Veneno

CAPÍTULO 17 — Nikolas Asteriadis

Me desperté antes de que amaneciera por completo aunque durante unos segundos permanecí inmóvil mirando el techo, intentando convencerme de que todavía podía permitirme otros diez minutos de sueño. No los tenía. Había recibido varios informes durante la madrugada y después de lo ocurrido con el Thalassa, el sabotaje de la ruta de Xue y el ataque al cargamento de Rusia, ya no podía seguir esperando a que apareciera otra pieza del rompecabezas. Teníamos demasiados movimientos coincidiendo entre sí como para considerarlos simples ataques aislados, y cuanto más intentaba encontrar una conexión entre ellos, más evidente se volvía que alguien estaba moviendo demasiadas piezas al mismo tiempo. Lo que me molestaba no era solamente no saber quién estaba detrás de todo aquello; era saber que mientras nosotros intentábamos reconstruir el patrón, ellos probablemente ya conocían el siguiente movimiento que pensábamos hacer. En nuestro mundo esa clase de ventaja podía significar la diferencia entre perder un cargamento, perder una guerra y perder una o varias vidas.

Giré la cabeza hacia el otro lado de la cama, Xue seguía dormida.

La encontré acurrucada entre las sábanas con el cabello negro extendido sobre la almohada y una de sus manos cerca de mi lado de la cama. La observé durante unos segundos disfrutando de una tranquilidad que jamás creí poder disfrutar realmente. Había algo extraño en verla dormir así. Durante meses había conocido a Xue como la mujer que podía entrar en una habitación y hacer que todos midieran sus palabras, la heredera de La Puerta de Jade que parecía tener siempre el control de cada situación, pero en aquellos momentos no había nada de aquella figura intimidante. Solo estaba ella, dormida a mi lado, respirando tranquilamente y completamente ajena a la cantidad de pensamientos que estaban dando vueltas en mi cabeza. No quise despertarla, después de todo lo que había ocurrido durante las últimas semanas necesitaba dormir más que yo. Me levanté con cuidado procurando no mover demasiado el colchón , me duché y vestí en silencio. Antes de salir pasé por la cocina y preparé algo de desayuno para ella.

No sabía exactamente a qué hora despertaría, pero conocía lo suficiente sus hábitos como para saber que probablemente intentaría saltarse la comida si nadie se lo recordaba. Xue podía pasar horas concentrada en un informe sin darse cuenta de que no había comido y aunque seguramente protestaría si se lo mencionaba, ya había aprendido que había ciertas cosas con las que era mejor no discutir. Preparé café, algo de fruta, pan tostado y unos huevos; lo coloqué todo en una pequeña charola y la llevé hasta nuestra habitación. La dejé sobre la mesa de noche junto a una taza de café recién hecho y escribí rápidamente una nota antes de marcharme.

" No te saltes el desayuno. Volveré en cuanto termine. "

Debajo añadí, después de pensarlo unos segundos:

" Y no empieces a trabajar antes de comer. "

No firmé porque sabía perfectamente que reconocería mi letra. Me quedé unos segundos mirando la nota antes de finalmente salir del apartamento. Y quizá fue una estupidez pero durante todo el trayecto hasta la residencia de mis padres no dejé de pensar en ella.

Estaba acostumbrándome demasiado rápido a tenerla cerca.

A desayunar con ella, a encontrarla en la cocina, a escucharla moverse por el apartamento mientras yo trabajaba, incluso a despertar y saber que si extendía la mano, probablemente terminaría encontrándola a mi lado. Aquella mañana no estaba realmente y la ausencia se sentía mucho más de lo que quería admitir. Era absurdo. Había pasado buena parte de mi vida entrando y saliendo de puertos, viajando durante días, pasando noches enteras lejos de casa y tomando decisiones que podían cambiar el rumbo de una operación sin sentir la necesidad de tener a alguien cerca o la necesidad de tener que regresar a casa solo por alguien. No debería importarme que una habitación se sintiera diferente simplemente porque una persona no estaba dentro de ella. Y sin embargo me importaba.

Me había acostumbrado al sonido de su respiración cuando dormíamos, a la sensación de su cuerpo buscando inconscientemente durante la noche y a esa pequeña rutina silenciosa que habíamos construido sin darnos cuenta. Ahora me descubría pensando en si ya habría despertado, si habría encontrado el desayuno, si habría leído la nota y sobre todo, qué cara pondría al darse cuenta de que había preparado todo antes de marcharme. Probablemente frunciría el ceño y fingiría que aquello no significaba nada.

Sonreí ligeramente ante la idea.

Cuando llegué a la residencia familiar, uno de los hombres de seguridad abrió las puertas antes de que siquiera tuviera que anunciarme. Dejé el abrigo en manos de uno de los empleados y atravesé el vestíbulo hasta el despacho de mi padre. No necesitaba preguntar dónde estaba. Konstantinos Asteriadis tenía la costumbre de comenzar el día trabajando antes de que la mayoría de las personas hubiera terminado su primer café. Era una de esas costumbres que no había cambiado con los años, igual que su manera de vestir incluso cuando no tenía ninguna reunión formal. Mi padre no necesitaba estar frente a un consejo de socios para parecer el hombre que dirigía una de las organizaciones marítimas más poderosas del Mediterráneo.

Golpeé dos veces antes de entrar.

—Pensé que llegarías más tarde —dijo mi padre sin levantar la mirada de los documentos que tenía delante.

Konstantinos estaba sentado detrás de su enorme escritorio de madera oscura, vestido con un pantalón negro perfectamente planchado y una camisa gris oscuro de mangas largas, abierta únicamente en el cuello. Sobre sus hombros llevaba un chaleco negro de corte impecable que hacía resaltar todavía más su espalda ancha y su postura recta. El cabello gris oscuro estaba perfectamente acomodado hacia atrás y su barba corta cuidadosamente recortada, enmarcaba un rostro que seguía conservando aquella expresión severa que había tenido durante prácticamente toda mi infancia. Sus ojos azul acero recorrieron finalmente la habitación hasta detenerse en mí.




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