veía que iba a levantarse o revisando su expresión para saber si el dolor había aumentado. Una tarde estaba cambiándole el vendaje y mis dedos se detuvieron al notar una pequeña marca rojiza alrededor de la herida.

—Te duele más.

—No tanto.

—Nikolas... —me queje mirandole

—Un poco.— Suspiré y pasé con cuidado los dedos por la piel cercana a la herida, evitando tocarla directamente.

—Deberías habermelo dicho.

—No quería interrumpirte—alcé los ojos hacia él.

—¿Interrumpirme? Estaba trabajando, no salvando el mundo...— murmure

—Para ti parece ser casi lo mismo— la forma en que lo dijo me hizo sonreír, una sonrisa pequeña que apenas duró unos segundos, pero Nikolas la vio. Sus ojos se quedaron sobre mi rostro con una expresión distinta, menos burlona, más dulce y tierna.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Estás mirando demasiado, de nuevo.

—Me gusta cuando sonríes— mi expresión cambió de inmediato y volví a concentrarme en el vendaje, fingí no haberlo escuchado aunque mis manos se volvieron un poco más lentas mientras terminaba de acomodarle la venda.

Las noches tampoco eran iguales. Seguíamos compartiendo la misma habitación como habíamos hecho desde el principio del matrimonio, pero ahora su recuperación hacía que estuviera más pendiente de él. Si se movía demasiado mientras dormía, despertaba para comprobar que no hubiera lastimado el hombro; algunas veces lo encontraba profundamente dormido, con el cabello desordenado y una expresión mucho más relajada de la que mostraba durante el día. Ya no me resultaba extraño verlo así. Tampoco me resultaba extraño acercarme para acomodarle la manta cuando se descubría durante la noche, aunque en más de una ocasión mis dedos terminaron rozando accidentalmente su cuello o su mejilla. Una de esas noches retiré la mano lentamente después de acomodarle el cabello y me quedé observándolo durante unos segundos. Su respiración era tranquila y su rostro estaba completamente relajado.

—Eres mucho más silencioso cuando duermes —murmuré, sabiendo perfectamente que no podía escucharme.

Cuando regresé a mi lado de la cama él se movió ligeramente y todavía dormido, me buscó hasta acercarse a mí. Su frente quedó apoyada cerca de mi hombro y su mano descansó sobre mi cintura. Me quedé inmóvil sin saber si apartarlo o dejarlo allí. Al final no hice ninguna de las dos cosas. Permanecí quieta mientras su respiración se mezclaba con la mía y después de unos minutos, apoyé suavemente una mano sobre su espalda. El gesto fue tan natural que no pensé en él hasta mucho después.




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