Tres meses habían pasado desde aquella noche en el despacho en la que ninguno de los dos había sido capaz de responder qué eran realmente y durante ese tiempo muchas cosas habían cambiado sin que ninguno se molestara en señalar el momento exacto en que habían dejado de ser simples cambios. El enemigo seguía ahí, escondido detrás de nombres falsos, empresas que aparecían y desaparecían, rutas alteradas y pequeños golpes cuidadosamente calculados que nunca llegaban a convertirse en un ataque directo, como si alguien estuviera estudiando sus movimientos desde una distancia prudente, esperando el momento adecuado para mostrar finalmente sus cartas. Un cargamento había desaparecido en el Mediterráneo y reaparecido dos días después en manos de un intermediario desconocido, una de las rutas de La Puerta de Jade había sido bloqueada durante unas horas por una inspección que nadie había solicitado y dos compradores importantes habían recibido ofertas de compañías que sobre el papel, no tenían ninguna relación entre sí, pero que utilizaban exactamente los mismos intermediarios financieros.
Cada incidente era diferente y al mismo tiempo, demasiado parecido como para considerarlo una coincidencia.
Alexandros Vardakis seguía sin aparecer.
Las investigaciones de Andreas habían conseguido reconstruir una parte considerable de la red, pero cada vez que creían estar cerca de una respuesta encontraban otra capa de empresas, nombres y movimientos financieros que los llevaban a un punto distinto. Era como perseguir una sombra que sabía exactamente cuándo desaparecer y durante aquellos tres meses ninguno de los dos había recibido una amenaza directa, ningún mensaje, ninguna llamada, ningún intento de asesinato que pudiera señalar claramente al responsable. Solo pequeños golpes, suficientes para recordarles que alguien estaba ahí.
Pero si el enemigo había elegido mantenerse en la sombra, Xue y Nikolas habían hecho exactamente lo contrario.
Se habían acercado mucho más de lo que cualquiera de los dos habría considerado posible cuando firmaron aquel acuerdo.
Ya no necesitaban una excusa para buscarse por la casa, ni fingían casualmente encontrarse en la cocina a la misma hora, ni se sorprendían cuando alguno terminaba sentado junto al otro mientras trabajaban. Habían aprendido las pequeñas costumbres del otro hasta convertirlas en parte de su propia rutina; Nikolas sabía exactamente cómo le gustaba el café a Xue, qué comidas dejaba intactas cuando estaba preocupada y cuándo aquel silencio suyo significaba que necesitaba estar sola y cuándo por el contrario, simplemente esperaba que él se acercara. Xue por su parte sabía cuándo Nikolas estaba realmente cansado aunque insistiera en que no lo estaba, qué reuniones podían irritarlo durante horas y qué clase de gesto hacía cuando estaba preocupado pero intentaba ocultarlo.
Dormían juntos incluso cuando ninguno tenía intención de hacerlo.
Se buscaban durante la noche con una naturalidad que ya no tenía nada que ver con el acuerdo que los había obligado a compartir una habitación, y los besos habían dejado de ser algo excepcional mucho tiempo atrás. Primero habían sido breves, después más largos, luego demasiado frecuentes para seguir fingiendo que se trataba solamente de costumbre y finalmente, una noche habían cruzado aquella última frontera que ninguno de los dos había mencionado en voz alta.
Después de eso tampoco hablaron demasiado sobre ello, no porque hubiera sido un error.
Precisamente porque ninguno de los dos lo consideraba uno.
La relación había cambiado de una manera silenciosa, casi peligrosa, porque ya no había una línea clara que separara lo que hacían por obligación de aquello que hacían simplemente porque querían hacerlo. El contrato seguía existiendo, las condiciones seguían escritas y el plazo de dos años continuaba avanzando, pero cada vez resultaba más difícil recordar por qué habían necesitado aquellas reglas en primer lugar.
Aquella noche sin embargo, no estaban pensando en el contrato.
La cena había sido organizada para reunir a varios de los principales aliados europeos y asiáticos de ambas organizaciones, una de esas reuniones en las que las conversaciones parecían girar alrededor de negocios y alianzas mientras debajo de la mesa se decidían cosas mucho más importantes. Nikolas llevaba un traje negro perfectamente ajustado y permanecía junto a Xue, una mano descansando de manera casual sobre su cintura mientras conversaba con uno de los representantes griegos.
Xue estaba tranquila, hasta que apareció ella. La mujer se acercó con una copa en la mano y una sonrisa demasiado evidente para cualquiera que estuviera prestando atención. Era elegante, segura de sí misma y parecía conocer perfectamente el efecto que provocaba en los hombres de aquella sala, pero cometió un pequeño error de cálculo al decidir que Nikolas Asteriadis era uno de ellos.
—Hace mucho que no te veía —comentó ella colocándose demasiado cerca de Nikolas. Él respondió con educación, apenas una sonrisa cortés mientras continuaba escuchando la conversación pero la mujer no pareció interesarse demasiado por la falta de entusiasmo —Sigues igual de guapo.
Xue que hasta ese momento había estado conversando con Qiao, levantó lentamente la mirada. Jingfei que se encontraba unos metros más allá también lo notó.
Qiao siguió la dirección de sus ojos y después miró a su hermana.
No dijo nada.
No hacía falta.
La mujer continuó hablando con Nikolas, acercándose un poco más mientras jugueteaba con la copa entre sus dedos y él finalmente dio un pequeño paso hacia atrás para recuperar distancia.
—Es un gusto verte —respondió con tranquilidad—, pero estoy acompañado de mi mujer.— la mujer miró hacia Xue y sonrió.
—Ya veo.
Aquella sonrisa no le gustó, a Xue no le gustó absolutamente nada. Se acercó a ellos con una calma que debería haber advertido a cualquiera que la conociera, se colocó al lado de Nikolas y tomó su brazo con una naturalidad posesiva que hizo que él girara inmediatamente la cabeza hacia ella.
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Editado: 21.09.2026